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8.557634 - JOSE: Sinfonia castellana / Suite ingenua / El mozo de mulas (Suite)
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Antonio José Martínez Palacios (1902–1936)
Sinfonía castellana • Evocaciones • Suite ingenua • El mozo de mulas Suite

La inmensa tragedia de la Guerra Civil Española, preludio a la Segunda Guerra Mundial, frustró las esperanzas del país abiertas por la II República. Entre los centenares de miles de dramas personales, muchos afectaron a la esfera de la cultura; nadie olvida la cruel muerte de García Lorca, pero no menos injusto fue el fusilamiento de un compositor joven y prometedor, Antonio José Martínez Palacios, conocido en todos los círculos musicales tan sólo como “Antonio José”, en sí mismo una ironía del destino, pues eran los nombres invertidos de José Antonio, el hijo del dictador Primo de Rivera y fundador de Falange, el partido fascista español e ideólogo en definitiva de los que asesinaron al músico. Uno y otro morirían a la distancia de poco más de un mes.

Martínez Palacios había nacido, el 12 de diciembre de 1902, en Burgos, en aquel tiempo una pequeña ciudad muy alejada de las preocupaciones culturales de Madrid o Barcelona. Con todo, el joven se abrió paso y sin haber cumplido los veinte años llamó la atención y obtuvo una beca para ampliar estudios en Madrid. En 1920, con sólo dieciocho años, Martínez era ya el director de la orquesta del Teatro de La Latina, obligado a un trabajo muy menor, pues el repertorio que allí se tocaba fundamentalmente lo formaban revistas musicales y piezas de entretenimiento.

Sus años madrileños permanecen todavía bastante ignorados y no se han esclarecido todavía sus principales influencias y profesores, pero lo cierto es que comienza a escribir obras más ambiciosas, como la Sonata castellana, en 1922, de la que al año siguiente surgiría la Sinfonía castellana, su obra para orquesta de mayor alcance formal. Otras obras para piano de la época son la Danza de los bufones (1920), el Poema de la juventud (1924) —título por el que se conoce su cuarta sonata— y las Tres danzas burgalesas (1924). Comienza a dirigir algunas formaciones corales, una actividad de gran fuerza en los años veinte en España, desde el movimiento de asociacionismo coral, en muchos casos ligado a reivindicaciones laborales, que comenzase en el decenio de 1880.

En 1925 y 1926, Antonio José viajó a París, lo que marcaría su estilo de manera definitiva. Si por un lado su uso del folclore castellano le colocaba un poco en retaguardia frente a las manifestaciones de sus compañeros de generación, inclinados hacia el neoclasicismo, ejemplarizados por la Sinfonietta de Ernesto Halffter, precisamente de 1925; por otro, su apego a la música francesa en general y el impresionismo en particular no dejaba de ir a favor de la corriente emprendida por Falla, siempre más cerca del arte galo que de las rupturas modernistas de la Viena finisecular.

También es 1925 el año en que debe trasladarse a Málaga para ocupar el puesto de profesor de música en un colegio nutrido de alumnos de la alta sociedad. Se entrega con intensidad a la composición: añade una cuarta Danza burgalesa (1928) y redacta la Sonata gallega (1929), pero será sobre todo Evocaciones (Cuadros de danza campesina), datada en 1926, la obra que le otorgue un cierto renombre nacional. Originalmente para piano, al ser orquestada en 1928 fue dada a conocer por la Orquesta Sinfónica de Madrid y su director, Enrique Fernández Arbós, sin duda los intérpretes más atentos a las novedades de la España del momento. La Suite ingenua e Improvisación, para órgano, ambas de 1928, cierran la etapa malagueña.

Al no conseguir la cátedra de armonía del Conservatorio de la ciudad, ni atreverse a la aventura de aceptar una oferta de trabajo que le llega desde Quito, Martínez vuelve a Burgos. Acepta en 1929 la dirección del Orfeón Burgalés, en seria crisis, pero aun así la institución más activa de la ciudad. Se entrega a fondo en la tarea interpretativa e igualmente en la educativa, dirigiendo una escuela de música y escribiendo un cancionero para niños. Son los años de recopilación de temas del folclore burgalés, tesoro popular que deseaba difundir lo más ampliamente posible, cuajando en la recopilación de la Colección de cantos populares burgaleses, que le valiera el Premio Nacional de Música de 1932. E igualmente dotó al Orfeón Burgalés de obras propias: el Himno a Castilla (1929), las Cuatro canciones populares burgalesas (1931), las Tres cantigas de Alfonso X, primero en versión de voz y piano y posteriormente para coro (1932), y los Cinco coros castellanos (1932).

Con el gran proyecto de su ópera El mozo de mulas sin acabar, Antonio José acudió en la primavera de 1936 al congreso internacional de musicología de Barcelona, uno de los cantos del cisne de la República Española. Presentó una ponencia sobre la canción popular burgalesa, sin duda la fuente principal de su fino arte como compositor. Muy poco después, el 8 o el 9 de octubre de ese año, hubo de encarar las bocas de los fusiles de los sublevados contra el poder legítimo.

