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Javier Extremera
Ritmo, July 2011

KLEIBER, Carlos: Traces to Nowhere (Documentary, 2010) (NTSC) 101553
KLEIBER, Carlos: I am Lost to the World (Documentary) (NTSC) 705608

Este 3 de julio se cumplieron ochenta y un años del nacimiento de uno de los directores de orquesta más especiales, inaccesibles y mágicos que haya dado la música del siglo pasado. Estos dos DVD’s sobre su vida y su arte que presentamos este mes (ambos con subtítulos) nos vienen de perlas para sacar la tarta y el reclinatorio mientras tarareamos el Dies Irae. Carlos Kleiber—curiosamente—también se iba de este mundo otro día de julio de 2004 (¡el 13 cómo no!). La vida y la muerte unidas por el mismo hilo mensual. Sirvan estos magníficos trabajos de exploración para rendir homenaje a este irrepetible director que parece sacado de una película de Woody Allen y al que si Freud le hubiese hincado el diente en su diván, seguramente el padre del Psicoanálisis hubiera acabado trabajando de domador de leones. Personalidad oblicua y laberíntica la de este “enfant terrible” del podium, siempre obsesionado con buscar enfermizamente el Santo Grial de la perfección, bajo el amparo de su abultada billetera. Hijo de otro grande—Erich—el pequeño Karl cambió su nombre cuando su venerado padre—una alargada y siniestra sombra shakesperiana en su vida—se exilió a Buenos Aires a sugerencia de Hitler. Su hipnótico estilo marcaría a toda una generación, con esos brazos interminables que convirtieron el arte de agitar la batuta y sentir la música en un ballet. Nadie se ha movido nunca en un atril como él. Puro fuego salpicado de protones, elegancia, sensibilidad y magia de chistera dorada. Con él las transiciones orquestales se transformaban en pulidos diamantes. Verle dirigir era como viajar subido en una alfombra mágica. Con Mr. Rubato las cancelaciones dolían el doble.

La primera de las propuestas es Traces To Nowhere (Huellas hacia la nada) firmado por Eric Schulz, el mismo que hace unos años co-dirigiera uno de los mejores documentales que he visto en mi vida: Max Lorenz: Hitler’s Siegfried (Medici Arts 2056928). Lástima que el milagro no vuelva a repetirse, pese a la enorme calidad del nuevo producto. Schulz se centra bastante en el ensayo filmado de 1970 con la Südfunk-Sinfonieorchester (Arthaus, 101 062), todo un documento visual de su inalcanzable talento y un impagable espejo por donde espiar a esta persona alérgica a las filmaciones y entrevistas. El realizador utiliza la misma técnica narrativa que en el caso Lorenz, es decir, ponerles a los participantes a la fiesta fragmentos del ensayo para ver sus reacciones y comentarios. Entre los invitados al confesionario están Michael Gielen, Manfred Honeck, Otto Schenk, Plácido Domingo, su hermana Verónica Kleiber o Brigitte Fassbaender que no se corta al magnificar las dotes amatorias del homenajeado, o lo que es lo mismo, vociferar a los cuatro vientos que el promiscuo Carlos también llegó a dirigirla sin ropa. Por la boca muere el pez, ya que fue un cáncer de próstata el que le apartó para siempre del mundo de los fluidos (otra de sus grandes debilidades fue la “angelical” Lucia Popp). Entre los momentos imborrables que nos regala el filme destacan verle visitar la tumba de Karajan—cual personaje de John Ford—siempre al llegar y al irse de Salzburgo u oírle indicar a Margaret Price que cante el Liebestod como si Isolda estuviera haciendo de nuevo la Primera Comunión. Sus continuas espantadas (más propias de un torero) y la eterna pregunta de ¿por qué dirigió tan poco? siguen sostenidas en el aire pavoneándose de su incuestionable incontestabilidad. Unos dicen que porque se vio atrapado por la tela de araña de las partituras que dirigió y heredó de su padre (¿vigencia del mito Electra-Agamenón?). Otros porque es imposible alimentarse todos los días solamente de bombones.

