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8.554841 - WEBERN: Passacaglia / Symphony / Five Pieces
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Anton Webern (1883-1945)

Música orquestal

Anton Webern nació en Viena el 3 de Diciembre de 1883. Sus primeras composiciones son anteriores al cambio de siglo, con obras tempranas que resultan competentes ejercicios de influencia romántica, como el idilio de 1904 Im Sommerwind (En el Viento del Verano). En 1904 comenzó un intenso periodo de estudio con Arnold Schoenberg que, por aquel entonces, trabajaba por la expansión de las fronteras tonales de la música occidental. Cuando la tutoría formal terminó, en 1908, Schoenberg continuó siendo su mentor y consejero hasta que abandonó Alemania en 1933. Entre 1908 y 1920, exceptuando un breve periodo de servicio militar, Webern ocupó, y a menudo abandonó, diversos puestos como director por los territorios austro-alemanes, mientras escribía una secuencia de obras cuyas proporciones temporales fueron cada vez más comprimidas. En 1920 se instaló en Mödling, cerca de Viena, donde se ganaba la vida dirigiendo coros y dando clases particulares. También tenía trabajos como director en el extranjero, por ejemplo con la Orquesta Sinfónica de la BBC, aunque su estilo no recibiera demasiadas simpatías. De cualquier modo, con la ayuda de su editor, Universal, compuso regularmente hasta los primeros 1940, aunque la anexión de Austria a Alemania en 1938 le dejó con muy pocos apoyos y sin representaciones públicas. En Mittersill, cerca de Salzburgo, donde vivía con su mujer, y terminando la II Guerra Mundial, se preparaba para volver a Viena cuando, el 15 de Septiembre, fue asesinado por el disparo de un soldado americano en un trágico caso de identificación errónea.

Junto a sus colegas de la Segunda Escuela de Viena, Schoenberg y Berg, Webern fue un gran defensor de la innovación dentro de la tradición musical occidental. Esto reflejaba, especialmente en su caso, el interés que tenían por los compositores polifónicos del Renacimiento y del Barroco temprano (obtuvo su doctorado, en 1906, por su estudio sobre Heinrich Isaac). Según su alumno, el compositor inglés Humphrey Searle, "Webern era un idealista, dedicado por completo a su concepción de la música, a la que veía como un fenómeno de la naturaleza, más que un arte: siempre estaba deseoso de encontrar las leyes naturales que la música debe seguir".

La Passacaglia, op. 1 fue compuesta en 1908, hacia el final del periodo formal de cuatro años de lecciones de composición con Schoenberg. Serie de variaciones con bajo ostinato, la passacaglia está entre las más estrictas formas musicales y la inclinación de Webern hacia la escritura en contrapunto y la combinación de líneas musicales individuales está completamente ligada a ella. La melodía de ocho compases, anunciada por cuerdas punteadas, contiene una nota extraña para el acorde de re menor, lo que permite a Webern perseguir una aproximación de mayor extensión cromática hacia la tonalidad que Schoenberg había estado persiguiendo en sus primeras obras. Dicho esto, la estricta, y a menudo austera, lógica de la obra recuerda a Brahms, sobre todo a la passacaglia que culmina la Cuarta Sinfonía. De hecho, la Passacaglia de Webern conecta con el dinamismo de la forma sonata. Las variaciones primera y segunda introducen inmediatamente contramelodías, mientras que la duodécima inicia una sección de tormentoso desarrollo y la vigésima da paso a un retorno en el clima. La variación final es un larga coda, dirigiendo la música hacia el ambiente tranquilo del principio.

1909 fue un año crucial para Webern. En sus canciones Opus 3 y Opus 4 tomó el camino decisivo hacia un lenguaje cromático libre o atonal. Los Cinco movimientos, op. 5, compuestos para cuarteto de cuerda y arreglados para orquesta de cuerda en 1929, transfieren esta manera de pensar a una esfera musical. El robusto primer movimiento adopta una forma de sonata, aunque muy comprimida, casi por última vez en la carrera de Webern. El segundo movimiento está rodeado de un aura nocturna, con una viola y un chelo destacando sobre las cuerdas con sordina. El tercer movimiento es una rápida y dramática estructura de forma ternaria, en contraste con los fantasmales patrones rítmicos del cuarto movimiento. El quinto movimiento comienza con el bajo, y aunque las texturas son inicialmente más densas, la música pronto se disipa en un insustancial ostinato. El clímax en sí es efímero, y los compases finales se repliegan en las sombras.