En la Sinfonía castellana, encontramos muchas de las claves de Antonio José como compositor: los materiales procedentes del folclore, la elegancia de la orquestación, el gusto por el colorido y los elementos tomados del impresionismo francés. El primer movimiento, El campo (Allegro), tiene clara forma de sonata, siendo su primer tema un canto sacado de la recopilación Folclore de Castilla o Cancionero popular de Burgos, publicada en 1903 por el influyente compositor y autor Federico Olmeda de San José. La segunda idea motívica deriva de la primera. Se impone al fin un aire de danza; el autor incurre en algo de reiteración en un diseño en acordes, ni hay contrastes temáticos bien definidos, pero la secuencia no carece de una fina coloración a la acuarela. No en vano, Adolfo Salazar, el crítico español más importante del primer tercio del siglo XX, aun reconociendo la valía de Martínez Palacios, al que consideraba el músico castellano más preclaro de su generación, señalaba que tenía problemas de orden formal. Para Emilio Casares, los dos movimientos que siguen, Paisaje de atardecer (Andante con calma) y Nocturno (Lento), son los más interesantes de la obra, en tanto que se apartan del folclorismo más literal y se adentran en los terrenos de la estética y la armonía impresionistas. Bucólico y refinado, con un efectivo uso del arpa, el Paisaje aporta un lirismo subjetivo tardorromántico filtrado de sonoridades debussystas. No falta un logrado trabajo tímbrico. Posee cierta originalidad que el tercer tiempo, Nocturno, sea también un lento. Reaparece el arpa en este pasaje estático, que parece pintar una serena noche de verano. Un seductor solo de violín se transmite apasionadamente a toda la cuerda. El cuarto movimiento, Danza burgalesa (Allegro vivo), establece una relación simétrica con el primero, regresando al lenguaje nacionalista y extrayendo de nuevo sus materiales del mencionado Cancionero de Olmeda de San José. El tono de festiva danza popular es evidente; el insistente ritmo queda interrumpido por un episodio cantable sólo para retornar afirmativamente.

Antonio José dejó inacabada a su muerte la ópera El mozo de mulas, basada en un episodio del Quijote cervantino (capítulo XLIII de la primera parte). Empezada en sus años malagueños, la partitura estaba completa para canto y piano, mas sólo parcialmente orquestada, labor completada por Alejandro Yagüe en 1992. Sin embargo, el autor había ofrecido en 1934 Preludio y Danza popular, dos momentos de la ópera que suponían su regreso a la orquesta. Las dos piezas se estrenarían en Madrid ese mismo año.

El Preludio (Moderato) corresponde al pórtico del primer acto. Es de trazo abstracto, obviamente impresionista. Comienza con un solo de oboe, encadena con un pasaje de la cuerda marcado “intenso”, para enlazar con un expresivo solo de flauta sobre arpegios del arpa y trémolos en divisi de la cuerda. La suma de más instrumentos expande el lirismo de la página, que se repliega finalmente en el solo de oboe y el “intenso” de la cuerda, ahora con sordina. La Danza popular pertenece al segundo acto; Yagüe la reincorporó a la ópera respetando la orquestación de Antonio José. Adquiere un animado sabor rústico, identificándose el tema en ella usado como uno de la propia colección de cantos populares burgaleses recopilada por el compositor. Tiene gracia colorista en el ritmo que puntean las trompetas y su aspecto es el de una vivaz celebración campesina.

Evocaciones, una pieza decididamente folclorista, data de 1928. Su tema principal es un canto burgalés, Juan se llama mi amante, sacado de la antología de Olmedo. La aparición del tema se hace en lejanía, cobrando luego presencia lentamente, con aire de danza lenta, hasta el clímax subrayado por la percusión. No hay desarrollo en sentido estricto, sino episodios de separación del tema, cuyo regreso glosado lo va haciendo cada vez más nostálgico. La obra fue estrenada por la Orquesta Sinfónica de Bilbao, dirigida por Vladimir Golschmann.

La breve Marcha de los soldados de plomo, escrita para piano en 1931, estaba destinada a ser orquestada por su autor, mas éste dejó los pentagramas del manuscrito por completo en blanco, únicamente con las indicaciones de la plantilla instrumental. Alejandro Yagüe, experto en estas empresas, orquestó la obra en 1988. La Marcha es una música de ambientación infantil y ritmo mecanicista que describe el movimiento imaginario y rígido de las figuritas de juguete. Yagüe subrayó en su orquestación los rasgos satíricos ya presentes en el original.

El 29 de mayo de 1931, la Asociación de Cultura Musical estrenó en Madrid la Suite ingenua de Antonio José por la Orquesta Clásica, dirigida por Arturo Saco del Valle. Al día siguiente, el compositor y crítico Julio Gómez se ocupaba de la obra en su comentario en el periódico El Liberal, reconociendo que se trataba de una música en verdad “ingenua” y que había sido muy bien recibida por el público.

Escrita para orquesta de cuerda y un piano que no puede considerarse que cumpla un papel concertante, ofrece un tema muy sencillo —todos los motivos de la composición provienen nuevamente del Cancionero de Olmeda—, casi infantil, en el Romance (Andantino). El teclado puntea al principio en segundo término, después, tras un breve puente, se apodera del tema. No hay desarrollo. Un canto doliente de la cuerda marca la Balada (Lento y apasionado), que va ascendiendo a los violines sin perder su naturalidad. El piano aporta pinceladas de color. En la Danza (Allegro), los procedimientos de escritura son similares a los del primer movimiento. Primero expone la cuerda el simple diseño con el piano como acompañamiento y luego éste lo vuelve a decir con toda sencillez.

Enrique Martínez Miura


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