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8.572139 - PALOMO, L.: My Secluded Garden / Madrigal and 5 Sephardic Songs / Concierto de Cienfuegos (Bayo, P. Romero, Romero Guitar Quartet, Fruhbeck de Burgos)
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Lorenzo Palomo

Mi jardín solitario

 

De 1977 a 1981 viví con mi familia cinco años en San Diego, California. Entre otras obras, allí compuse, por encargo de Montserrat Caballé, mi ciclo de canciones Del atardecer al alba o Recuerdos de juventud que más tarde la diva catalana cantaría en las salas más prestigiosas del mundo, incluido su estreno en el Carnegie Hall de Nueva York.

Nunca he creído que los lugares puedan tener influencia en la inspiración del compositor. La fuente de creatividad la lleva el artista consigo y ésta se manifiesta fuere donde fuere. Estas canciones, por tanto, las pude haber compuesto en otro lugar del universo. Sin embargo, me he preguntado muchas veces qué azar del destino me llevó de su mano a residir esos años en California. La respuesta la he tenido siempre clara: Estaba escrito que yo debía conocer a Celedonio Romero y su familia, el ya legendario Cuarteto de Guitarras formado por Celedonio, Celin, Pepe y Angel Romero. A ellos les debo mi conocimiento y pasión por la guitarra, para ellos compuse mis Nocturnos de Andalucía para guitarra y orquesta y en memoria de Celedonio escribí mi concierto para cuatro guitarras y orquesta Concierto de Cienfuegos, ciudad de Cuba donde él naciera.

Aparte de ser el gran maestro de la guitarra que era, Celedonio disfrutaba inmensamente con su faceta de poeta. Escribía poemas con enorme facilidad. Sencillos de factura, de talante casi popular, con profundo mensaje e intensa filosofía. A veces describía sencillamente lo que se ponía ante sus ojos o simplemente pensamientos de la vida cotidiana.

Celedonio disfrutaba leyéndonos o recitándonos sus poemas en nuestras veladas inolvidables. Antes de fallecer, Celedonio editó un librito con una buena colección de estos poemas. En el ejemplar que me dedicó dice: “…para que pongas tu magnífica música sobre algunos de estos poemas y así tendrán más valor…”

Este fué el origen de Mi jardín solitario que he dedicado a la memoria de Angelita, la esposa de Celedonio, que fué sin duda la fuente de inspiración de la mayoría de sus poemas.

Me faltan palabras para describir la emoción y el cariño profundo con que he compuesto estas canciones, en las que he procurado mantener intacto el estilo profundamente genuino y auténtico y a la vez sencillo de los poemas que las han inspirado.

Lorenzo Palomo

 

Madrigal y Cinco canciones sefardíes

A la notable directora de escena, preparadora teatral y brillante intérprete, Janet Bookspan.

Al componer Madrigal y Cinco canciones sefardíes procuré ante todo mantener su encanto, su sencillez y su carácter popular. Los madrigales, en su origen, eran pequeñas composiciones corales de los siglos XVI y XVII. Son canciones amorosas o de pastores. Las canciones sefardíes son las melodías que la música judía dejó como herencia en España. Cautiva especialmente su enorme sencillez. El tema es siempre el amor, el dolor del amor no correspondido, el relato del amor joven o la canción de cuna. Todas estas canciones irradian candidez y ternura.

Madrigal y Cinco canciones sefardíes fue estrenada, en su versión para voz y arpa, por Ofelia Sala (soprano) y Maria Smirnova (arpa) en la Deutsche Oper Berlin el 4 de octubre de 2004.

Lorenzo Palomo

 

Concierto de Cienfuegos para cuarto guitarras y orquesta

I. “Noche, lago de mil fantasías”
Con ritmo de bulerías bailan los duendecillos por las callejuellas en la embrujada noche andaluza. Sonrisas de estrellas iluminan la bóveda celeste como un inmenso lago de mil fantasías.

II. “Canto a la noche—Arrullos”
En la noche plácida se escucha un tema lírico y subyugante. El mar y las estrellas se besan, se acarician, se arrullan…se adormecen con cadencias de un ritmo lento y tropical de habanera.

III. “Las dos orillas”
Cienfuegos no duerme. La noche se engalana con la exuberancia y belleza sensual de los ritmos que surgen del Caribe. Bongos y congas suenan con frenesí hasta llegar la aurora.

