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8.557438 - TURINA, J.: Piano Music, Vol. 2 (Maso) - Romantic Sonata / Fantasy Sonata / Magical Corner
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Joaquín Turina (1882-1949): Música para piano • 2
Sonata romántica • Sonata Fantasía • Rincón mágico • Concierto sin orquesta

Conocido sobre todo por su música pintoresquista, que describe un Sur iluminado pleno de giros populares, en este segundo compacto dedicado a la obra para piano del compositor andaluz Joaquín Turina, Jordi Masó agrupa una serie de piezas que, sin renunciar a su esencia intrínsecamente española, aparecen más vinculadas a un romanticismo al que Turina – hombre de tradición – siempre se confesó adepto. Son composiciones de nítido aliento romántico, cuyas formas y maneras miran al gran repertorio pianístico alemán, pero también, y como no podía ser de otro modo tratándose de un músico formado y crecido en el París de principios del XX, se dejan llevar por la fascinación ante el colorido y vaporosidades de la fragante escuela francesa. En cualquier caso, y más allá de cualquier influencia o herencia, las cuatro obras que integran este volumen rezuman y suenan inconfundiblemente a esa personal manera de escribir que desprende la extensa producción de Joaquín Turina.

El uso del tema popular es frecuente en la música española. Turina en absoluto es excepción. Sin embargo, durante sus años de formación en París, tras establecerse en la capital gala en 1905, para completar su formación musical en la conservadora Schola Cantorum, esa senda españolista cede ante la fascinación que la nueva música francesa ejerce sobre el joven compositor, que por aquel entonces rondaba los 23 años. Sin embargo, dos años después se producirá su famoso y decisivo encuentro con Albéniz, quien el 3 de octubre de 1907, tras asistir en el Salon D’Automne de París al estreno del Quinteto para piano y cuerda opus 1 del joven compositor sevillano, le tomó del brazo y le dijo: “Ese quinteto franckiano se va a editar. Lo hago cuestión de gabinete. Pero usted me da su palabra de no escribir más música de esta clase. Tiene que fundamentar su arte en el canto popular español, o andaluz, puesto que usted es sevillano”.

Fiel al consejo del admirado Albéniz, Turina reemprende la senda de la música españolista, aunque intensamente teñida de la influencia de su entorno francés y del fondo romántico que aún rezuma en el sentir del joven compositor. La Sonata romántica sobre un tema español, opus 3 que abre este compacto es fruto del cruce de estilos y principios estéticos aún no consolidados. Y nace en 1909, bajo el impacto que la muerte temprana de Albéniz, el 18 de mayo de 1909, ejerce sobre su ánimo. La sonata sigue el modelo de la cita popular empleado por Albéniz en obras como “El corpus Christi en Sevilla” (donde emplea la popular Tarara), y recurre en su primer movimiento al famoso motivo de El vito, tema muy frecuentado por los músicos españoles, desde Manuel de Falla, a Nin- Culmell, Manuel Infante o Sainz de la Maza, por poner sólo unos cuantos ejemplos.

El primer movimiento aparece articulado en forma de cuatro variaciones en torno al tema motriz, cantando en la mano derecha tras tres compases de introducción en los que la izquierda establece en pianísimo un obsesivo ritmo sobre el que inmediatamente irrumpe de modo tranquilo el tema de El vito, muy expresivamente cantado – “Très expressif”, anota Turina en el cuarto compás de la partitura –, por la mano derecha. La habilidad formal del joven Turina – 27 años – se vuelca en cada una de las variaciones, muy canónicamente construidas, y en las que aúna habilidosamente su natural vena pintoresquista – alentada por el consejo de Albéniz – con los modos y perspectivas que observaba en su cosmopolita entorno parisiense. El final, en un pianísimo “dolcissimo” y progresivo, culmina en cuatro pes (pppp) de raigambre profundamente albeniciana. Carácter muy diverso presenta el segundo movimiento, “Vif et gai” (Vivo y alegre). Se trata de un scherzo de inconfundible sustancia turinesca, que hace las veces de puente con el movimiento final, iniciado con un misterioso pasaje lento en el que cobra relieve un seisillo descendente del que surge una brumosa atmósfera, de tintes debussystas, que no llegará a desarrollarse, al sucumbir en el compás 35 ante el decidido “Allegro” que culmina la sonata, y en el que reaparece con enorme vigor el tema de El vito, expuesto ahora en un envoltorio armónico más sofisticado. Tres largos y suaves “pero sonoros” – “pp mais sonore” – acordes cierran con resonancias albenicianas movimiento y sonata. La sonata, dedicada naturalmente a “la mémoire d’Isaac Albéniz” (así reza en la partitura), se estrenó, el viernes, 15 de octubre de 1909, tocada por el propio Turina en el Grand Palais des Champs Elysées, en el marco de un concierto específicamente programado para homenajear la memoria del desparecido creador de la suite Iberia.

