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8.572682 - TURINA, J.: Piano Music, Vol. 8 (Maso) - Jardines de Andalucia / El barrio de Santa Cruz / En el cortijo
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Joaquín Turina (1882–1949)
Jardins d’Andalousie • Le Quartier de Santa Cruz • Las musas de Andalucía • En el cortijo

 

Andalucía siempre ha sido referencia y punto de inspiración en la música española. También en las composiciones de creadores extranjeros que utilizaron lo andaluz como sinécdoque musical de España. Turina, sevillano de pura cepa, más que mirar a su tierra y al rico folclore de la misma, la transpira en su música pintoresca y bien arraigada en la entraña popular. La recrea con fantasía y esa soltura inconfundible que desprende en tantas obras. Si Falla reivindica el “folclore imaginario”, Turina se muestra más pegado a la realidad de la letra y la coma, con un modo de componer que, más que recrear, es.

La suite Jardins d’Andalousie (Jardines de Andalucía) data de 1924, y se estrenó en Málaga, en el curso de un recital que Turina ofrece en la Sociedad Filarmónica de esta capital andaluza el 26 de noviembre de ese mismo año. Se trata de un nuevo homenaje, desde la distancia, a su siempre querida tierra natal. El primer número, La muse de Séville (La musa de Sevilla), se inicia con una lenta introducción de aromas debussystas que pronto da paso a una “expresiva” y “misteriosa” melodía de profundo aroma popular. Au jardin des Capucins (En el Jardín de Capuchinos) recoge el conocido ritmo de seguidilla. Su movida cadencia encierra un interesante diseño en el registro grave que progresivamente enriquece su textura y brillantez: es la manera sutil con que Turina simboliza ese amanecer al que hace referencia en la leyenda que subtitula el fragmento: “Las rosas del jardín toman luz y colores al amanecer”.

Aux jardins de l’Alcázar (En los jardines del Alcázar) la evocación se basa, como anota el compositor, “en escenas galantes de otros tiempos”. Tras una lenta introducción de corte impresionista, irrumpe un pomposo aire de gavota, que Turina trufa con su característico sabor andaluz a través de un desgarrado cante que se erige como uno de sus más logrados y hermosos recitativos. La suite culmina con el número titulado Dans le parc (En el parque). Es un fragmento descriptivo y de contagiosa brillantez, donde las sevillanas imponen su ley en una fiesta sonora aderezada por el onomatopéyico canto de los pájaros.

Apenas unos meses separan la composición de Jardins d’Andalousie de las “variaciones rítmicas” Le Quartier de Santa Cruz (El barrio de Santa Cruz), compuestas entre el 8 de enero y el 20 de febrero de 1925. Aquí Turina centra su inspiración en un único y preciso lugar: el pintoresco y sevillanísimo barrio en cuyas inmediaciones nació. La proximidad entre ambas obras es también estilística. Una y otra están imbuidas del mismo vigor, de los mismos ritmos populares y de idéntica raíz. Las dos surgieron de un mismo proyecto, como se desprende de la tarjeta postal que el 9 de abril de 1924 remite el compositor a su esposa, en la que le comenta: “La idea de que te hablaba ayer es hacer, con el título gene ral de Impresiones de Sevilla, dos partes: I. Los jardines. II. El barrio de Santa Cruz. ¿Qué te parece?”. Luego, ante el cúmulo de temas e ideas, decidió fraccionar el proyecto en las dos obras que figuran en este cedé.

Le Quartier de Santa Cruz es de las composiciones más extensas de cuantas Turina destinó al piano. Consta de una hilvanada serie de siete variaciones precedidas por el tema en que éstas se basan. El tema, que Turina denomina “Jardins et ruelles” (Jardines y callejuelas) se basa en un complejo motivo rítmico, que parece reflejar la laberíntica configuración del barrio sevillano. El ritmo sincopado, vivo y en 3/4 de la primera variación, Sérénade (Serenata), sugiere el de los Valses nobles et sentimentales de Ravel, estrenados en mayo de 1911. La segunda se titula Dialogue à la fenêtre (Diálogo en la ventana), pero el compositor anota entre paréntesis, tras las sugestivas palabras en francés, la expresión castiza “Pelando la pava”. Turina funde aquí la españolísima ambivalencia de los ritmos binarios y ternarios (2/4 y 6/8) en un logrado intento de subrayar con sutil psicología musical la presencia de los dos protagonistas que “pelan la pava” ante la barrera infranqueable de la reja de la ventana.

La tercera variación, L’autre (El otro), introduce un tercer personaje, quizá para completar el inevitable trío amoroso, lo que, naturalmente, desemboca en la siguiente variación, Le Duel (El desafío). Tras la quinta y sexta variaciones, un sereno, suave y aéreo episodio, L’aube (El amanecer), apenas interrumpido por los sonoros acordes finales, cierra la obra, estrenada—como no podía ser de otra manera—en Sevilla, el 6 de marzo de 1925, en el desaparecido Teatro San Fernando, con el compositor al piano.

Muy posterior es el ciclo Las musas de Andalucía, cuyos nueve números datan de 1942, cuando el compositor sumaba 60 años. Fue concebido para una formación variable que agrupa canto, piano y cuarteto de cuerda. Se trata de una de sus colecciones más singulares y ambiciosas, en la que vierte una curiosa traslación de la mitología griega al universo andaluz. Nada mejor que las propias palabras del compositor, enunciadas la misma noche del estreno, el 28 de diciembre de 1944, para explicar la entraña de tan grecoandaluz ciclo: “Parece extraño, a primera vista”, señala Turina, “el traslado de las musas griegas a tierra española. No es, sin embargo, el primer viaje que han hecho. He querido vestirlas, por esta vez, con trajes andaluces. He intentado darles un sentido interpretativo muy amplio, más un matiz sonoro variado, en cuanto se refiere a timbres y combinaciones sonoras para evitar, en lo posible, la monotonía”. Tres son los fragmentos destinados exclusivamente al teclado: el primero (Clío), el séptimo (Urania) y el octavo (Terpsícore).

La composición de En el cortijo (Impresiones andaluzas) se inicia en abril de 1936. Sin embargo, como consecuencia de la Guerra Civil española, Turina interrumpe durante la misma cualquier labor creativa. Reanuda el trabajo el 12 junio de 1939, recién concluida la incivil guerra. Finalmente, sus cuatro páginas quedan ultimadas el 17 de enero de 1940. Dos años después, el 2 de febrero de 1942, el ciclo es dado a conocer por el pianista gaditano José Cubiles en Madrid, en el curso de un recital celebrado en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Sus cuatro movimientos alternan episodios lentos y vivos. Abundan, como siempre, las alusiones directas a los ritmos andaluces, aderezados con un virtuosismo que delata el saber pianístico de Turina. El primer número, La noche en el campo, transcurre en un ambiente misterioso y emotivo. Los reiterados glissandi y trinos son detalles de la despejada noche cortijera. Entre ellos, evoluciona una ancha melodía de bien armonizados acordes. Como contraste, A la sombra del caserío es un risueño y pegadizo pasaje, mientras que Horizontes y llanuras transcurre en una atmósfera lenta y nebulosa. La admirable delicadeza de los compases iniciales parece mirar a La cathédrale engloutie, el conocido preludio de Debussy. Tan sutil página es sucedida, sin solución de continuidad, por el brillante Caballistas, un desenfadado “Allegro vivo” que cierra la suite y en el que el oyente reconocerá el ágil galopar de los equinos sobre el seco campo andaluz.


© Justo Romero


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