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8.570553 - ALBÉNIZ, I.: Piano Music, Vol. 2 (González) - Recuerdos de viaje / Espagne / Azulejos / La Vega / Navarra
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Isaac Albéniz (1860-1909)
Música para piano • 2

 

En la tarde del 25 de abril de 1889, más de trescientas personas se precipitan por la rue du Mail hacia la Salle Érard para escuchar a un pianista español, que –dicen los amateurs– interpreta Scarlatti de manera prodigiosa y toca piezas suyas muy características: Isaac Albéniz busca su consagración en París. Todavía con el eco de las ovaciones de ésta y otras dos sesiones musicales, una carpeta repleta de periódicos con elogiosas líneas y alguna que otra proposición editorial, el pianista y su esposa toman el tren en la estación de Saint-Lazare, dirección Londres. Prosigue así su gira europea, que tiene en ese mismo verano nueva parada en la capital francesa, esta vez para visitar la fastuosa Exposición Universal que conmemora el centenario de la Revolución Francesa. En la más pura tradición de los virtuosos del siglo XIX y en el apogeo de su carrera como pianista, Albéniz empieza además a despuntar en el contexto internacional con algunas piezas de su propia composición. Nómada por vocación y convencido de que su porvenir se halla en el extranjero, Albéniz y su familia se instalan primero en Londres (donde desarrolla algunos proyectos escénicos) y luego se trasladan a vivir a París.

La capital francesa era por entonces el mayor centro de experimentación del arte. Todo sucedía en la ville lumière: exposiciones, conciertos, cabarets, tertulias, bohemia y bajos fondos…; la ciudad actuaba como un verdadero imán para artistas del mundo entero que, con el contacto, se contagiaban mutuamente de ideas, vitalidad y dinamismo. El público parisino, después de haber acogido lo mejor del romanticismo, había sucumbido a ciertos de sus aspectos fáciles y pintorescos. Estaba prendado de un arte llamado “español” sinónimo de emociones fuertes y acentos apasionados. Era una España exótica vista con ojos de turista, en la que paradójicamente los compositores locales poco decidían. Se necesitaba una voluntad férrea para no aprovecharse de los éxitos fáciles y mucho juicio para liberarse de la moda, para evitar el escollo de la comercialización. Esto pedía a la vez seriedad, profundidad, cierta ética y por supuesto un gran talento musical.

Isaac Albéniz se encuentra instalado en París a mediados de 1894, año decisivo para la música francesa: se funda la Schola Cantorum y se estrena L’après midi d’un faune de Debussy. Con ello está a punto de inaugurarse una intensa controversia que divide el panorama musical francés. Albéniz frecuenta la Schola Cantorum como estudiante y como profesor (tiene a su cargo la clase superior de piano), y traba amistad con los scholistas mas acérrimos, Vincent d’Indy y Charles Bordes. Atento a las novedades musicales, asiste regularmente a los conciertos de la Société Nationale y es uno de los pocos compositores no franceses que consigue presentar allí obras suyas. Recibe consejos de D’Indy y de Paul Dukas, de quienes admira su arte arquitectónico y severo. Se entusiasma también por la música de los rusos, tan vigente en el París del cambio de siglo, y por la música de Debussy (ambos artistas sin ser muy próximos se profesaban mutua admiración). Inaugurado el siglo XX, Albéniz empieza a sentirse algo encorsetado por el dogmatismo y tradicionalismo de la Schola, y gracias a sus estancias prolongadas en Niza, Barcelona y Madrid toma algo de distancia. A la vez, se intensifica su amistad con Gabriel Fauré, entonces recién nombrado director del Conservatorio. Su personalidad extrovertida, bromista y generosa facilitó su rápida inserción en los medios musicales franceses. Era además un artista con una amplia y ecléctica cultura que fascinaba donde fuera. Así, los salones aristocráticos y artísticos de París, en los se presentan las nuevas primicias musicales y literarias (los salones de Mme de Saint-Marceaux y Mme Chausson, el de la princesa de Polignac y Lerolle…), acogen con calor a Albéniz y a sus creaciones.

A excepción de Recuerdos de viaje, todas las obras que se ofrecen en este CD fueron compuestas en su etapa parisina, la de su madurez, que comprende desde su instalación en París hasta su muerte acaecida en 1909 (sin llegar a cumplir los 49 años). En esta última etapa de su vida, abandona progresivamente su carrera de pianista y se consagra por completo a la composición. Sufre una crisis estética: sus primeras producciones le parecen demasiado accesibles y simples, aunque su vocación sigue siendo claramente andaluza. Salvo alguna rara excepción, sus melodías son originales. No las toma prestadas del folklore, pero consigue “crear” con ellas atmósferas y sentimientos muy cercanos al pueblo: “no utiliza los temas populares –explica Debussy– si no es como alguien que los ha bebido, escuchado, hasta hacerlos pasar en la música sin que nadie pueda percibir la línea de demarcación”; tanto es así que, de hecho, muchos de sus cantos han llegado después a formar parte del imaginario popular español, lo ha retroalimentado. Pero Albéniz también bebe en los estímulos musicales que le ofrece París, que incorpora con toda naturalidad a su ya personal lenguaje nacionalista. Siempre a la búsqueda de sonoridades nuevas, sus obras evocan también las sutilezas armónicas impresionistas y las sólidas construcciones polifónicas de la Schola. El piano de Albéniz suena distinto e irrepetible. Su sonoridad, a la vez intensa y amortiguada, percuciente y aterciopelada, conlleva una gran paleta de colores, que consigue a través de la agregación de notas (lo que Vladimir Jankélevitch llama “acordes en forma de racimo de uva”), de la superposición de diversos planos sonoros de los que salen inolvidables motivos melódicos o rítmicos. Su escritura juega con los equívocos tonales, con armonías inesperadas; alterna continuamente modos mayores y menores, con predilección por las alteraciones bemoles.