Más directo al grano y a la esencia del personaje (por lo que supera en cuerpo y alma al anterior documental gracias a su poder de concentración y ritmo) es I Am Lost To The World (Estoy perdido al mundo) dirigido con aliento por Georg Wübboldt, que esclaviza nuestros ojos nada más arrancar los primeros fotogramas. Mientras suena la Muerte de Isolda le vemos dirigiendo/ danzando la etérea escena desde el foso sagrado de Bayreuth, gracias al borroso blanco y negro de una cámara de seguridad. A ver quién es el valiente que pulsa el Stop. Entre los testigos citados a declarar algunos se repiten (Schenk o Gielen) y otros se erigen en graníticos testimonios bíblicos (Muti y Sawallisch). El absorbente viaje subterráneo que nos propone el realizador nos conduce por las ciudades que formaron parte de su vida: Dusseldorf (germen de su talento), Stuttgart (el polluelo al fin rompe el cascarón), Munich (su centro de operaciones preferido), Bayreuth (inolvidables Tristanes), Viena (el genio alcanza su máxima plenitud pese a las peleas con sus filarmónicos) y Japón (el país del silencio y las geishas, búnker de su cuenta corriente). Su cegadora luz se apagó para siempre hace ya siete años en su casa de Eslovenia. Murió sólo, abrazado a su ansia y desesperación, por lo que fue condenado a dormir en una tierra extraña junto a Stanka, su compañera y bastón vital. Se nos fue el Stanley Kubrick de la dirección orquestal, el atleta musical obsesionado por poner el listón de la perfección siempre más alto, viviendo en la delgada línea que separa la locura de la cordura, una prima donna de la batuta que transformó la energía atómica en técnica directoral, siempre nadando a contracorriente atrapado en el remolino de la vida y los sonidos. Si tiene pasta en su bolsillo no lo dude, cómprese los dos DVD’s, no se arrepentirá. Si la crisis le ha zarandeado fuerte adquiera solamente este último. Y si su banco le ha dejado en calzoncillos intente robarlos. Merece la pena arriesgarse.



Gonzalo PĂ©rez Chamorro
Ritmo, July 2011

WAGNER, R.: Gotterdammerung (Palau de les Arts "Reina Sofia", 2009) (NTSC) 701108
SIBELIUS, J.: Symphonies Nos. 1, 2, 5, 7 (Vienna Philharmonic, Bernstein) (NTSC) 702208
KLEIBER, Carlos: I am Lost to the World (Documentary) (NTSC) 705608

La diferencia entre un sello de audio (aunque tenga DVD en su catálogo) con un sello dedicado en exclusiva a la imagen con el sonido (DVD o BluRay para los amigos), son las grabaciones en estudio y en vivo, estas cada vez más presentes en los sellos “de audio”, históricamente dependientes del estudio de grabación. C Major ofrece una variedad de actuaciones en directo que van desde el concierto sinfónico clásico, recitales de cantantes, pianistas y otros instrumentistas a la creación operística y de ballet, sin olvidarnos de uno de los mayores logros de este formato, el documental, que ya esta revista considera merecedor como mínimo de una página al mes, que escribe con la misma puntualidad de un holandés errante Javier Extremera. Hagamos un repaso de lo mejor del catálogo de C Major.

