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8.555764 - ANDANTE - Romantic Music for Cello and Orchestra
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ANDANTE CANTABILE

Música romántica para violonchelo y orquesta

El violonchelo es el segundo instrumento más gravemente afinado de la familia de las cuerdas, por debajo del violín y de la viola pero por encima del contrabajo. Su construcción no es muy diferente de la del violín, pero su tamaño es mayor y se toca entre las rodillas. Durante el siglo XVIII, el violonchelo fue sustituyendo poco a poco a la viola da gamba en la orquesta y, tras empezar cumpliendo la función de la que ahora se encarga el contrabajo, es decir la de aportar los fundamentos, las líneas de bajo, poco a poco se quedó como instrumento solista.

Como parece lógico ante el volumen de su producción, Antonio Vivaldi fue uno de los primeros en componer una cantidad significativa de conciertos para violonchelo y, desde entonces, numerosos compositores han contribuido al género. De cualquier modo, no es difícil encontrar grandes compositores que nunca escribieron obras de este tipo, como Bach, Mozart, Beethoven, Brahms, Rimski-Korsakov y Chaikovsky. De todas modos ello no debe entenderse como prueba de que no exista buena música romántica para violonchelo y orquesta. Nada más lejos de la realidad, como demuestra este disco.

De los compositores aquí representados, el primero, Carl Stamitz (1745-1801), es el menos conocido. Su padre Johann, que también era compositor, jugó un importante papel en la creación de la orquesta de Mannheim, la primera gran orquesta sinfónica. Carl estuvo en la corte de Potsdam y no resultaría extraño que sus conciertos para violonchelo fuesen escritos por encargo del rey Federico Guillermo II, que tocaba el instrumento y tenía empleados a grandes violonchelistas en su corte. Así, recibió tres conciertos espléndidos con unos maravillosos movimientos intermedios.

Joseph Haydn (1732-1809) alcanzó una edad extraña para su época y produjo una obra maestra tras otra hasta prácticamente el final de su vida. Esto se explica por lo mucho que amaba su trabajo y su buen sentido del humor. Pasó gran parte de su vida con el príncipe Esterházy en Hungría. Allí fue director musical, disponiendo de una excelente orquesta con la que probaba todas sus ideas. Tuvo éxito en todo lo que hizo, desde sus 104 sinfonías numeradas hasta sus más de setenta cuartetos de cuerda. Los dos conciertos para violonchelo que han sobrevivido (probablemente eran tres) no son excepción. El Concierto en re mayor, de 1783, es el más famoso, y su movimiento lento una obra maestra, uno de los innumerables toques geniales de Haydn.

Sergei Rachmaninov (1873-1943) fue, además de compositor, un buen director de orquesta y un brillante pianista. Vocalise es el nombre de una de las más admiradas piezas para violonchelo y orquesta, aunque, originalmente, era lo que su título indica literalmente: una canción sin palabras. Aquí el violonchelo se encarga de la línea vocal con una eufonía y una belleza difícilmente igualables por una voz humana.

El violonchelo se utiliza a menudo para expresar tristeza y melancolía. Uno podría pensar que ello sería una condición previa ideal para un concierto para violonchelo de Piotr Chaikovski (1840-1893). Pero tenemos que contentarnos con las Variaciones rococó, que para muchos resultan un pastiche muy alejado del auténtico Chaikovski. Por otro lado, hay varias obras más breves en las que se le reconoce mucho mejor. Entre ellas destaca, naturalmente, el bellísimo Andante cantabile, una pieza con su pequeño truco, pues nació como el movimiento lento del primer cuarteto de cuerda del compositor. En esta forma suena tan maravilloso como siempre. La Mélodie tiene sus raíces en la colección Souvenir d’un lieu cher (Recuerdos de un lugar querido) para violín y piano, mientras que Nocturne fue escrita para piano.