El pianismo de Albéniz es audaz, profana tabúes académicos, experimenta… y somete a sus intérpretes a una dura prueba. Es justamente al abandonar su propia carrera como virtuoso, cuando dota a sus nuevas composiciones de dificultades técnicas extremas. A pesar de lo que han afirmado algunos de sus detractores, éstas son raramente gratuitas y van parejas a una obsesiva búsqueda de sonoridades y colores, que pasa por una diversidad de ataque inusitada. En esta etapa, Albéniz confía sus estrenos a pianistas con los que siente afinidad. Desarrollan juntos inagotables y fructíferas complicidades estéticas y creadoras. La que fue su portavoz en Francia, Blanche Selva, se queja amigablemente; las obras de Albéniz –bromea Selva– “piden a gritos un piano con dos teclados”. Autor e intérprete pasan largos momentos conversando y trabajando. Con sus dedicatorias – no meramente honoríficas – Albéniz rinde sincero homenaje a sus intérpretes.

Según indica Jacinto Torres en su meticuloso catálogo, en febrero de 1897 el compositor concluye la segunda versión para piano de La Vega, primer y único número de lo que habría sido una suite orquestal The Alhambra. Esta obra funciona como bisagra entre los dos estilos nacionalistas de Albéniz y deja entrever algunas de las innovaciones que presagian Iberia. El título nos traslada a un paisaje mítico, el que fuera un llano fértil en las afueras de Granada. Está dedicada al pianista portugués José Vianna da Motta, encargado de su estreno en la Société Nationale (21 enero 1899). La obra se recibió en un primer momento con bastante indiferencia (hecho, por otra parte, nada excepcional en el centro de palestra que era París): “Albéniz, compositor español ciertamente dotado, pero que comete el error de perderse durante más de un cuarto de hora en complicaciones armónicas y acordes disonantes que dieron a los dedos de M. Vianna da Motta la ilusión de un gato corriendo sobre el teclado” (Le Monde Musical, 20 enero de 1899). Esta composición ha sido a menudo comparada con Islamey, obra del ruso Balakirev que tiene clara ascendencia lisztiana. La temática evoca a una España lejana, y a la vez presente con secciones de una polifonía muy intrincada.

Albéniz dejó dos obras para piano inacabadas, Azulejos y Navarra. Empezó a componer el preludio a una colección que titularía Azulejos el mismo año de su muerte (1909). Gravemente enfermo y retirado en el balneario pirenaico de Cambo-les-Bains, recibió la visita de su entrañable amigo Enrique Granados, quien meses después completaría el manuscrito original que la viuda le había remitido; Granados la presentó al público parisino en su recital de la sala Pleyel, el 1 de abril de 1911. La obra está dedicada a un alumno del círculo íntimo de Albéniz, Carlos de Castéra, quien –según Henri Collet– sugirió el título a Albéniz.

Otra amiga, la pianista Marguerite Long recibe la dedicatoria de la segunda obra póstuma, Navarra, que terminó Déodat de Séverac (alumno y próximo a Albéniz). Previamente destinada a Iberia, Albéniz decide no incluirla, porque -según confía a Joaquín Malats- su estilo “tan descaradamente populachero” no convenía a la suite. Blanche Selva la tocó en la Société Nationale el 27 de enero de 1912.

Espagne (Souvenirs) se escribió probablemente en 1897 (el mismo año que La Vega). Las dos piezas que componen esta suite son los dos únicos vestigios de un proyecto mucho más ambicioso (cómo tantos que Albéniz dejó inacabados). El Prélude, dedicado a Carmen Sert, es considerado por algunos como una de las páginas más emotivas de Albéniz, que comunica una nostalgia y tristezas punzantes Asimismo presentada en la Société Nationale (1905), tuvo gran éxito y fue a la muerte de Albéniz una de las piezas destacadas en una clasificación de obras para piano que publicaba Le monde musical.

En su tiempo, gozaron también de una extensa difusión (sobretodo en rollos para pianola) algunos números de los Recuerdos de viaje. Es una colección miscelánea a modo de tarjetas postales, que integra piezas escritas en lugares y momentos distintos. Las estrenó en 1887 (cuando tenía 25 años) en el salón Romero de Madrid. Son obras de claro pretexto hispano, que siguen la tradición romántica: se observa ya su gran facilidad melódica y su instinto tonal (sin los desarrollos contrapuntísticos de los últimos años). Utiliza una variedad de ritmos populares, que combina con un profundo conocimiento de la historia de la literatura pianística (Mendelssohn, Chopin), cuyas reminiscencias son claramente perceptibles en algunos números Está compuesta por dos barcarolas (En el mar y Leyenda-Barcarola), una Alborada de melodía simple, una granadina (En la Alhambra), el bolero que lleva el nombre de Puerta de tierra (monumento que da entrada desde el mar a la ciudad de Cádiz), una malagueña (Rumores de caleta) y un vals (En la playa).

Albéniz siempre seduce por una hispanidad muy propia: el Albéniz de Recuerdos de viaje canta a unos lugares y unas gentes cercanos, vívidos (si acaso en algún momento, con cierta visión de viajero); el Albéniz parisino canta a una España desde la distancia, nostálgica, interiorizada y profunda. No contento con introducir la música española en las corrientes internacionales, crea además obras maestras que nunca han dejado de integrar el repertorio pianístico. Mientras una parte de su producción es conocida sobradamente, otras obras han permanecido ocultas en un segundo plano. Es deseo de esta grabación de Guillermo González contribuir a remediarlo.

Montserrat Bergadá

 


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