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Joaquim Zueras
, January 2011

En marzo del 2007, la iglesia de la Ascensión de New York, con el patrocinio del Institut Ramon Llull, se celebro un concierto de compositores catalanes, todos ellos—excepto Manuel Oltra—nacidos en la segunda mitad del siglo XIX. Muchas de las obras interpretadas habían permanecido inéditas hasta entonces, parte de las mismas son obras religiosas y el lenguaje utilizado en general es tardorromántico. Fue un gran acierto que Naxos las grabara y las editara dos años después, y así poder disfrutar de una parte de nuestro patrimonio orillado y que en el caso de E. Granados reclamaba a gritos su difusión, labor a la que ha contribuido la Editorial Boileau.

Si bien es conocida la labor de Pau Casals (1876–1973) como eximio violoncelista, menos atendida es su labor como compositor, aunque tal vez haya alcanzado alguna difusión su oratorio El Pesebre. De su relación con el Monasterio de Montserrat nacieron unas obras inspiradas e intimistas, elaboradas con minuciosidad, pensando en el uso litúrgico. En tiempos en donde no imperaba la precipitación, no era infrecuente la práctica del rosario alternando el canto del coro con el rezo de los fieles. Sigue este modelo el Rosarium Beatae Virginis Mariae, cuyos pasajes homófonos y el empleo de cuartas y quintas evocan épocas pretéritas, en las que la polífonía daba sus primeros pasos. En cambio Recordare Virgo Mater, por su dulzura y procedimientos armónicos parece deudora de aquellos hermosos motetes que escribiera Brahms. Con letra del Cantar de los Cantares, Nigra Sum constituye una casual referencia al color de la Virgen de Montserrat, letra que P.Casals vistió con una música de hondo misticismo.

Enric Morera (1865–1942) es uno de los más destacados personajes del Modernismo musical catalán. El hecho de que compusiera más de 800 obras nos da una idea clara de lo alejados que estamos todavía de degustar sus composiciones. Quizás influido por F. Pedrell armonizó algunas canciones del folklore catalán, como El Rossinyol. Se ha dicho que E. Morera admiraba a Wagner; sea como fuere, su Ave María presenta unas oscilaciones tonales muy sugerentes en una atmósfera mistérica propiamente teatral.

El padre de Manuel Blancafort (1897–1987) era el dueño del prestigioso balneario del mismo nombre, situado en la Garriga (Barcelona). El lugar era frecuentado por personalidades de la época, como Santiago Rusiñol, Josep Carner, Franesc Cambó, Jacint Verdaguer, Eugeni d´Ors y Frederic Mompou. En 1905 se le ocurrió crear una fábrica de rollos de pianola, animando a su hijo, que ya tenía algunas nociones musicales, para que transcribiera las partituras a los rollos. Aunque Manuel Blancafort seguiría más tarde estudios con Joan Lamote de Grignon, su aprendizaje se derivó de la necesidad de complacer a su padre en esta curiosa tarea, en la que no faltaban piezas orquestales que Blancafort tenía que reducir y, por tanto, de la observación adquiría una formación autodidacta. Cant d´amor es una muestra del empleo de un texto tradicional catalán, armonizado con sobriedad y acierto.

Manuel Oltra (1922) aunque nació en Valencia, desarrolló gran parte de su labor profesional en Barcelona en el Conservatorio Superior musical en Barcelona, hasta su jubilación, en 1987. De todos los compositores citados en este artículo es el que presenta un lenguaje menos tradicional, cierto que dentro de la más estricta tonalidad. Un contrapunto arriesgado construido con entradas a menudo en imitación, juegos armónicos que resuelve con prodigiosa eficacia, como podemos observar en las piezas corales Eco y Preludio.

Salvo la preciosa Romanza para violín y piano de Granados, el resto de las obras de este compositor contenidas en este disco son de carácter religioso. Granados era un hombre profundamente creyente, como atestiguan algunos datos biográficos y fragmentos de su correspondencia. De niño, cuando sus padres vivían en Barcelona, lo inscribieron en la Escolanía de la Merced y allí conoció un buen número de piezas sacras. En 1896 Granados estaba en Madrid, divulgando su trabajo a través de conciertos y preparando oposiciones al Conservatorio. Fue entonces cuando Pedrell le propuso participar en un concurso en el que se pedía la composición de una Salve, con un tratamiento de las voces cercano al de Palestrina. Granados compuso una Salve Regina bellísima, a la manera antigua pero sin ocultar del todo la filiación romántica de su autor, y alternada con tres breves interludios de órgano que toman como modelo la música de Cabezón y de Cabanilles. Al principio de su carrera, Granados contó con el mecenazgo del próspero comerciante Eduardo Conde, fundador de los Almacenes El Siglo. Cuando murió su esposa, Doña Cecilia, Granados compuso para su funeral la Escena Religiosa. Escrita para violín, piano y órgano, triste al principio, luego elegíaca, es una obra conmovedora. Granados estrenó el primer cuadeno de Goyescas el 11 de marzo de 1911 en el Palau de la Música de Barcelona. No suele mencionarse que en el mismo concierto Granados interpretó Azulejos de Albéniz, obra póstuma que Granados concluyó, y el Cant de les estrelles, escrito para el Orfeó Català y que se ha recuperado recientemente gracias a la perseverancia del pianista estadounidense Douglas Riva. Fue una noche exitosa para Granados, largamente aplaudido, por lo que me pregunto si cabe obviar las dos últimas obras en favor de la primera. El poema Cant de les estrelles es una composición para piano, órgano y tres coros que sobrepasa los quince minutos de duración. Un denso discurso en crescendo del piano nos introduce en una atmósfera flotante, interrumpida por una intervención del órgano de carácter meditativo; ambos instrumentos se entrelazan con vehemencia hasta que aparecen las voces del coro, creando un clima de contemplativa ensoñación. En el tratamento coral algunos han percibido influencias de Wagner, mientras que otros apuntan a Debussy. El texto posee un tono solemne y enigmático que se asemeja al estilo de las plegarias de Jean Racine: “¡Oh Inmensidad eterna del espacio!…La eterna serenidad, que augusta planea en el cielo, hunde nuestra piedad hacia vuestro estéril anhelo. ¡Ah, eterna serenidad del cielo…!”.