Titulada inicialmente como “Sonata andaluza” a pesar de la escasa presencia de lo andaluz en ella, Turina tuvo el buen criterio de bautizar finalmente la obra con el más apropiado título de Sonata Fantasía. Compuesta en 1930 y dedicada al musicólogo y crítico musical Josep Subirà, la obra surge en un año particularmente fecundo en su hacer creativo, especialmente en el ámbito pianístico, dado que en estos mismos doce meses surgen también la primera serie de Danzas gitanas, la segunda colección de Niñerías, la Partita en Do mayor, opus 57, y Tarjetas postales, opus 58. A pesar de los aires de zambra y garrotín que asoman en el Allegro molto moderato del primer movimiento, Turina se aparta en esta pieza de su tradicional pintoresquismo y de la vía españolista recomendada 23 años antes por Albéniz, para entregarse a una escritura refinada de sonoridades deliberadamente impresionistas, especialmente en los lentos y logrados inicios de los dos movimientos que configuran esta atípica sonata sin forma. Especial relieve tiene el “Coral con variaciones” final, que persigue y halla en su figurada quietud la atmósfera de una guitarra sólo imaginada. El coral, de oculta y franca belleza, comprende pasajes de volátil virtuosismo, que rompen transitoriamente la penetrante quietud que lo embarga. Para el final, Turina opta por un vivo, convencional y bien desarrollado pasaje que cierra con brillantez de Re mayor una obra cuyas más hondas esencias se agazapan en los fantásticos pasajes lentos. La Sonata Fantasía fue editada en 1931, en Madrid, por la Unión Musical Española.

“Quise cantar amores y penas buscando ese rinconcito de lo andaluz que mira a todas partes; he vivido un poco en sueños, porque yo, músico, soy un enamorado del aire. Allí pierde la tragedia su acento desgarrado, la danza es más pura y el vino es sólo perfume. Soy incapaz de sentarme ante el piano con un aire transcendental. Canto lo que me gusta y me siento correspondido”. Rincón, rincones, rinconcitos... Son palabras frecuentes en el mundo turinesco. Rincón como espacio íntimo y reservado. Quizá también lugar con alguien compartido. Es el propio compositor, en el encabezamiento de la partitura quien concreta a qué “rincón mágico” se refiere en esta ocasión: “Rincón en el gabinete de trabajo del autor. Ambiente íntimo y recogido”. En este Rincón mágico, fechado en su versión original en 1941, epigrafiado por Turina como “Desfile en forma de sonata” y dedicado “a mi mujer y a mis hijos”, son varios los personajes que aparecen en la partitura, concretamente en las tres variaciones que completan el tema del primer movimiento, que, efectivamente, se caracteriza por su carácter “íntimo y recogido”, y que irrumpe expresivamente tras una etérea introducción – “suave” reclama Turina al inicio del primer pentagrama – de doce compases. Para despejar cualquier duda sobre el origen de este motivo característico, el compositor reivindica entre paréntesis la autoría de “El autor”. Tras la larga exposición del tema se suceden las tres variaciones, cada una de ellas referida a un personaje diferente. La primera se titula “Regino y la guitarra”. Regino, naturalmente, es el guitarrista burgalés y crítico musical Regino Sainz de la Maza, íntimo amigo de Turina y destinatario y responsable del estreno del famoso Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. En la segunda variación, construida sobre sutiles diseños de semicorcheas que el compositor casi siempre quiere “dolcissimo” y sobre las que la melodía aparece cantada por la mano izquierda, Turina anota “Las melodías de Paquita”. La tercera y última no deja lugar a dudas sobre su protagonista, que en la partitura aparece como “Pepe, el pianista gaditano”. “Pepe” es, evidentemente, el también andaluz José Cubiles, íntimo amigo de Turina, compañero suyo en la fundación y dirección colegiada de la Comisaría Nacional de Música (en 1940, el tercer “comisario” era Nemesio Otaño) y responsable del estreno de numerosas páginas pianísticas turinescas. También del de Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla.

