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8.555367 - Organ Recital: Ji-yoen Choi
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El Preludio y fuga en Do mayor, BWV 547, de J. S. Bach es atípico en varios aspectos importantes. Es el único preludio organístico con un compás de 9/8, lo que le dota de un talante parecido a una danza y le hace merecer el sobrenombre obvio de "El 9/8". El preludio comienza con entradas canónicas en los manuales y un tema de fanfarria en el pedal que también cierra el preludio. Los seis primeros compases presentan casi todos los motivos que conforman la obra. Este uso económico del material musical no es raro en Bach, pero en esta pieza la inventiva con que combina y varía los motivos no tiene paralelo. La fuga es particularmente atípica, porque no se usa el pedal en dos terceras partes de la pieza. Hace su entrada dramática en uno de los momentos más gloriosos de todas las fugas para órgano, con una aumentación del tema de la fuga contra las entradas en stretto del tema en los manuales. Tanto en el preludio como en la fuga se alcanza un clímax cuando Bach experimenta con el silencio y el espacio en la música, antes del esperado Do pedal inferior. Es una de las parejas de preludio y fuga de Bach más estrechamente organizadas y sin embargo efectivamente visceral.

Las seis Sonatas en trío de Bach han sido durante mucho tiempo una prueba para la habilidad de cualquier organista; en realidad, fueron reunidas para la mejora técnica del hijo de Bach, Wilhelm Friedemann. El sostenimiento de tres líneas musicales independientes, una en la mano izquierda, otra en la derecha y la tercera en el pedal, a lo largo de los movimientos, es el principal desafío musical de estas piezas. La Sonata en trío No.4 en mi menor es la más concisa de las seis. El primer movimiento, transcripción de una sinfonía de una cantata anterior (No. 76), es el único movimiento de las seis sonatas que comienza con un Adagio introductorio y acomete luego un inexorable Vivace. El lírico segundo movimiento, adaptado posiblemente de una pieza organística precedente, tiene un carácter quejumbroso, con sus líneas siempre ascendentes, que eventualmente caen otra vez. El tercer movimiento tiene ritmo de danza y trata de modo fugado de principio a fin el sujeto del comienzo.

William Albright fue uno de los campeones más destacados de la nueva música para órgano del siglo XX. Mejor conocido por sus obras para piano, combinaba a menudo elementos del ragtime y la música popular con el idioma de la música culta contemporánea. Su tercer Libro para órgano, como los dos primeros, consiste en un número de piezas cortas que pueden ser tocadas conjuntamente o en grupos más pequeños. El Libro para órgano III fue específicamente diseñado pensando en las limitaciones (o capacidades) de los órganos más pequeños, aunque también queda bien en los instrumentos más grandes. La Giga para los pies (Totentanz) es un tour de force de técnica del pedal que literalmente casi hace danzar al organista a lo largo del pedalero. Los manuales son usados muy poco y la armonía implicada y la polifonía aportada por el pedalero hacen de esta pieza una de las más difíciles e interesantes de las obras para pedal solo. El Nocturno es también una pieza de demostración del pedal, pero un contraste perfecto con la Giga. El pedal tiene grandes líneas líricas que abrazan el ámbito del pedalero, mientras que las manos crean trémolos en el "estilo marimba" que frecuentemente son reminiscencias de armonías de jazz. Finale - La ofrenda, como la Giga, reposa en ritmos populares y de danza, mientras que sus frecuentes yuxtaposiciones de tríadas disonantes crean un sonido fiero y peculiar en un instrumento con registración plena.

En contraste con sus bien conocidos Once preludios corales, Op. 122, escritos al final mismo de su vida, la temprana Fuga en la sostenido menor de Johannes Brahms, escrita en 1856, es un estudio de contrapunto estricto y meditativo. El sujeto de la fuga es más bien ambiguo, tanto métrica como armónicamente. La tonalidad de la sostenido menor sólo se hace verdaderamente aparente cuando entran las otras voces. El tema es tratado casi en todas las formas contrapuntísticas posibles, pero siempre con gran efecto musical. De hecho, la segunda entrada del sujeto es una inversión de la primera, lo que es algo raro en la escritura fugada. Tras una digresión a la tonalidad relativamente distante de si menor, la pieza regresa a la sostenido menor y trata el sujeto con un ritmo regular, disminución y aumentación, todo dentro del espacio de doce compases. Para el oyente, estos recursos vienen a través de una atmosférica textura que se diluye entonces hasta un final parecido a un coral.

El linaje de Jean Langlais es impecable: estudió órgano con Marcél Dupré, composición con Paul Dukas e improvisación con Charles Tournemire. Con este bagaje, no es sorprendente que llegara a ser uno de los compositores más prolíficos de la música para órgano del siglo XX y extremadamente bien considerado como intérprete e improvisador. Fête, una de sus obras más tempranas, compuesta en 1946, muestra todavía mucho del estilo y el lenguaje de Dukas y Dupré, pero el sello de la creatividad propia de Langlais es inconfundible. El título lo dice todo: esta pieza tiene el verbo y el ruido de una fiesta impetuosa.

Libby Larsen, una de las compositoras más activas de hoy en América, es tal vez mejor conocida por sus obras corales, orquestales y escénicas. Su pequeña contribución al mundo de la literatura organística es sin embargo poderosa. Su siguiente obra, Aspectos de la gloria, contiene tres movimientos, el tercero de los cuales es Panderetas. Como en otras muchas composiciones de Larsen, Aspectos de la gloria tiene un contenido programático. Están concebidos, de acuerdo con la compositora, "como un grupo de ensayos para órgano sobre la palabra ‘gloria’". Panderetas toma su sugestión del poema de Langston Hughes del mismo título, en que el humilde instrumento de percusión se utiliza "¡A la gloria de Dios!". Reflejando esto, la música incansablemente rítmica y las notas agudas del órgano evocan quizá el sonido disonante de la pandereta. Al final, es un himno de alabanza de paso rápido, con ritmos folclóricos y un final conmovedor.

Dan Locklair, que fue nombrado en 1996 Compositor del Año de la Liga Americana de Organistas, ha sido infatigable en su contribución al repertorio del órgano. La Canción para danzar, un breve estudio sobre la escala octatónica, es al mismo tiempo siniestro y melancólico. Alternando largamente entre los registros de trompeta y flautado, a menudo en la misma frase de la melodía, la Canción evidencia también los colores del órgano.

Las Variaciones sobre un villancico de Marcel Dupré son sin duda una de las piezas de concierto más llamativas que se hayan escrito para órgano. Es una prueba para la sensibilidad y el virtuosismo del organista. Las variaciones van de lo misterioso y lento (variaciones III y VIII) a lo rápido y a la manera de un estudio de Chopin (V y IX). La hazaña compositiva de Dupré es evidente. De un modo parecido a las Variaciones Goldberg de Bach, Dupré escoge tratar canónicamente la familiar melodía en tres de las variaciones (III, VI y VIII). Los frecuentes cambios de color, en la música y en el instrumento, mantienen continuamente atento al oyente. Las variaciones finales, fughetta y toccata encadenadas, son un final brillante y atmosférico para una pieza disfrutable.

Versión española: Enrique Martínez Miura


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