La partitura fue trabajada básicamente a lo largo del año 2000, pero aparece rubricada en Berlín en abril de 2001. Se estrenó en el Teatro de la Real Maestranza de Sevilla en doble jornada, los días 14 y 15 de junio de dicho año, por el Cuarteto Los Romero—integrado por Pepe, Celino, Lito y Celin Romero—y la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla dirigida por Rafael Frühbeck de Burgos. La obra está dedicada por el compositor cordobés “a la memoria de mi querido amigo, el eminente maestro de guitarra Celedonio Romero”, y este propósito de cordial homenaje póstumo motiva el título y la sustancia musical de este Concierto de Cienfuegos, pues, como el propio Palomo ha explicado: “Celedonio Romero fue, junto con Andrés Segovia, uno de los grandes embajadores de la guitarra española fuera de España. Su familia provenía de Málaga, pero el destino quiso que Celedonio naciera en Cienfuegos (Cuba). Este hecho enriqueció doblemente su fantasía, su creatividad y su alma de artista. He compuesto el Concierto de Cienfuegos para honrar la memoria de mi querido amigo Celedonio Romero con el nombre de la ciudad donde él nació y (…) al propio tiempo también mi especial propósito al componerlo ha sido el de unir en una misma obra las dos culturas de los mundos que Celedonio aunaba: Andalucía y Cuba.”

Aunque de curso libre y fantasioso, el nuevo concierto guitarrístico de Lorenzo Palomo—en esta ocasión para cuatro guitarras—en honor de Los Romero—evoca la forma clásica del concierto en tres movimientos. El primero se titula Noche, lago de mil fantasías (Allegretto) y, siguiendo la tendencia “poemática” del compositor, quien concibe la música como una especie de imaginería sonora, la página pretende evocar un baile de “duendecillos por las callejuelas en la embrujada noche andaluza”. Iniciada por las guitarras a solo, arpa y celesta proporcionan una delicada y “natural” transición desde las guitarras a la orquesta, todo ello en un envolvente aire de bulerías. El cuarteto solista propondrá un segundo bloque temático, en ambiente rítmico y sonoro que no busca contrastes marcados con el primero. La vuelta a éste con las guitarras, para completar la forma cíclica, preludia el hermoso canto del tema principal por las cuerdas de la orquesta. Un cierto sentido repetitivo coadyuva a la creación del deseado clima encantatorio. El movimiento se disuelve en una coda delicadísima, evanescente.

El segundo tiempo es un Canto a la noche—Arrullos (Calmo) y, en él, al decir del autor “el mar y las estrellas se besan, se acarician, se arrullan…se adormecen con cadencias de un ritmo lento y tropical de habanera”. Armónicos del arpa y violines con sordina crean el lecho sonoro y el ambiente de nocturno de esta página en la que enseguida se destaca el amplio y bello canto melódico de la flauta, “un tema lírico y subyugante” que pronto haran suyo los violines. Hasta este momento, las guitarras han sido “toque de color”, pero enseguida quedan solas para reelaborar a su aire el material y conducir a la música hacia una sección pocco più mosso: el ambiente se ha iluminado y el cuarteto solista y la orquesta se alternan en su diálogo: no entra Lorenzo Palomo en la partida (que se pierde seguro) de confrontar la voz pequeña (“lejana“, decía el maestro Segovia) de la guitarra (aunque sean cuatro) con la grande (y “presente”) de la orquesta. Sigue una sección Calmo, a modo de cadencia del cuarteto solista, de la que se sale con una copla de aire albeniciano a la que acaba por sumarse la orquesta cantando anchamente hasta “perderse”.

Si las bulerías del primer tiempo eran Andalucía y la mecida métrica de la habanera—aire popular de los llamados “de ida y vuelta”—constituía, en el segundo, una hermandad entre aquí y allá, el Concierto de Cienfuegos viene a cerrarse con impetuoso despliegue rítmico, de sabor caribeño: late la América hispana. Este Allegretto con anima se titula Las dos orillas y así lo presenta el compositor: “Cienfuegos no duerme. La noche se engalana con la exuberancia y belleza sensual de los ritmos que surgen del Caribe. Bongos y congas suenan con frenesí hasta llegar la aurora”. Un compás de cinco pulsos sirve para el brillante y colorista despliegue de ritmos, sones y coloridos orquestales con que la composición llega a su fin.


José Luis García del Busto


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