Ópera. Desde Valencia, desde les Arts, se han logrado productos como el histórico Anillo de Wagner de La Fura dels Baus con Zubin Mehta, Los Troyanos de Berlioz con Valery Gergiev y de nuevo La Fura dels Baus o un Turandot con Zubin Mehta y escena de Chen Kaige, en una relación que seguirá proporcionando DVDs imprescindibles. Entre los títulos operísticos que brillan en C Major está Maria Stuarda de Donizetti con Ganassi, Cedolins y Bros y la dirección de Fabrizio Maria Carminati; dos Händel, un Admeto de Nicholas McGegan con regie de Doris Dörrie y una Theodora del tándem Ivor Bolton- Christoph Loy, nada menos que con Christine Schäfer y Bejun Mehta. De Haydn se ha incluido la extraña versión de Il Mondo della Luna de Nikolaus Harnoncourt con escena de Tobias Moretti, mientras que de Prokofiev tenemos la excepcional El Jugador de Daniel Barenboim con escena de Dmitri Tcherniakov. La bella puesta en escena de Pier Luigi Pizzi para Madame Butterfly cuenta con la dirección de Daniele Callegari. Muy opuesta a la vista en Madrid hace unos meses es la escena de David Pountney para Rey Roger de Szymanowski, con dirección de Sir Mark Elder en el Festival de Bregenz de 2009. De Verdi C Major tiene en su catálogo un Otello con Riccardo Muti y una Aida del Festival de Bregenz con Carlo Rizzi y escena de Graham Vick. Citado ya el imprescindible Anillo wagneriano de Valencia, aparece un clásico dentro del catálogo, como es el Parsifal de Wolfgang Wagner con la dirección de Giuseppe Sinopoli. Sin llegar a ser ópera, C Major tiene una versión escenificada del Mesías de Händel por Claus Guth y dirección musical de Jean-Christophe Spinosi.

Conciertos. Destaca por encima de todo la integral de las Sinfonías de Beethoven a cargo de Christian Thielemann con la Orquesta Filarmónica de Viena (con documentales anexos de Joachim Kaiser), que se completa con una Missa Solemnis con la Staatskapelle de Dresde. El mismo Thielemann firma un Requiem Alemán de Brahms con el Coro de la Radio de Baviera y la Filarmónica de Munich, formación con la que aparece en el DVD con las Sinfonías núms. 4 y 7 de Bruckner. De Leonard Bernstein al fin aparecieron las Sinfonías de Sibelius (núms. 1, 2, 5 y 7) que grabó para Deutsche Grammophon, en las tomas simultáneas con imagen, un DVD de cabecera para quien escribe. De menor interés, pero no menor, es su Debussy con la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma. Con Mahler nos encontramos con Gergiev (Cuarta y Quinta) y Barenboim (Novena), visiones cuando menos dispares…Maravilloso es el concierto que inauguró el Festival de Salzburgo de 2008 con Pierre Boulez dirigiendo a la Filarmónica de Viena con Daniel Barenboim al piano, haciendo Ravel (Valses), El Pájaro de Fuego de Stravinsky y la más arrebatadora interpretación del Primer Concierto para piano de Bartók que haya escuchado en mi vida. De Karajan se nos rescata una Novena de Dvorak y junto a Yehudi Menuhin recrean el Concierto núm. 5 de Mozart.

Recitales y documentales. Ivo Pogorelich protagoniza un recital con obras de Chopin (descomunal Sonata núm. 2), Beethoven y Scriabin, mientras que otra joya son los tres ciclos schubertianos de lieder (Bella Molinera, Viaje de Invierno, Canto del Cisne) de Hermann Prey con Hokanson y Deutsch. En los documentales no tiene desperdicio “Un puente entre dos mundos”, documental sobre André Previn, así como “Perdido para el mundo” de Carlos Kleiber, que nos descubre los secretos de este mago de la dirección orquestal. Solo son una parte del catálogo de C Major. Esto no ha hecho más que empezar.



Sebastian Spreng
El Nuevo Herald, May 2011

KLEIBER, Carlos: I am Lost to the World (Documentary) (NTSC) 705608
KLEIBER, Carlos: Traces to Nowhere (Documentary, 2010) (NTSC) 101553

Incomparable, elusivo, excéntrico, único, genial son adjetivos clásicos para definir a Carlos Kleiber (1930–2004), el director de orquesta berlinés tan cercano a cubanos y argentinos, porque creció entre ambos países cuando su padre abandonó Alemania en protesta contra el nazismo. Entre 1935 y 1949, Erich Kleiber dirigió en La Habana, Buenos Aires y el resto de América. Naturalizado argentino, su hijo Karl pasó a llamarse Carlos, significativo detalle que estampó la carencia de patria e identidad lingüística que lo obligaron a ser ciudadano del mundo.

