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Javier Extremera
Ritmo, May 2012

CELIBIDACHE, Sergiu: You Don't Do Anything – You Let It Evolve (Film, 1992) (NTSC) 101365
BRUCKNER, A.: Symphony No. 9 (rehearsal) (Munich Philharmonic, Celibidache) (1991) (NTSC) 101555

Hay gente que nunca debería morir. O al menos que cuando se esfumaran tuviéramos la oportunidad de congelar un cachito de su irremplazable genio y—de vez en cuando—descongelarlo para asombro de las generaciones que le sucedieron. Un 28 de junio de 1912 regalaba Sergiu Celibidache—a otro rendido auditorio deseoso de escucharle—sus primeros sonidos en forma de llanto. Curiosamente el mismo año en que el Dios de la música puso sobre la vieja Europa a otros hermanos de leche directoral como son los Solti, Markevitch, Leinsdorf, Sanderling, Wand o Végh, gigantes de un oficio reservado a los espíritus más mimados por el destino. Lo extraordinario triunfará sobre lo ordinario, lo divino sobre lo humano y el estudio vencerá a la lectura.

De sangre rumana y alma alemana, Celibidache estaría condenado a llevar una vida errante en pos de la esencia musical, siempre intentando descifrar el jeroglífico más inexpugnable escondido en el último rincón de la partitura. Él fue el poema final de toda una época irrepetible que convirtió la dirección orquestal en un acto de prestidigitación, en un ritual místico, en una experiencia inenarrable de ensoñación. Con su escarchada apariencia estaría llamado a dinamitar el término “técnica”, vistiendo al sonido con un disfraz de sólidos hilos, bien palpables, que convertían la oreja en mano con la que poder asir la música (como si las ondas sonoras se pudieran untar en pan). En sus ejecuciones—donde el oído entra en trance—el “aire sonoro” llegaba a solidificarse en el espacio, desperdigando partículas a su paso, que luego se evaporaban y terminaban cristalizadas entre las butacas del auditorio, mientras el elástico tempo se apretaba con un nudo corredizo alrededor de la batuta. Ironías de la vida, su alergia a los estudios de grabación provocó un aluvión de registros en vivo donde defendía sus teorías y fórmulas más propias de un hechicero, que 16 años después de su enterramiento siguen más vivas e inescrutables que nunca, sin vislumbrar aún heredero para su trono, pues resulta imposible copiar lo “incopiable”. Con él se nos fue todo un mundo.

Su matrimonio con la Filarmónica muniquesa (su única esposa declarada con la que convivió 17 años) tomó aires mitificadores, transfigurándola en moldeable juguete de gigantismo y calado, solamente acariciado entonces por la de Chicago de Solti o la de Viena de Bernstein. Con ellos cada concierto era una nueva y pasional noche de bodas. La orientalización de sus maneras, gestos y conceptos llegó a medida que cumplía años, acercando su visión al budismo y convirtiéndose en una especie de Siddhartha con batuta, obsesionado por buscar el karma entre el papel pautado. La veneración y fervor de sus oyentes convirtió esos modos en liturgia, fundando sus feligreses una religión donde la cruz era sustituida por una larga melena blanca. Verle dirigir era como ver vestirse a un torero o a una geisha.

Tres son los documentales que nos acercan su parsimoniosa figura. Puñetazos en los ojos—con sabor a celuloide—que delatan la existencia magnética de lo descomunal. Rugidos del viejo león convertidos en catecismo audiovisual donde escuchar su doctrina. Dos de las propuestas las firma Jan Schmidt-Garre, uno de sus “collejeados” alumnos. En You don’t do anything, you let it evolve (No hagas nada, déjalo evolucionar) la cámara se convierte en su espía durante tres años (1988–91). El sabroso documental (donde el sabio en vez de hablar parece predicar) está salpicado de profunda pedagogía y temerarios ensayos con su cónyuge (del Scherzo de la Novena beethoveniana a una Obertura de La forza del destino que se vislumbra apasionante o un estratosférico Benedictus bruckneriano), donde Celibidache desparrama esa técnica de resortes abisales capaz de sostener lo insostenible. Le acompañamos hasta su molino en Orleans, al seminario de Maguncia e incluso hasta su viaje a Bucarest dos meses después de la caída del tirano Ceausescu, donde se reencontrará con su pasado sanguíneo. Si hay un compositor con el que el rumano nos traspasa en cuerpo y alma ese es Anton Bruckner. Schmidt-Garre también es el responsable de la filmación del ensayo de su colosal Novena ya comentada en Mayo de 2011, donde consigue convertir el vello en espina y al que remito por no caer en redundancias (asistir a un ensayo suyo equivale a años de Conservatorio).