Es el Debussy de Children’s Corner (¡Corner!, rincón, ¡palabra sugerente también utilizada por el creador de Pelléas et Mélisande!) el que parece firmar los graves y modales compases iniciales del vivo scherzo que es el segundo movimiento de su “rincón mágico”. Tampoco aquí abandona su vocación descriptiva. “El dinamismo de Antoñito”, “Los farolitos de Carmen” y “Antoñito vuelve” son los sujetos que figuran en cada una de sus tres partes. El tercer movimiento es un suave, “expresivo y penetrante” Lied de carácter cadencioso y marcado como “Andantino”. Sobre su primer pentagrama, una anotación reveladora: “La canción de Lolita”. “Lolita”, es la soprano riojana Lola Rodríguez de Aragón, discípula de la gran Elisabeth Schumann protagonista del estreno de la versión definitiva de Canto a Sevilla (con Enrique Fernández Arbós y la Sinfónica de Madrid, el 23 de diciembre de 1934) y de unas valiosas grabaciones discográficas del Canto a Sevilla y de las canciones Tu pupila es azul y Los dos miedos, en las que fue acompañada al piano por el propio compositor.

“El autor y la familia” son protagonistas de la rítmica “Sonata” que brillantemente cierra este singular “desfile en forma de sonata”, y en el que el compositor despliega sus mejores recursos virtuosísticos a través de una escritura profusa y al mismo tiempo transparente, que no disimula su raigambre pintoresquista. Tiempo y obra concluyen con una solemne coda de cuatro compases en fortísimo. Turina, que cuando compone Rincón mágico se encuentra ya en la fase final de su existencia, cuando la inspiración y las energías para desarrollarla se encontraban ya muy menguadas, acomete la obra hasta en tres ocasiones. La primera en 1941 (por su diario se sabe que el 21 de julio) y la última y definitiva en noviembre de 1943. La edición se demoró hasta 1946, en que fue publicada por Unión Musical Española.

El Concierto sin orquesta, opus 88 forma parte del amplio abanico de obras de Joaquín Turina que permanecen prácticamente desconocidas. Sin embargo, es obra con méritos para ser programada y bien degustada. Data de 1935 y su manuscrito, en el que Turina anota “Ciclo pianístico VIII”, figura dedicado al pianista y compositor navarro Joaquín Larregla, autor de la famosa jota ¡Viva Navarra!. Su primer movimiento se inicia con dos compases de sonoros acordes que dan pie a un breve pasaje candencioso que sirve de preámbulo a la primera sección, en la que se distingue el obsesivo diseño de una nota repetida de forma insistente, y que sirve de fondo sonoro al desarrollo de un tema anchamente cantado en quintas y octavas, en el que Turina se explaya en sus queridas combinaciones de tresillos. Tras varios y diferentes episodios, reaparece el tema inicial, que desemboca en un nuevo pasaje de carácter cadencioso y debussystas glissandi (¡el preludio Feux d’artifice!) y culmina en una sonora coda que parece preparar el ambiente para el inicio en pianísimo y sin solución de continuidad del introvertido “Molto adagio” que cierra este original Concierto sin orquesta. Las sonoridades y ricas armonías evolucionan hacia un “Allegro moderato” de carácter extravertido y animado, cuyo intenso lirismo conduce inevitablemente a una extensa coda que recupera elementos del primer tiempo y otorga cíclica unidad al conjunto.

© Justo Romero


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