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8.555766 - FINZI: Cello Concerto / Grand Fantasia and Toccata / Eclogue
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Concierto para violonchelo y orquesta, Op.40 * Égloga para piano y cuerdas, Op. 10

Gran Fantasía y Toccata, Op.38

Gerald Finzi decidió hacerse compositor a los nueve años de edad. Estudió primero con Ernest Farrar, cuya muerte en la Primera Guerra Mundial le afectó profundamente, y después con Edward Bairstow, maestro de los coristas de la catedral de York. Durante los años veinte estudió contrapunto con R.O. Morris y se dio a conocer con obras como la miniatura orquestal A Severn Rhapsody (1923) y un ciclo de canciones con poemas de su poeta favorito, Thomas Hardy, By Footpath and Stile (Por el sendero y sus puertas) (1921-2). Después de su boda con la artista Joyce Black en 1933, se trasladó a la campiña cercana a Newbury, instalándose en Ashmansworth, en la parte más alta de las colinas de Hampshire.

La reputación de Finzi creció durante los años treinta con las interpretaciones de sus ciclos de canciones con poemas de Hardy A Young Man’s Exhortation (Exhortación de un hombre joven) (1926-9), y Earth and Air and Rain (Tierra y Aire y Lluvia) (1928-32) y se consolidó con el estreno en 1940 de su cantata para voz aguda y cuerdas Dies natalis (empezada a mediados de 1920 y acabada en 1938-9). Durante la Segunda Guerra Mundial Finzi trabajó en el Ministerio de Transporte de Guerra y fundó una buena orquesta – compuesta principalmente por aficionados - los Newbury String Players. Dos de sus obras más populares aparecieron durante la guerra, Five Bagatelles for clarinet (Cinco bagatelas para clarinete) (1938-43) y sus versiones de Shakespeare Let us garlands bring (Traigamos guirnaldas) (1929-1942).

En los años de posguerra varias obras vieron la luz: su himno para un festival Lo, the full, final sacrifice ( He ahí el sacrificio total y último) (1946), y la oda ceremonial For St Cecilia (Para Santa Cecilia) (1946-7). Durante esta época colaboró con el Three Choirs Festival, donde se estrenaron su Concierto para clarinete (1948-9) e Intimations of Immortality (Intimaciones de inmortalidad) para coro y orquesta (empezada a fines de los treinta y acabada en 1949-50). Aunque vivió sus últimos años bajo la amenaza de una enfermedad incurable, completó un Magnificat (1952), la escena navideña In terra pax (1954) y el Concierto para violonchelo (1951-2, 1954-5).

Finzi había contemplado durante mucho tiempo la posibilidad de escribir un concierto para violonchelo; incluso hay quien ha sugerido que lo pudo haber concebido como un retrato musical de su mujer. Los bocetos del movimiento lento datan de mediados de los años treinta. En otoño de 1951 volvió a ellos para componer el concierto durante los meses inmediatamente posteriores al diagnóstico de su enfermedad. El estímulo necesario para terminarlo fue el encargo de Sir John Barbirolli, en septiembre de 1954, de una obra grande para ser interpretada por él y la Orquesta Hallé en el Festival de Cheltenham del año siguiente. Finzi escribió los otros movimientos durante la primera mitad de 1955, completando el finale a una velocidad vertiginosa. El solista del estreno fue Christopher Bunting quien además colaboró de manera considerable en la composición de los pasajes solistas y en la cadencia del primer movimiento.

Es difícil no pensar que el carácter del primer movimiento del concierto brotó de las desesperadas circunstancias personales de Finzi. Desde el principio de la extensa exposición orquestal, el oyente es sumergido en una música de emociones turbulentas y trágicas con la que el compositor parece estar quejándose amargamente de su destino. Esta atmósfera se intensifica con disonantes conflictos armónicos y un ritmo que oscila de manera inestable y que da al movimiento un ímpetu melancólico. El solista toma las ideas principales, marcadas por un ritmo escocés (conocido como ‘Scotch-snap’) y trinos, e introduce también un tema contrastante, casi como una canción, heroico en la adversidad, más calmado y digno. El final del movimiento es terso: un lamento del solista y una cruda explosión orquestal, como si el compositor estuviera contemplando el abismo.