La más densa y pulimenta piedra preciosa fílmica—ideal para intentar cerrar el círculo documental—se la debemos a su único vástago—Serge Ioan—que nos abre de par en par una ventana robada a la impunidad del hogar. En The garden of Celibidache (El jardín de Celibidache), se nos vuelve a gritar sobre la unicidad del personaje. Su hijo nos descubre al artista más inaccesible pero también al más humano, desvelando su cara más irónica y divertida. Un contemplativo filme que nos habla de la sabiduría que da la vejez y la inspiración artística que otorga la naturaleza, donde esta divinidad nos emboba con aforismos ya imborrables. En la lentitud está la riqueza proclama con su tiza como primer mandamiento a sus valientes alumnos (hay que tenerlos bien puestos para ponerse a batear delante de su vasta figura). Mientras le escuchamos ensayar pentagramas brucknerianos el montaje en paralelo nos lo muestra regando su jardín cual Vito Corleone de la música, ajeno al ruidoso mundo en el que se gana la vida. Y es que, con Celi la música era ese gran río que fluye eternamente y a cuya orilla estaremos siempre condenados a mojar nuestros pies. © 2012 Ritmo



Gonzalo PĂ©rez Chamorro
Ritmo, September 2011

BUSONI: Doktor Faust (Zurich Opera, 2006) (NTSC) 101283
KLEIBER, Carlos: Traces to Nowhere (Documentary, 2010) (NTSC) 101553
BRUCKNER, A.: Symphony No. 9 (rehearsal) (Munich Philharmonic, Celibidache) (1991) (NTSC) 101555

Es muy probable que el primer DVD que usted adquiriera para comprobar las maravillas tecnicas que nos contaban los que ya habian probado este formato fuera de Arthaus. En mi caso fue asi. Recuerdo que compre dos operas que aun guardo como tesoros, no solo por ser los primeros en iniciar una serie de conquista de estanterias, defendidas por los cds que pronto se rindieron ante el imparable avance del DVD, tambien por sus maravillosos contenidos. Se trataba de La Zorrita astuta de Janacek por Mackerras y Hytner y del Peter Grimes de Britten por Atherton con un Peter incomparable, el llorado Philip Langridge. Ahora, que recorro con mi vista las estanterias pobladas de DVDs, observo que Arthaus ocupa un lugar de honor, acaparando en cada repisa suficientes titulos como para ser el sello audiovisual mas importante del mundo dedicado a la musica “seria”. En esta pagina va a ser imposible citar todas las referencias del sello, y menos aun las que son imprescindibles, pues su catalogo, como vamos a ver, es muy amplio.

Por poner un ejemplo, solo de Fidelio hay cinco grabaciones, lo que ya puede intuirse como un sello absolutamente consolidado. La Carmen de Kleiber-Zeffirelli (Domingo-Obratzsova) es un imprescindible, como los tres Wozzeck o los Berlioz (Condenación de La Fura y Troyanos de Wernicke). El mismo Atherton borda un Billy Budd con escena del director en Peter Grimes, Tim Albery. El resto de Britten es de primer nivel, a destacar el Owen Wingrave (pelicula dirigida musicalmente por Nagano), con un maravilloso documental anexo. Otras excelentes producciones son el Doktor Faust de Busoni por Jordan-Gruber, Rusalka de Dvorak por Conlon-Carsen (con Fleming) o los Monteverdi (Ritorno de Harnoncourt y Poppea de Jacobs), Haendel (variadisimo) y Gluck del sello aleman. De Janacek contamos con las estimables Jenufa y Katia por Andrew Davis, aunque la joya es La Zorrita de Mackerras-Hytner. Como Fidelio, de Mozart los titulos tienen donde escoger, pues hay varias versiones de cada opera, destacando el Così y Don Giovanni de Muti, Bodas de Bohm (1966 en Salzburgo), Bodas de Barenboim, Clemenza de Harnoncourt- Kusej o las Flautas de Stein-Ustinov (con Gedda) y Levine- Ponnelle. Otro imprescindible es el Boris Godunov del Liceo con Salminen como Boris y la direccion de Weigle y escena de Decker, asi como la Khovanchina de Abbado. Jugosos son los variados Offenbach y las !tres! Diálogos de Carmelitas (Muti, Latham-Koenig, Young), como los Prokofiev, en especial El Ángel de Fuego (Gergiev) y El amor de las 3 naranjas de Nagano. Puccini tiene sitio de sobra, destacando la conocida Tosca de Pappano o la deslumbrante escena de Pountney para el fallido Turandot musical de Gergiev. Este director escenico borda una delicada Reina de las Hadas de Purcell, con el inolvidable borracho haciendo de las suyas. De Rossini tenemos algunos imprescindibles, como El Barbero de Zedda-Fo (puede que “mi” version) y La Cenerentola de Chailly. Moses und Aron de Schoenberg por Gatti y Lady Macbeth de Shostakovich por Conlon son dos apuestas plenamente logradas, que culminan en varios Strauss de primera fila, como la Ariadna de Bohm, el Capriccio con escena de Carsen y cantado por Fleming, las Elektras de Abbado-Kupfer y Gatti-Lehnhoff, el excepcional Die Frau ohne Schaten de Sawallisch-Ichikawa (pudo verse en Madrid) o el Rosenkavalier con escena de Carsen. De Verdi hay de todo, desde un Trovador de Karajan a un Macbeth de Sinopoli-Ronconi, pasando por un Otello de Barenboim, mientras que de Wagner sobresale el Lohengrin de Abbado (con Placido). No hay que olvidar las joyas de Hartmann, Henze o Die Soldaten de Zimmermann.

