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8.570402 - TURINA, J.: Violin and Piano Music - Violin Sonatas Nos. 1 and 2 / El poema de una sanluquena / Variaciones clasicas / Euterpe (Leon, Maso)
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Joaquín Turina (1882–1949)
Música para violín y piano

 

El repertorio violinístico español es reducido. A pesar de algunos intérpretes destacados, como Pablo Sarasate o Jesús de Monasterio, no abundan las obras de calidad. Joaquín Turina, compositor sevillano que imagina la música desde el teclado, y que dedicó al piano la mayor parte de su obra abundante, fue uno de los pocos compositores de la España de su tiempo que prestó atención al violín.

Este compacto recoge su obra para violín*, creada en dos décadas, y que abarca desde la fantasía para violín y piano El poema de una sanluqueña, de 1923, hasta Euterpe, que concluye en 1942. Entre una y otra composición, la Sonata número 1, opus 51, en Re mayor, de 1929, las Variaciones clásicas opus 72, que firma en 1932, y la Sonata número 2, bautizada “Sonata española”, catalogada como opus 82 y fechada en 1934. Todas ellas son testimonio de un músico de honda raigambre nacionalista, que supo congeniar con la poderosa influencia francesa y, sobre todo, con una manera de componer propia y absolutamente inconfundible. Cada nota de Joaquín Turina transpira y transmite su singular universo.

Escrita en 1929 y dedicada “à Jeanne Gautier”, la Sonata para violín y piano número 1, opus 51, en Re mayor de Joaquín Turina es una de las obras que mejor refleja las enseñanzas adquiridas en la Schola Cantorum, sin por ello mermar sus rasgos propios, los “cultos peculiares del artista” de los que hablaba Antonio Fernández-Cid. Ensueño romántico, sentido del orden y fidelidad a las reglas clásicas conviven con ese sentimiento andalucista que Turina siempre llevaba tan dentro de sí y que le salía a la superficie de manera instintiva.

Es el propio compositor quien aporta la mejor información sobre su primera sonata violinística, que él considera “escrita en forma de sonata sin complicaciones y casi sin desarrollo”. En 1947 Turina anota en su libro Cuaderno de Notas las siguientes líneas: “Es una obra muy simple de líneas, con tres tiempos: allegro en forma de sonata, casi sin desarrollo; Aria, con un episodio dramático, de tipo popular y Rondó en ritmo de farruca”. Años más tarde, en 1930, Turina escribe en El Debate que “la Sonata en Re sigue el plan característico de esta forma musical, y añado el elemento folclórico en acentos melódicos y en fórmulas rítmicas. He tratado de evitar todo lo que pudiera ser relleno, no empleando en los temas y en los desarrollos más materiales que los precisos”. La sonata se estrenó en Lyon, en 1930.

Turina trabaja en su Segunda sonata para violín y piano, opus 82, (sonata española) entre el 25 de septiembre de 1933 y el 17 de enero de 1934. El manuscrito figura dedicado a su alumno y amigo, el compositor y director de orquesta Pedro Sanjuán (1886–1976). La primera audición fue en Londres, interpretada en The Rubicon por Ángel Grande (violinista) y María Lewinscaya (piano). Poco después, la nueva sonata se escuchó en Madrid, en manos del violinista Enrique Iniesta y con el propio Turina al piano. En 1941 fue premiada por el Sindicato Nacional del Espectáculo.

Algunos años distancian esta segunda sonata de la precedente. Sin embargo, es obra bastante superior, más elaborada y ambiciosa. Tanto por su material temático como por el desarrollo al que éste es sometido. Como escribe Federico Sopeña, “la Segunda sonata supera el escolasticismo de la primera y, salvando bien el peligro anecdótico, se queda en un hermoso equilibrio, donde lo popular lo descriptivo y lo personal se amalgaman desde la primera intuición”.

El primer movimiento se compone de unas variaciones, muy libres, basadas en ritmos españoles: de una zambra gitana como scherzo y de un final, en forma de sonata, resuelto en fandanguillo. El tema original es sometido a tres variaciones: la primera en aire de petenera, la segunda es la culminación expresiva del movimiento y la tercera en forma y tiempo de zorcico, la popular danza vasca en tiempo entrecortado de 5/8. El breve y conciso segundo tiempo presenta una estructura tripartita vivo-andante-vivo, y, como apunta José Luis García del Busto, “su andalucismo inconfundible mira hacia la gitanería” En el movimiento final, Adagio-Allegro-moderato, la forma es menos esquemática. En él se suceden motivos de copla y ritmos de danza de acuerdo con un desarrollo fiel a la forma sonata, y en el que reaparecen siluetas de la lenta introducción del primer movimiento.