El ilustre Erich no quería la misma profesión para su hijo, afirmaba “¡Un Kleiber es suficiente!”. Contra viento y marea, Carlos debutó en Argentina a los 20 años marchándose luego a Europa a estudiar química a desgano. Para despistar—o no ser comparado—usó el pseudónimo Karl Keller dirigiendo a escondidas de su ídolo. Pero, en el podio del debut europeo lo aguardaba una rosa y ésta tarjeta: “Suerte… el viejo Keller”.

La fama de Carlos eclipsó la de Erich, fallecido en 1956, en circunstancias oscuras, justo el día del bicentenario de Mozart. Si fue uno de los cinco grandes de su época (en una foto célebre posa con los otros cuatro: Arturo Toscanini, Wilhem Furtwängler, Otto Klemperer y Bruno Walter) Carlos ha pasado a ser el emblemático “director de directores”—una reciente estadística lo ratifica—e incluso el favorito de antípodas como Riccardo Muti y Claudio Abbado que no vacilan en proclamarlo “El más grande del siglo XX”.

No importa que su repertorio haya sido pequeño, sus exigencias extremas, sus demandas insólitas y sus desplantes legendarios (se dió el lujo de rechazar el ofrecimiento de la Filarmónica de Berlín al morir su admirado Karajan que bromeaba “Carlos sólo dirige cuando tiene vacío el refrigerador”). Natural, elegante y originalísimo, en ocasiones, sus tempi espasmódicos quiebran toda lógica pero, al final su magia le da la razón. Con bríos inéditos, su ímpetu poético corresponde a las intenciones del compositor.

Al morir, más de pena por la muerte de su mujer (“Ella era mi samurai, yo sólo un miedoso”) que del cáncer que padecía, el mundo musical se preguntó por que no se lo había “obligado” a dirigir más. Se editó su esencial aunque escueto legado discográfico y aparecieron todas sus filmaciones—hasta alguna codiciada toma “pirata”—pero faltaba un documental biográfico.

A siete años de su desaparición dos DVD igualmente valiosos vienen a llenar ese vacío, son un muestrario del respeto y veneración que despierta. Estoy perdido para el mundo—alusión al Lied de Mahler que jamás registró—se concentra en sabrosas opiniones de músicos y colegas (“Cuando dirigía su rostro era el de la música”, “Lo impulsaba el miedo”, “Perfeccionista a ultranza, le era un suplicio ser Carlos Kleiber, creía que no podría dirigir y cuando lo hacía sucedía un milagro”) que tampoco olvidan sus amenazas “¡Si el público aplaude a destiempo, desalojo la sala!”. Salpicado con los referenciales ensayos de Sttutgart, más revelador todavía son las tomas mudas del foso del Festival de Bayreuth en Tristan e Isolda: Kleiber no dirige, sino que nada en la música. Es un vuelo hacia el éxtasis. “Puedes imitar su técnica pero no sus gestos, son libres como un pájaro” concluye Muti.

Más emocional, Huellas a la nada recorre su último viaje desde su hogar en Munich al pueblo esloveno de su esposa donde se recluyó para morir. Opinan, entre otros, Plácido Domingo (“Trabajas sin cesar, eres mi opuesto”), Otto Schenk (“Llevó su profesión al absurdo por su exceso de talento”) y Brigitte Fassbaender (“Era un dictador absoluto pero humano; florecía en el podio”) no obstante, es su hermana Verónica quien coloca el broche de oro al refutar los cargos contra su padre y trazar un recuerdo enternecedor de “mi pobre hermano; un ser tan frágil que no pensamos sobreviviría”.
Paradójicamente Carlos, que hacía suyas las palabras del poeta Zhuangzi, “No hay que dejar huellas”; vivió y dirigió para competir, superar y liberarse de su padre y, quizás, sin querer no hizo más que dejar la impronta indeleble del gen• io.

El único reparo posible a estos documentos imprescindibles es una añoranza por una mayor investigación sobre su infancia en Latinoamérica, una que lo marcó a fuego y que como la suma de su nombre lo indica rubricó la síntesis de dos mundos, Carlos + Kleiber = único.






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5:42:58 AM, 13 July 2014
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