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8.572195 - CHAPI, R.: Symphony in D Minor / Fantasia morisca (Madrid Community Orchestra, Encinar)
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Ruperto Chapí (1851–1909)
Fantasía morisca • Sinfonía en re menor

 

Ruperto Chapí desarrolló su actividad creativa durante el último tercio del siglo XIX. Compaginó su faceta de compositor con la de director de banda y orquesta e intervino en la creación de la Sociedad de Autores Españoles. Tuvo una gran repercusión como autor de zarzuela grande, la inventada a mediados del siglo XIX bajo el impulso de autores como Barbieri y Arrieta, fue un importante compositor, junto a Fernández Caballero, Chueca y Giménez, de títulos que alimentaron el teatro por horas, el llamado género chico. También fue decisiva su apuesta por la ópera española, con títulos como Roger de flor y Margarita la tornera, por la música de cámara, dejando cuatro cuartetos escritos al final de su vida, y aunque no sea lo más significativo de su extenso catálogo, también se ocupó de la música sinfónica. Aquí está este disco con la Fantasía morisca y la Sinfonía en re menor, dos obras de juventud para recordar al Chapí sinfónico, en el año en el que se cumple el centenario de su muerte.

Chapí llega a Madrid en 1867. La ciudad era un destino obligado para todos los músicos de su generación. Aquí compaginó sus estudios en el Conservatorio con el trabajo como músico mayor del ejército, en donde se le encomendó la organización de la Banda de Artillería, escribiendo y adaptando obras para la misma. Con motivo del concurso convocado por el Fomento de las Artes en 1873, escribe la Fantasía morisca para banda. Con el nombre, según el manuscrito original, de La Corte de Granada, la Fantasía morisca para música militar se organiza en forma de suite. Obtendrá su definitiva versión para orquesta en 1879, siendo estrenada por la Unión Artístico Musical fundada por el empresario Felipe Ducazcal bajo la dirección de Tomás Bretón. Conoció diferentes variantes, con versiones para piano, guitarra y sexteto, así como una gran difusión, siendo interpretada por las dos formaciones madrileñas, la Unión Artístico Musical y la Sociedad de Conciertos.

La Fantasía morisca, estudiada por el biógrafo de Chapí, Luis G. Iberni, se estructura en cuatro movimientos: el primero, “Introducción. A Granada”, incluye una primera parte de carácter elegante, noble y tranquilo a la que sigue una “marcha del torneo”, más inmediata y vivaz. “Meditación”, la segunda parte constituye una página corta, llena de poesía y carácter, con giros originales. La “Serenata”, el movimiento que obtuvo un mayor éxito en su época tiene ritmos incisivos sobre los cuales juguetean dos melodías, una en menor en la primera parte y otra en mayor en la segunda, con imitaciones efectistas. El “Final” vuelve sobre la idea de la “Marcha al torneo” concluyendo con un crescendo de gran eficacia.

Hay que tener en cuenta que entre la primera versión de la Fantasía morisca para banda y la segunda para orquesta han pasado seis años, durante los cuales Chapí está pensionado en la Academia Española de Bellas Artes de Roma y en París, donde conoce las obras de Saint-Saëns, Bizet y Massenet, que influirán decisivamente en su manera de tratar la orquesta. De ahí que la segunda versión se integre en lo que se denomina suite característica o pintoresca, tal y como señala Iberni, una especie de híbrido a caballo entre el poema sinfónico, según el modelo de Berlioz-Liszt, y la suite de mayor libertad, especialmente en el tratamiento de los motivos. La obra fue una interesante aportación al escaso repertorio sinfónico español del momento.

Por otra parte el título de la Fantasía morisca hace referencia al interés por el pasado y el exotismo que constituye una nueva corriente intelectual en la cultura romántica europea desde mitad de siglo, con posterioridad a las revoluciones europeas. Andalucía y dentro de ella Granada y su Alhambra, proporcionará una imagen que se difundirá a lo largo del siglo XIX como puerta al orientalismo, recurso para una nueva práctica artística que generará gran cantidad de obras literarias, arquitectónicas, pictóricas y musicales. La Alhambra granadina se constituyó en una cita obligada para muchos escritores y compositores europeos de la época. Encerraba una tradición cultural rica y desconocida, misteriosa y orientalista. Alrededor de este edificio se fue creando una estética que se denominó alhambrismo. La cadencia andaluza, el intervalo de segunda aumentada, la melodía melismática son algunas de las características de esta música a la que Chapí se acerca con la Fantasía morisca y que años más tarde, en 1889, culminará con la famosa leyenda musical Los gnomos de la Alhambra.

