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Javier Extremera
Ritmo, February 2013

Si alguien nos salivara a la cara que el mejor director de orquesta del siglo pasado fue un tal György Stern, seguramente frunciríamos el ceño sorprendidos del monumental majadero que tenemos delante. Si a continuación nos revelara que ese era el nombre bautismal de Sir Georg Solti, su sandez se transformaría rápidamente en elocuencia. Un disfraz lingüístico que su padre le implantó con el fin de ocultar su despellejado prepucio, en un mundo donde la circuncisión era un delito inaceptable. Como el judío errante, su vida estaría condenada a un vagar por medio mundo en busca del pan primero, para una vez colmada la barriga, perseguir la perfección en su oficio. El pasado 21 de Octubre celebramos el centenario de su alumbramiento y sirva como vela para soplar el atinado documental Solti: Journey of a Lifetime, que nos acerca tanto al hombre, como a su inmenso legado sonoro, el más vasto y deslumbrante de todo el siglo XX. Como sentencia una mandamás de la Sinfónica de Chicago: “la primera vez que lo veías se te erizaba el vello de la nuca”. No se puede explicar mejor la excitación que uno siente cuando se planta cara a cara con su todopoderosa batuta. Nadie la zarandeó como él, con ese férreo ordenamiento rítmico y métrico (ni siquiera su idolatrado Toscanini). Ningún director consiguió jamás sobre un pódium hacer latir un corazón a tanta velocidad.

Su desparpajo y brillantez ante el piano (llegó a ganar el Concurso de Ginebra en 1942) le sirvió como portón de entrada al universo operístico bajo los ropajes de repetidor, adentrándolo en un mundo en el que reinaría durante décadas, braceando desde su inalcanzable trono. Todo compositor que pasaba por sus elásticas manos (y fueron todos los grandes) se agigantaba hasta límites nunca antes divisados. Ahí quedan sus Haydn, Mozart, Verdi, Bartók, Beethoven, Strauss, Bruckner, Mahler y, por encima de todos, Wagner, con el que gracias a sus mesiánicas grabaciones consiguió colarse en los hogares de medio mundo (su bíblico Ring con John Culshaw es el disco más vendido de la historia). Siempre le fue fiel a Decca, que a cambio le regaló 31 Grammys, el mayor record de estos devaluados galardones.

Dirigido por un Georg Wübbolt que parece querer investirse con el nervio y aliento de su homenajeado, el filme es un frenético recorrido por la vida y obra de este ingeniero sonoro, de resultados parecidos a su anterior y magno hermano de leche Carlos Kleiber: I am lost to the world. El documental se eleva cada vez que su trémula silueta y su parlar marcial inundan la pantalla, regalando impagables anécdotas y comentarios de puño y boca. Fotos, imágenes de archivo, onomatopéyicos ensayos, testimonios y fragmentos de conciertos, donde se mezclan el blanco y negro con el color, nos son presentados por la voz de un narrador-guía que otorga al producto un aire de film noire. Además, se añaden acotaciones de allegados, como el que fuera su ayudante Christoph von Dohnányi, el trompa Dale Clevenger o su viuda Valerie Pitts (¡no sé qué pinta el cara de palo de Gergiev en este fregado!). La palabra que más veces se repite a lo largo del metraje es “energía” (no podía ser otra). La física nuclear conseguía al fin transformarse en sonido. Como nos aseguran, tanto ardor también se exteriorizaba bajo las sábanas gracias a su ímpetu por desabrochar todas las faldas que se ponían a tiro.

De sus clases con Kodály y Bartók en la Academia Liszt de su Budapest natal, hasta los duros años de exilio suizo, donde recibirá el martillazo de la pérdida de su familia en manos del fascismo. La caída de Hitler le abrirá la puerta de la ópera muniquesa (“un judío en la corte el rey Ludwig”) de la que salió a empujones hasta Fráncfort, para luego sentar raíces en el Covent Garden, al que le propinó un sonoro meneo despojándole de su ancestral polvo. El documental incide en los años disfrutados con su orquesta del alma, la moldeable Sinfónica de Chicago, con la que palparía el cielo infinidad de veces. Si Karajan poseía una de las caras de la moneda (la europea), el reverso americano era propiedad suya. Frustrante asistir a su coitus interruptus en Bayreuth ’83, en unas imágenes de archivo donde el nietísimo Wolfgang le recibe con loores de realeza. El emperador wagneriano de sangre judaica llegaba a su feudo, aunque fuese para irse corriendo del templo del compositor con el que más sudó (inevitable su ensamblaje con los legendarios y electrizantes fotogramas de The Golden Ring de Humphrey Burton, donde sus calzoncillos acaban a la altura del ombligo).

