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8.557334 - BLANCAFORT, M.: Piano Music, Vol. 3 (Villalba) - Camins / Cants intims II / El parc d'atraccions / Pastoral
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Manuel Blancafort (1897–1987)
Camins • Cants íntims II • El parc d’atraccions • Pastoral en sol

Dedicado a Joan

En la década de los años 20, la producción musical de Manuel Blancafort entra en un nuevo período. La voluntad de alejarse de la influencia, demasiado presente, de Mompou y de Grieg lo empuja a escribir obras de mayor complejidad formal y se lanza a la aventura sinfónica: “El viejo maestro Joan Lamote de Grignon me había explicado las dificultades con las que topaba cada vez que tenía que programar música sinfónica catalana (“no tenemos tradición en el campo de la música orquestal”, me decía). Esta queja me quedó muy grabada y a partir de entonces me propuse ser yo el que tuviera el empuje de abordar un repertorio sinfónico…”.

Es un período que coincide, también, con cambios importantes en su vida: en 1920 se casa con Helena París y en 1923 inicia una época de viajes, por Francia, Bélgica, Alemania, Italia, Estados Unidos y Canadá, que le supondrán un drástico cambio de vida: “Tras una juventud idílica, el descanso en las ermitas fue substituido por las estancias en los hoteles; los paseos solitarios, por el ambiente mundano de los grandes paquebotes; los olores de la montaña, por la tibia niebla de los perfumes y los tabacos exóticos”, comenta con tristeza. Entre sus viajes cabe destacar el primero que realiza a París, de camino hacia Nueva York, donde se detiene dos días y donde confía el manuscrito de sus Cants íntims I (Cantos íntimos I) a Mompou para que lo lleve a la editorial Sénart. El interés de la editorial francesa por publicar sus primeras obras supondrá el inicio del reconocimiento internacional de Blancafort. Las relaciones comerciales eran el objetivo principal de estos viajes, puesto que se trataba de conocer algunas empresas dedicadas a la fabricación de rollos de pianola (que era el negocio familiar en el que Blancafort trabajaría toda su juventud, adolescencia y primeros años de madurez). No obstante, Blancafort también lo aprovecharía para ampliar su formación y establecer contactos con la vanguardia musical de la época. El jazz y las diversiones americanas lo entretienen pero no le atraen de forma directa: “he asistido al espectáculo pero nunca he tomado parte en él, quedándome siempre en mi rincón de observador”.

Decisivo es su encuentro, en 1924, con el pianista español Ricard Viñes, que se había erigido como el valedor de los jóvenes compositores emergentes y de la nueva música europea. Por su posición privilegiada en los círculos musicales parisinos, Viñes se podía permitir el lujo de apoyar a aquellos compositores que consideraba de interés y, junto a Debussy, Ravel, Satie, Milhaud y Poulenc entre otros, Blancafort pasaría a formar parte de su repertorio habitual. De él estrenaría El parc d’atraccions, en 1926, y Camins, en 1927.

Las tensiones con su padre, que ve con recelo la creciente dedicación de su hijo a la composición en detrimento de sus ocupaciones en el negocio familiar, son habituales durante esta época. En un momento en el que Blancafort llega a dudar de su vocación musical, Mompou aparece como el guía que reconforta y estimula: “Llevas un músico dentro de ti. No te rindas”, le dice.

Precisamente a Mompou dedica Blancafort su primera obra importante para piano: Camins (Caminos). Terminada en 1923, se trata de una obra más ambiciosa que las anteriores desde todos los puntos de vista. Tras el período miniaturista, esta suite irrumpe con la voluntad clara de aniquilar las encorsetadas estructuras de su producción anterior. La forma se expande gracias a una mayor elaboración estructural, temática y armónica, al tiempo que se reduce el número de piezas que integran la obra. La escritura pianística se depura, es técnicamente más compleja y denota una flexibilidad que la diferencia de sus primeras obras. El contenido, no obstante, sigue mostrando una predilección por el intimismo y la temática paisajística.

Coetánea de la anterior, Cants íntims II (Cantos íntimos II) presenta características muy similares. En ambas obras se reconoce, todavía, la influencia de Debussy, a quien Blancafort considera el mayor genio musical de su tiempo. Del compositor francés le deslumbran, precisamente, la maestría para crear climas armónicos inéditos y la formidable intuición para abrir nuevos caminos con el empleo de modos arcaicos y nuevas escalas, así como su manera de abordar el hecho sonoro sin premisas intelectuales ni razones o teorías justificativas. El resultado conduce a un refinamiento armónico y melódico del que hacen gala los dos ciclos citados. Ambos formarán, así, un binomio de transición hacia nuevas experiencias estilísticas.

En 1924 termina la que sería su obra más conocida y divulgada: El parc d’atraccions (El parque de atracciones). En esta obra, Blancafort consigue aliar admirablemente las “trouvailles” del impresionismo francés y las nuevas propuestas estéticas propugnadas por Cocteau y el “Groupe des Six” francés con los giros propios del folclore catalán. El empleo de la forma cíclica, por la que algunos temas reaparecen más o menos transformados e incluso superpuestos a lo largo de la suite, da unidad a los seis cuadros de esta obra dominada por la atmósfera de fiesta popular, rebosante de variedad, matiz pintoresco, humor, brío e ironía y donde la anécdota y la voluntad de intrascendencia se erigen como protagonistas. Ricard Viñes estrenó la obra en París con enorme éxito y pronto se divulgó por toda Europa y América. La Polca de l’equilibrista (Polca del equilibrista) gozaría, especialmente, del favor popular tanto en su versión pianística como orquestal y coreográfica. Célebre fue la interpretación que el bailarín Joan Magrinyà realizó, con figurines de Grau- Sala, en el Cine Urquinaona de Barcelona (1932) y que más tarde se representaría en Suiza (1934) y Buenos Aires (1935). Blancafort es considerado, por aquel entonces, un “enfant terrible” de la música y se le sitúa como uno de los más genuinos representantes de la nueva escuela española en un momento en el que, paradójicamente, es prácticamente desconocido en su país.

A pesar de las nuevas experiencias que adquiere durante estos años lejos de su tierra, Blancafort continuará siendo aquel joven silencioso apegado al paisaje y al ritmo tranquilo de su tierra natal. Buena prueba de ello es su Pastoral en sol, que compone de un tirón en el preciso instante en que se disponía a escribir una suite con las impresiones recibidas en su viaje a América y que conformarían su futura obra American souvenir. Pastoral en sol posee la estructura de una sonatina clásica en tres movimientos que se enlazan sin interrupción y cuyo estilo parece retomar el hilo de sus Jocs i danses al camp (Juegos y danzas en el campo): carácter alegre y desenfadado, ritmos bailables y material melódico de rasgos populares e incluso referencias directas a melodías tradicionales, como el Stille Nacht que aparece en el segundo movimiento.

Tras la influencia del impresionismo y de la estética de Cocteau, Blancafort se decanta hacia estructuras más clásicas (Ravel y Stravinsky) con obras como la Sonatina antiga (Sonatina antigua), de 1929. A partir de entonces, empujado por la falta de un repertorio musical catalán de esas características, acomete la gran forma con diversas obras sinfónicas, dos conciertos para piano y orquesta, dos cuartetos de cuerda y obras corales de gran formato, con las que demuestra una madurez creativa exenta de influencias externas y caracterizada por la claridad temática, de profunda raíz catalana, por el desarrollo lógico del discurso musical y por el perfecto equilibrio entre forma y expresividad.

Miquel Villalba


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