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8.570443 - VILLA-ROJO: Concierto plateresco / Serenata / Concierto 2
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Jesús Villa-Rojo (nacido 1940)
Concierto plateresco • Serenata • Concierto 2

 

Jesús Villa-Rojo es una de las personalidades más dinámicas de la música española contemporánea. Su larga labor como clarinetista y sus estudios sobre los nuevos procedimientos sonoros de su instrumento han estimulado la creación de decenas de obras de compositores españoles y extranjeros, estrenadas por él mismo y por el Laboratorio de Interpretación Musical (LIM), que fundara y dirige desde 1975. Sus trabajos como investigador, especialmente en el terreno de la grafía musical, han sido sistematizados en varias publicaciones. Como animador cultural, ha organizado y coordinado multitud de eventos musicales, entre ellos los ciclos del LIM (Madrid), Festival BBK/Músicas Actuales (Bilbao) y el Festival Internacional de Alicante, y dirigido el Centro para la Difusión de la Música Contemporánea. Nacido en Brihuega (Guadalajara) en 1940, y formado en Madrid e Italia, su obra de creación se acerca a los dos centenares de títulos encuadrados en todos los géneros, que han sido ampliamente divulgados en Europa y América. Su estilo, que parte en los años setenta de la especulación sonora y de ciertas formas de aleatoriedad, se concentra posteriormente en depuradas expresiones en donde el juego conceptual cobra particular relevancia. Ha obtenido a lo largo de su carrera importantes galardones y reconocimientos, como el Premio Nacional de Música, el Gran Premio Roma, el Béla Bartók o el Koussevitzky.

La presencia de ciertas constantes interválicas, melódicas, modales y también de color, de la tradición musical española es habitual en casi todos los trabajos de Villa-Rojo desde hace más de dos décadas. En el Concierto plateresco para oboe y orquesta de cuerdas, de 1997, toman forma posando su mirada en el Renacimiento, que es una de las épocas de mayor esplendor no sólo de la música, sino de todo el arte hispano. Es al conocido en la arquitectura de aquel periodo como estilo plateresco al que aluden estos pentagramas, que se desarrollan en un único movimiento. Como en él, el concepto de ornamentación constituye tan sólo una apariencia, porque no solamente no se opone al de sustancialidad, sino que en realidad es ella misma. Lugares comunes de lo que se ha venido conociendo como “ornamentación” –gestos melódico-rítmicos más o menos breves, a veces simples melismas–, logran crear aquí un continuo, que repartido entre el solista y la orquesta supone un prodigio de flexibilidad –su densidad se ensancha y se encoge constantemente, su ritmo interno se acelera y decelera, su intensidad crece y decrece–, y se configura como el único discurso, como la sustancia misma de la música.

Compuesta en 2004, en la Serenata también puede encontrarse puntos de referencia con el pasado de la historia musical, sea más remoto o más reciente. Pero no hay citas, guiños de complicidad ni cualquier otra forma de potenciar el juego dialéctico pasado/presente. Porque lo que Villa-Rojo persigue en esta partitura es justamente romper esa dialéctica desde dentro, desde la sonoridad propia, inconfundible, de la gran orquesta de cuerdas. Esa misma sonoridad que todos tenemos en nuestra memoria de oyentes, gracias a las páginas señeras del repertorio. Se desarrolla en un único trazo, pero pueden seguirse en ella tres grandes secciones. Así, la primera responde a un impulsivo allegro rítmico; la segunda, a un soñador y delicadísimo adagio, para volver de nuevo en la tercera al impulso rítmico, pero tamizado esta vez por la cantabilidad del segundo. De la tradición conserva igualmente la Serenata su carácter de música espontánea, brillante, “ligera” –o cuando menos ajena a las tensiones dramáticas que encontramos en el Concierto 2 y en otros títulos de su catálogo–, como corresponde a la circunstancia para la que fue escrita, el encargo de la Orquesta de Cámara Reina Sofía para celebrar su vigésimo aniversario.

El Concierto 2, para violonchelo – recogido aquí en su segunda versión, con orquesta de cuerdas –, es una obra de trascendental importancia en la trayectoria de Jesús Villa-Rojo. Data de 1983, y en ella quedan ya definidos los principios estéticos y las constantes estilísticas que marcarán toda su producción ulterior, hasta hoy mismo. Consta de tres movimientos y la relación solista/orquesta es la de sendos todos autónomos y complementarios con altas dosis de virtuosismo instrumental. No debe entenderse sin embargo esta cualidad como medio de exhibición de las cualidades del primer atril, sino como la explotación hasta las últimas consecuencias de una materia musical inseparable del instrumento. Esa materia ciento por ciento violonchelística es pues la que guía implacablemente, como una brújula, el discurso sonoro de principio a fin, y guarda en sus fondos un contenido expresivo que es el que Villa-Rojo ha querido rescatar. De indudable tensión dramática, honda y sorda –como si en la partitura convivieran la música que explícitamente suena y otra más profunda, que no llega a oírse pero que se siente–, de ella no se deduce una voluntad expresiva prevista por parte del compositor, sino la voluntad de que la música se exprese a sí misma.

Carlos Villasol

 


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