El bonus propuesto es de esos de ver con el reclinatorio. De 1977, con buen sonido y con atenta realización de Burton, nos propone un programa dedicado a la música rusa. Escalofriante ver funcionar la maquinaria de la Sinfónica de Chicago, de precisión igual a la de un reloj suizo. De una colorida y exquisita Khovanshchina (Preludio) saltamos a la Primera Sinfonía de Prokofiev, en una matizada lectura confeccionada con la exactitud de un gran sastre. Llena de brío, claridad y nitidez en las voces, despojada de cursilería y con una precisión rítmica marca de la casa. Pero la joya de esta recuperada corona es la versión de la Sinfonía n. 1 de Shostakovich, una de las más brillantes que uno podrá oír nunca. De apabullante sonido y perfección, un Solti de repelús (dirección de tiralíneas) prefiere acentuar el lado más grotesco y tenebroso de la partitura sacándole poco jugo al humor (todo lo contrario que Bernstein). Una música que el húngaro sobredimensiona, otorgándole un halo majestuoso que seguramente la obra jamás poseyó.

Después de algunos amagos, su estrujado corazón se contuvo definitivamente a los 84 años en su residencia estival de Antibes, curiosamente la misma ciudad donde murió otro de sus colegas también nacido en 1912 (Igor Markevitch). Desde ese día nos mira desde el Valhalla sentado a la derecha de Wotan. Imagino que para un cardiólogo tenerlo como paciente era como ser psiquiatra y tener de cliente a Jack el Destripador. Todo un ilimitado universo por explorar al que jamás se le podrá poner fecha de caducidad. © 2013 Ritmo



Luis Suñén
Scherzo, February 2013

SOLTI, Georg: Journey of a Lifetime (Documentary, 2012) (NTSC) 711708
BRAHMS, J.: Symphony No. 1 / MENDELSSOHN, Felix: A Midsummer Night's Dream: Overture (Solti) (1971) (NTSC) ICAD5089

Tras las cajas que Decca, su casa de discos de toda la vida, dedicara al maestro húngaro, cerramos el año del centenario de Georg Solti, ya metidos en el siguiente, con un par de DVDs que completan con excelencia nuestra visión de su forma de hacer, de su carácter apasionado en el podio y en la calle. Uno, Solti. Journey of a Lifetime, repasa en poco menos de una hora su trayectoria vital y profesional, con testimonios de músicos que trabajaron a sus órdenes, críticos—nuestro colaborador Norman Lebrecht entre ellos—colegas—Valeri Gergiev, Christoph von Dohnányi o el director de escena Peter Jonas—y el necesario hilo conductor de su segunda mujer, Valerie. Por sus imágenes pasan la dureza de los inicios de su carrera, cuando llega a Suiza huyendo de Hungría literalmente con lo puesto, el primer trabajo importante en Múnich, el despegue en Fráncfort, los primeros éxitos serios y los desencuentros en el Covent Garden y la felicidad plena en Chicago. No falta tampoco la amarga experiencia en Bayreuth ni el desastre de una Orquesta de París poco digna de él cuando decide llamarle. Tampoco, desde luego, la importancia que Solti tiene en el desarrollo de la industria fonográfica con sus grabaciones, todas de una profesionalidad sin tacha y algunas—Anillo wagneriano, La mujer sin sombra de Strauss, referencias indiscutibles. Como complemento, un concierto en Chicago en 1977 que incluía un Preludio de Khovanshchina de Musorgski con unos increíbles últimos compases, una eléctrica Sinfonía “Clásica” de Prokofiev y una acerada Primera de Shostakovich. Formidable documento que muestra a una orquesta y un maestro en plenitud. Seguimos con algunos errores de traducción en los subtítulos que sonrojan, por ejemplo, esos cuernos que son, en realidad, trompas.

El otro vídeo recoge el primer concierto que la Sinfónica de Chicago diera fuera de Estados Unidos. Fue en el Festival de Edimburgo de 1971. Solti dirige en él una Obertura de “El sueño de una noche de verano” de Mendelssohn más intensa que verdaderamente feérica y que, si hoy nos gustaría menos maciza, es difícil pensar que se pueda tocar mejor—Ray Still es el primer oboe, Dale Clavenge el primer trompa. Y es que ya aquella Sinfónica de Chicago era una de las grandes, cosa que Solti achacaba, de una parte, a la flexibilidad de las orquestas norteamericanas y de otro lado a su trabajo de años con titulares europeos. La Primera de Brahms es puro Solti, con su sentido de la arquitectura, la solidez del planteamiento, el nervio rítmico—todo ello mostrado con un gesto personalísimo que sus amigos imitan con gracia en el vídeo citado anteriormente, con esa mano izquierda tan peculiar, los brazos bien altos como consecuencia de su trabajo de tantos años en el foso, y esos golpes de torso tan suyos. Excelente el inteligente rubato del arranque del segundo movimiento, mientras el final del tercero, antes de la entrada de la trompa con su tema coral, es casi wagneriano—extraordinario el pedal de la orquesta. Todo muestra lo que Gergiev define como “frío control y apasionamiento expresivo al mismo tiempo”, por más que falte ese punto último de cordialidad, de cercanía, que hallamos, por ejemplo, en Giulini, por citar otro grande. Ni que decir tiene que la orquesta toca maravillosamente, que Solti muestra a las claras la felicidad con la que trabajaba con ella—había llegado a Chicago dos años antes—y que el testimonio, excelentemente grabado, es imprescindible para los admiradores del gran maestro magiar. © 2013 Scherzo






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7:15:42 AM, 29 December 2014
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