Anton Rubinstein (1829-1894), que no debe confundirse con el pianista Artur Rubinstein (1887-1992) fue, como Rachmaninov, compositor y pianista. Al igual que Franz Liszt, desafiaba a todos los asistentes con su virtuosismo. Escribió seis sinfonías y cinco conciertos para piano, pero como Pachelbel, Albinoni y Boccherini, sufre la desgracia de ser recordado, hoy, sobre todo por una única pieza. En el caso de Rubinstein se trata de Mèlodie, escrita en principio para piano pero perfectamente interpretable para chelo y orquesta.

Alexander Glazunov (1865-1936) fue una de las figuras más influyentes en la música rusa. Sus composiciones son atractivas, con un toque romántico nacional, y continuó escribiendo en este estilo mucho después de que los demás centrasen su atención en sonoridades bien distintas. Chant du ménestrel (Canto del trovador), compuesta en 1900, es una de las obras más bellas para violonchelo y orquesta y una de las más características de su autor. Sin embargo Sérénade espagnole (Serenata española) es exactamente lo que el nombre sugiere, el encantador relato musical de un viaje, todo con un marcado sabor español.

La obra más conocida de Nikolai Rimski-Korsakov (1844-1908) es la suite sinfónica Scheherazade, pero su pieza más popular probablemente sea El vuelo del moscardón, una obra brillante que se interpreta con todo tipo de instrumentos, desde la flauta hasta el contrabajo. Pertenece a su ópera El zar Saltan o, con su nombre completo, La leyenda del zar Saltan, con su príncipe heroico, Guidon Saltanovich y la bella princesa Cisne. La pieza procede del tercer acto, cuando Guidon, afligido en lejanas tierras por la añoranza de su hogar, ve un barco que viaja al país de su padre. Entonces pide ayuda al cisne, que le transforma en un moscardón para así seguir al barco.

El carnaval de los animales: una fantasía zoológica fue compuesta en 1886 por Camile Saint-Saëns (1835-1921), para ser interpretada únicamente en las fiestas de carnaval de aquel año. Demostró que duraría mucho más que eso, y ahora permanece como habitual en los discos y en los conciertos. Con mucho respeto hacia las tortugas, los canguros, los elefantes y las gallinas, ninguno se ha hecho tan popular como el cisne, cuyo majestuoso deslizarse no podría interpretase por un instrumento que no fuese el violonchelo.

Antonín DvoÞák (1841-1901) debe ser uno de los compositores más queridos en la historia de la música. El éxito que tanto se merecía le llego impulsado por Johannes Brahms, quien le puso en el camino adecuado, le animó y se lo recomendó a su propio editor. DvoÞák escribió muchas obras maravillosas, pero quizá ninguna tan bella como su Concierto para violonchelo, seguramente el más grabado e interpretado del repertorio. De hecho es la segunda composición de DvoÞák en este terreno, pero el Primero no suele interpretarse. En el movimiento lento encontramos la belleza de la escritura para los instrumentos, tan típica del compositor, además de la cantinela del violonchelo, solo resistible para un corazón de piedra.

Fuera de su país natal Sir Edward Elgar (1857-1934) era conocido por sus Marchas de pompa y circunstancia, y se decía que era demasiado inglés para lograr la popularidad más allá de las Islas Británicas. Mucho han cambiado las cosas y, ahora, sus dos sinfonías, su Concierto para violín y su Concierto para violonchelo son interpretados habitualmente en el panorama internacional. Es extraño que el estreno del segundo, en 1918, recibiera una fría acogida, seguramente por falta de ensayos. El movimiento lento parece enraizado en los paisajes ingleses y tiene mucho de la nostalgia melancólica que tan a menudo encontramos en la música de Elgar.

Max Bruch (1838-1920) es conocido como el compositor de uno de los conciertos de violín más interpretados, su Concierto no. 1 en sol menor. De sus obras más breves, el Adagio sobre melodías hebreas, Kol Nidrei, es la más popular. Está basada en una oración que se cantaba en las sinagogas en la tarde del Día de la Expiación. La obra se publicó en 1881 y, desde entonces, sus románticas sonoridades han formado parte del repertorio estándar de cualquier violonchelista.

Lars Johansson

Traducción: Rafael Suñén


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