Chapí estudió composición con Emilio Arrieta en el Conservatorio de Madrid, y en 1872 ganó el primer premio de la asignatura. También Arrieta está detrás de la creación de la Academia Española de Bellas Artes de Roma inaugurada en 1874 y a la que Chapí acude de inmediato. Entre los trabajos que debía de entregar en el tercer año de pensionado, de acuerdo con las bases establecidas, se encontraba una sinfonía. Chapí compuso la obra y la tituló Sinfonía en re menor. En el manuscrito autógrafo conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid, el comienzo de la obra está datado en “París y febrero de 1877”, y en marzo de ese mismo año los movimientos restantes. Ante el estreno madrileño de la obra, Chapí reelabora la obra, siguiendo probablemente el consejo de Arrieta. El estreno tiene lugar el 30 de marzo de 1879, en el madrileño Teatro y Circo del Príncipe Alfonso, dentro de la programación de la Sociedad de Conciertos, cuya orquesta dirige Mariano Vázquez. La Sociedad había sido creada en 1866 por Barbieri, agitador de la vida musical madrileña, para dar a conocer obras sinfónicas de autores extranjeros, pero también con el firme propósito de estimular a los compositores españoles a escribir obras orquestales, en un ambiente en el que predominaba el teatro lírico y especialmente la zarzuela.

La Sinfonía en re menor es un ejemplo de trabajo orquestal clásico, una demostración de las enseñanzas que Chapí había recibido en Roma mientras analizaba las sinfonías de Haydn, Mozart, Beethoven y Mendelssohn. En España, la tradición sinfónica era escasa, se habían entrenado las cuatro primeras sinfonías del compositor mallorquín Miguel Marqués y la primera de Tomás Bretón, es decir que la composición orquestal española se debatía entre el academicismo y el pintoresquismo del que forma parte la Fantasía morisca. En su Sinfonía, Chapí maneja una orquesta con maderas a dos, cuatro trompas, dos clarines, dos cornetines, tres trombones, figle (instrumento importado de las bandas y que desaparecería avanzado el siglo XIX al ser sustituido por la tuba), timbales y cuerda al completo. Es una obra de gran duración que sigue el modelo formal clásico con una estructura de cuatro movimientos.

Tal y como señala Ramón Sobrino autor de la edición crítica de la obra, el primer movimiento, “Adagio-Allegro appasionato”, se atiene a la forma sonata. Destaca por la “utilización sistemática del acorde de séptima disminuida”, dice Iberni, un elemento característico de la música de Chapí pero que todavía es usado con contención en la Fantasía morisca. En la época se resaltó el comienzo con “una melodía patética, que se resuelve en combinaciones orquestales hechas por los procedimientos beethoveniano” (E. M. en Crónica de la Música). El segundo tiempo “Andante con moto, molto espressivo”, se basa en la recapitulación de dos materiales temáticos. E.M. señaló que empieza con una bellísima melodía pastoril; después tiene unas magníficas frases de marcha en el metal; enseguida una melodía italiana, desarrollada con gran amplitud en los violines; y por último se repiten las frases de marcha como prólogo de un pleno de orquesta de grandísima sonoridad y magnífico efecto, que termina apagándose gradualmente. Este segundo movimiento fue el más aplaudido por el público el día del estreno de acuerdo con la costumbre de la época que admitía el aplauso entre los tiempos.

El tercer movimiento, “Scherzo”, incluye la indicación de “presto” y su correspondiente trío. Aquí, según Iberni, la referencia es el Beethoven de la Séptima sinfonía y su tercer movimiento, aunque el tratamiento orquestal es, sin duda, de mayor amplitud. El día del estreno se le reconoció “muy original, alegre, animado y expresivo”. El “Final”, “Molto allegro e vivace”, está basado en una forma rondó sonata, con pequeñas variantes. Destaca la influencia beethoveniana y “contiene verdaderos prodigios de instrumentación; es el menos clásico, el más espontáneo, el más digno de un artista moderno”.

Aunque el planteamiento general de Chapí fuera académico, la obra es más que un mero trabajo de estudiante, revelando un notable conocimiento del material sinfónico y, sobre todo, un buen dominio de la orquestación. Es la única sinfonía escrita por Ruperto Chapí, una esperanza truncada pues como señaló el crítico Peña y Goñi, encantado con la unidad de estilo mantenido en todos los movimientos, es un prometedor trabajo de un joven compositor, notable por “su riqueza armónica, la variedad admirable de timbres, los motivos llenos en general de grandeza y, además, originales, y la inteligencia segura de los efectos instrumentales.”

Concha Gómez Marco


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