Euterpe, para violín y piano, opus 93 número 2 es el segundo número de la suite Las musas de Andalucía, ciclo de nueve fragmentos destinados a un conjunto integrado por voz, piano y cuarteto de cuerda, que compone entre abril y octubre de 1942. Esta segunda página fue estrenada en Madrid, en el Instituto Alemán de Cultura, el 7 de noviembre de 1944, tocada por Enrique Iniesta (violinista) y el pianista José Tordesillas. El manuscrito figura dedicado al guitarrista Regino Sainz de la Maza. Euterpe, musa griega de la música instrumental cuyo símbolo es la flauta, está representada en esta página para violín y piano por unas sevillanas vivarachas estructuradas en forma tripartita, que evocan la alegría festiva de la ciudad natal del compositor.

El amor de Joaquín Turina por la hermosa localidad gaditana de Sanlúcar de Barrameda late en las diversas obras que dedicó a este pueblo mágico que huele a manzanilla, pescado y mar, y que ve morir en el mar al milenario río Guadalquivir. Situada a poco más de 100 kilómetros de su Sevilla natal, Turina pasaba allí las vacaciones estivales, acompañado por sus padres y hermanos. Esos recuerdos infantiles nutren muchas de sus obras. Entre ellas, la fantasía para violín y piano El poema de una sanluqueña, opus 28, cuyos cuatro números compone entre marzo y octubre de 1923, y dedica “a las muchachas de Sanlúcar”. Es allí donde tiene lugar el estreno, en el Teatro Reina Victoria, el 20 de julio de 1924, a cargo del violinista Manuel Romero y Joaquín Turina al piano.

En una entrevista publicada en 1923 el compositor rechaza el carácter descriptivo de este poema violinístico. “No se trata de una obra descriptiva”, responde Turina, “sino de un ensayo que pudiera considerarse como un estado del alma; es decir, que pretendo expresar un aspecto emocional completamente sugestivo. Esto contrasta con mis obras anteriores, como La procesión del Rocío, por ejemplo, que son puramente descriptivas”. Pero la clave de la obra la dio Turina algo después, cuando reveló que el poema está inspirado en una frase que escuchó en cierta ocasión a una muchacha de Sanlúcar, que decía: “Las sanluqueñas no se casan y los sanluqueños se casan con las forasteras”. “A fuerza de ser sanluqueño adoptivo”, añade Turina, “quise romper una lanza en favor de mis paisanas, estas bellas andaluzas, que viven en un triste y perpetuo ensueño”.

Para el ilustre musicógrafo sanluqueño Enrique Sánchez Pedrote, El poema de una sanluqueña es pieza clave en la música de cámara española contemporánea. “En toda la partitura parece aletear, junto al fino humor, una especial y aquilatada ternura, una muy específica comprensión de la forma y manera de ser de la mujer de esta desembocadura del gran río; de la más extrema punta del valle del Guadalquivir […] Las generaciones actuales quizás no lleguen a la honda comprensión de aquel periodo sosegado en el cual nunca pasaba nada en el lento transcurrir de los días tremendamente iguales, tras los cierros celosamente guardados por visillos y cortinas”.

Las Variaciones clásicas, opus 72, datan de junio 1932, y se escucharon por primera vez en el Ateneo de Madrid, donde fueron tocadas al violín por Manuel Pérez Díaz. Figuran dedicadas a Lola Palatín de Higueras “en fraternal ofrenda de gratitud y afecto”. Sus cerca de diez minutos se basan en un tema en forma de lamento, de expresión triste, que en las sucesivas variaciones adquiere diferentes aspectos. La primera variación es un balanceo lánguido y perezoso, en forma de guajira cubana. En la segunda se percibe, lejana, una copla de seguidillas. La tercera es un tango rítmico y de métrica rigurosa, mientras que la cuarta es una evocación melódica de tenues sonoridades, cantada por el violín con sordina. Las variaciones concluyen con un risueño y rápido zapateado de brillante vistosidad.


© Justo Romero

 

* Únicamente falta Homenaje a Navarra, opus 102, que Turina escribe en julio y agosto de 1945, sobre motivos de Pablo Sarasate.


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