Después del tumulto emocional del primer movimiento, el tema, parecido a una canción, del Andante quieto respira una callada aceptación y resignación con una música de gran belleza. La manera en que Finzi permite que su serenidad impregne el movimiento es todavía más extraordinaria, si cabe, ya que fue compuesto tras saber que le quedaba como mucho una década de vida. Hacia el final, la música asciende a un clímax, tras el cual se apaga para dar paso a un conmovedor coral en los metales, antes de que el solista retome el tema principal para acabar con una tierna mención final.

¿Se reconcilió Finzi con su destino? El jocoso Rondó, con su tema vital y acompañamiento danzarín, parece responder afirmativamente; sin embargo, puede ser simplemente que sintiera que el concierto, musicalmente, necesitaba tal variedad y contraste. Aparte de un pasaje donde el solista pausa brevemente en una reflexión, el carácter nunca desfallece. Al igual que en el movimiento lento, la sección de metal vuelve a coronar el movimiento con el tema del rondó aumentado hasta un clímax sonoro, antes de que una presurosa coda acabe el concierto con la magia de un elfo.

En septiembre de 1956, Finzi contrajo la varicela, que, en su débil estado, le condujo a una inflamación del cerebro. El día 26 de ese mes fue ingresado en un hospital; su mujer lo organizó todo para que pudiera seguir por la radio el estreno de esa misma noche. Fue la última música que oiría, pues murió al día siguiente.

La Égloga, compuesta en 1929, era el movimiento lento de un concierto para piano inacabado que Finzi había comenzado en 1927-8 y en el que continuó trabajando hasta 1953. Lo revisó dos veces, pero después de abandonarlo se contentó con dejarlo en un movimiento único. Aún así, no fue interpretado en vida del compositor y debe su título a sus albaceas: su viuda, su primogénito Christopher y su amigo de toda la vida Howard Ferguson. Fue estrenada por Kathleen Long bajo la dirección de John Russell en un concierto conmemorativo cuatro meses después de la muerte del compositor. Con su calma y serenidad, es un ejemplo típico de movimiento lento de Finzi.

Fue probablemente mientras era alumno de Bairstow cuando Finzi entró en contacto con las obras para órgano de J.S.Bach, una influencia de enorme importancia durante toda su vida, tal como podemos oír, por ejemplo, en los acompañamientos pianísticos de sus canciones. La influencia de Bach es evidente de manera más obvia en la Gran Fantasía que compuso en 1927-8, destinada a ser uno de los movimientos del concierto para piano que por entonces proyectaba. Morris, sin embargo, le indicó que en vez de incluirla en un concierto, para lo que le parecía inapropiada, debía acompañarla de otra pieza en forma de fuga.

La decisión de abandonar su concierto para piano la tomó Finzi al revisar su Gran Fantasía, tras lo cual le añadió la Toccata por petición del pianista y director de orquesta John Russell, que llevaba tiempo acosándolo para que le escribiera una obra. Russell la estrenó en Newbury en 1953, bajo la dirección del autor. Se volvió a interpretar en el Festival Hall de Londres el siguiente mes de julio, esta vez con Peter Katin como solista y Russell dirigiendo la London Symphony Orchestra.

El principal modelo "bachiano" en el que Finzi se basó para su Gran Fantasía fue la Fantasía cromática. La música, sin embargo, no es una burda imitación, sino más bien Finzi refractado a través de Bach, y puede ser considerada dentro del contexto de las obras neobarrocas de Stravinsky, Bloch y Holst compuestas por aquella época. El comienzo es asombroso: después de un giro dramático de sólo dos compases, la orquesta deja plantado al solista durante más de dos tercios de la Fantasía, para unirse de nuevo a él en una majestuosa procesión culminante al paso mesurado de una ouverture barroca francesa.

Por un momento, el tema inicial de la Toccata sugiere que Finzi fuera a seguir el consejo de Morris, añadiendo una fuga, pues reúne todas las características del sujeto de una fuga, pero no es así. Después de la monumentalidad de la Fantasía, la Toccata posee una franqueza despreocupada y airosa, que recuerda intensamente a Walton. Hacia el final, el tempo se relaja para dar paso a una reexposición de la Fantasía, para llegar atropelladamente al fin.

Andrew Burn

Traducción: Carlos Fernández Aransay


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