Las Seis piezas, op. 6, también de 1909, ahondan en esta compresión, aunque la versión original utiliza una orquesta de dimensiones mahlerianas que Webern reduciría considerablemente en su revisión de 1928, que es la que escuchamos en este disco. En la primera predomina la textura de la música de cámara, enmarcada por una poética flauta y las trompas solistas y encajando en una expresiva música de cuerda en su sección central. La segunda pieza comienza con unos gestos fragmentarios de viento y metal, antes de desembocar en un clímax de estridentes vientos, percusiones y cuerdas que confiesan una catástrofe inminente. La tercera pieza comienza simplemente con una viola solista, pero una figura pentatónica en la flauta y una frase en cascada de la celesta son los dos únicos elementos definibles en esta miniatura de doce compases. En contraste, la cuarta pieza es una brillante marcha fúnebre que avanza entre la resonancia de los gongs y los tam-tams, a través de gestos aislados de los vientos y la pálida melodía del clarinete, hasta los templados solos de trompeta y flauta, antes de que los metales y la percusión nos envíen a un clímax asombrosamente poderoso. La quinta pieza comienza como una aturdida resaca, cuerdas y metales avanzando a tientas, antes de que el viento y el arpa abran paso a la textura. Un cautivador ostinato para trompeta con sordina, celesta y glokenspiel nos lleva hasta los compases finales de evocación elegíaca. La sexta pieza constituye el epílogo. El corno inglés inicia un diálogo en el que sitúa las primeras piezas en una perspectiva más objetiva. Un poderoso movimiento en la celesta y el arpa actúa como una suerte de bendición final.

Durante el periodo entre 1910 y 1913, Webern refinó su nuevo lenguaje musical en una serie de obras cuyas duraciones son tan breves como sus gestos son impecablemente transformados en sonido. De unas dieciocho piezas para orquesta de cámara, Webern seleccionó cinco para publicarlas en su Opus 10. La primera pieza es una secuencia mágica de gestos puntillistas para los instrumentos individuales. La segunda de ellas gana en dinamismo, con un deslumbrante clímax dominado por la trompeta y la trompa. La tercera pieza abre con un ostinato como de otro mundo en el arpa y la mandolina que, tras un meditabundo interludio central, continua con timbres aún más fantasmagóricos antes de disolverse atenuadamente en la caja clara. La cuarta pieza dura solamente seis compases y prácticamente otorga a la mandolina la prominencia de un solista, antes de un entristecido gesto del violín. Una celesta descendente inaugura la quinta pieza, que nos lleva precipitadamente hacia un breve y contundente clímax, logrando después un poco de reposo antes de las caprichosas notas finales.

Los quince años anteriores a la Sinfonía, op. 21 estuvieron dominados por la composición de canciones y la adopción del método de composición por doce notas de Schoenberg. Comparada con los grupos de obras individuales, la sinfonía está más sostenida tanto en tiempo como en textura, lograda tras un proceso de refinado de imitación canónica, con una línea musical independiente seguida por otra con la que se solapa. Esto permite el surgimiento de un argumento musical. El primer movimiento se divide en dos partes, esencialmente exposición y desarrollo, cada una repetida. Aquí la melodía que se escucha en la trompa está sujeta a un discreto, aunque cada vez más elaborado, proceso de imitación por toda la orquesta. El segundo movimiento es más volátil, consiste en una melodía, siete variaciones y coda, cada una de las cuales es un palíndromo, trabajando marcha atrás desde su punto central en una imagen simétrica reflejada. En total, la cristalina sensación de fluidez, timbre y color de la música hacen de su escucha algo enormemente placentero e intrigante.

Completada en 1940, las Variaciones, op. 30 es la penúltima obra de Webern y supone su mayor adentramiento en la forma y la expresión emergentes. La melodía, una secuencia irregular de cuatro notas, se escucha por primera vez en los contrabajos, y se confirma por la orquesta, haciéndola una variación compleja en sí misma. Las seis variaciones son interpretadas sin solución de continuidad. Las tres primeras se desarrollan en una simple secuencia rápido-lento-rápido. La cuarta variación recapitula la melodía, mientras que la que le sigue es un Scherzo rítmicamente fragmentado. Quitando algunos clímax momentáneos, la relativamente larga sexta variación lleva la música hasta un territorio emocional cada vez más sereno, haciendo del lacónico final algo todavía más insospechado.

 

 

Richard Whitehouse

Traducción: Rafael Suñén


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