El ballet esta muy presente (Black & White de Kylian), los recitales instrumentales, los numerosisimo conciertos sinfonicos (la serie dedicada a la Filarmonica de Berlin) y los imprescindibles documentales, como los de Solti (uno de los mas hermosos de cuantos existen), varios sobre Celibidache (ensayando Novena de Bruckner), Furtwängler’s Love, las series “In Rehearsal”, Carlos Kleiber (Traces to nowhere), Gubaidulina con Muter, Kubelik, Karajan, la coleccion de Musica del siglo XX de Rattle (Leaving Home), Sinopoli en la busqueda de Egipto o The Reichsorchester, sin olvidar los documentales en formato pelicula, como Bruckner’s decision o sobre Gesualdo de Werner Herzog. Como se ve, hay toda una vida para dedicarla a Arthaus.




Javier Extremera
Ritmo, May 2011

El muniqués Jan Schmidt- Garre es un cineasta enclaustrado en ese grupo de realizadores en vías de extinción, que ha elegido como forma de expresión cinematográfica el inabarcable universo de los sonidos. Sin llegar—por ahora—a la altura de las vacas sagradas del género como son Nupen o Monsaingeon, sus filmes poseen un aroma intenso a intelectualidad, a pasión por la música, a testimonio veraz de un Arte superlativo. Entre sus virtudes destacan el gusto por el encuadre y el heterogéneo montaje en continuo legato que ensambla diferentes personajes y situaciones sin apenas sobresaltar al ojo. Después de buscar fórmulas argumentales nunca exploradas—en busca de un leguaje propio—en filmes como Chopin at the opera o Fürtwangler’s Love, se adentró en la figura de ultratumba del organista de Sankt Florian en el agridulce ejercicio experimental Bruckner’s decision, donde el realizador se arrimaba de puntillas a la inalcanzable sombra estilística de Straub y Huillet, creadores de esa inmarchitable flor fílmica de nombre Crónica de Ana Magdalena Bach. Este mes proponemos sendos DVD’s (con subtítulos ambos en castellano) para acercarnos a la obra de este melómano voyeur metido a realizador.

Además de estudiar Filosofía, Schmidt-Garre se empapó en Mainz como director orquestal bajo las alas del gran ave fénix de Sergiu Celibidache, del que quedó reflejada su admiración en dos obras: Celibidache in rehearsal, y sobre todo, la exploración profunda del mito en Celibidache: You don’t do anything—you just let it evolve, una de las Biblias visuales para los “hooligans del rumano, entre los que se encuentra en primera fila el que esto escribe. Como el fantasma del padre de Hamlet, su canosa figura regresa de nuevo del mundo de los muertos en Celibidache Rehearses Bruckner’s Ninth en lo que es una selección del ensayo filmado del Adagio de la Novena Sinfonía de Bruckner con la Filarmónica de Munich (1991). Uno de esos documentos visuales con efecto de pegamento en los ojos. Observar y—sobre todo—oír dirigir Bruckner a Celibidache es como ver a Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina o a August Rodin esculpiendo “El beso”. El documental—que parece filmado en 16 mm. debido al granulado de la imagen—es un monólogo visual con la figura-tótem del director llenando por sí solo la totalidad de los encuadres. Pese a que Garre nos enseña los cristales rotos de un enorme espejo, estas migajas son de una fuerza y didáctica arrolladoras. Muy difícil explicar al lector lo que uno tiene que experimentar por sí sólo. Mientras este filósofo del sonido silba en el podium las melodías, va repartiendo las habituales collejas a la orquesta. El viejo león rugiendo a sus temerosos domadores. La prioridad básica en el ensayo (que parece más una sesión de gimnasio) es que se oiga todo y a todos. “Antes de vivir el sonido, es importante imaginarlo” sentencia a sus rendidos músicos. Mientras fluye como un moribundo río la oscura densidad del Adagio donde el sonido se puede palpar (incluso uno cree posible untarlo en pan) maldices por ese Parsifal o ese Tristán e Isolda que nos hemos perdido. No creo que haya música más profunda que la surgida de la mente de Bruckner. Ni tampoco que haya director más insondable e inimitable que el perfeccionista insano de Celi. Una pareja de hecho que el tiempo jamás podrá separar. Impagable verlo merodear por Sankt Florian (la abadía-prisión del compositor) o sentado en la austera habitación en la que malvivió sus últimos años afirmando: “Bruckner no se puede entender…sólo se puede vivir”. Dios tardó 74 años en volver a enviar otro mensajero a la tierra para que testificara su existencia. El tiempo exacto que hay entre la muerte de Bach y el nacimiento de Bruckner.






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8:52:12 AM, 28 December 2014
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