Voices of Ascensión es un coro excelente, poco conocido en España, pero que ha recibido numerosos elogios de la crítica y del público en general. El pianista Douglas Riva y el organista Mark Kruczek muestran un toque certero y

sensible a la vez que prudente para arropar a las voces sin opacarlas, mientras que en sus intervenciones como solistas hacen gala de un notable dominio instrumental. Dennis Keene, el director, ha sabido poner de relieve con claridad los distintos planos que exige cada fragmento, obteniendo un resultado poético, expresivo y elegante.



Joaquim Zueras Navarro
, September 2010

La merecida fama de Enrique Granados (1867–1916) como compositor de obras para piano, ha eclipsado otros géneros; quizás sea su faceta como autor de obras religiosas la que más ha sufrido este hecho. En este terreno no se mostró prolífico, pero sí inspirado. Granados era un hombre profundamente creyente, como atestiguan algunos datos biográficos y fragmentos de su correspondencia. Por ejemplo, en una carta de 1896 a su mujer, preocupada por la salud de su hija, escribe: “Tengo una esperanza muy grande. Ayer, martes, entré por intuición en el templo. Presentaba un aspecto hermosísimo y triste. Había en un altar un Cristo iluminado por un cirio solo. Me he arrodillado presintiendo algo, sin saber lo que era…Me ha parecido que me oía. Al llegar a casa me he encontrado con tu carta, pero como he visto a Dios hace un momento, tengo mucha confianza en que la Nenin irá bien”.

En 1896 Granados estaba en Madrid, dándose a conocer a través de conciertos y preparando oposiciones al Conservatorio. Mantiene un estrecho contacto con Felip Pedrell que en aquel momento, siguiendo los patrones cecilianistas, trataba de devolver a la música religiosa española la dignidad que tuvo antaño, alejándola de las teatralidades italianizantes en las que permanecía anclada. Además de un buen dinamizador, Pedrell poseía una aguda perspicacia. Es probable que pensara que lo mejor para Granados, alejado de su familia y siempre un tanto melancólico, fuera proveerle de actividades. Le propuso participar en un concurso en el que se pedía la composición de una Salve, con un tratamiento de las voces palestriniano, sin repetir u omitir el texto indiscriminadamente, y en que el órgano sostuviera las voces con discreción. Granados compuso una Salve Regina bellísima, a la manera antigua pero sin ocultar del todo la filiación romántica de su autor, y alternada con tres breves interludios de órgano que toman como modelo la música de Cabezón y de Cabanilles. Como anécdota, un tribunal demasiado severo en sus concepciones puristas declaró el premio desierto.

Granados estrenó el primer cuaderno de Goyescas el 11 de marzo de 1911 en el Palau de la Música de Barcelona. No suele mencionarse que en el mismo concierto Granados interpretó Azulejos de Albéniz, obra póstuma que Granados concluyó, y el Cant de les estrelles, escrito para el Orfeó Català, que se ha recuperado recientemente gracias a la perseverancia del pianista estadounidense Douglas Riva. Fue una noche exitosa para Granados, largamente aplaudido, por lo que me pregunto si cabe obviar las dos últimas obras en favor de la primera. El poema Cant de les estrelles es una composición ambiciosa para piano, órgano y tres coros que sobrepasa los quince minutos de duración. Un denso discurso en crescendo del piano nos introduce en una atmósfera flotante, interrumpida por una intervención del órgano de carácter meditativo; ambos instrumentos se entrelazan con vehemencia hasta que aparecen las voces de los coros, creando un clima de contemplativa ensoñación. En el tratamiento coral algunos han percibido influencias de Wagner, mientras que otros apuntan a Debussy. Inspirado en un poema del alemán Heinrich Heine, se ha especulado mucho sobre la autoría del texto: si se trata de una traducción catalana de Apeles Mestres, si el mismo Apeles Mestres fue el autor, incluso si el texto se le ocurrió a Granados… También podríamos replantearnos si es una obra religiosa, tal vez panteísta, o simplemente un canto al Universo. En cualquier caso, el texto posee un tono solemne y enigmático que se asemeja al estilo de las plegarias de Jean Racine: “¡Oh Inmensidad eterna del espacio!… La eterna serenidad, que augusta planea en el cielo, hunde nuestra piedad hacia vuestro estéril anhelo. ¡Ah, eterna serenidad del cielo…!”.

En febrero de 1914 Granados sintió la necesidad de retirarse unos días en el Monasterio de Montserrat. En estos casos, la comunidad benedictina acostumbra a solicitar a los compositores alguna obra con la que ampliar el repertorio de la escolanía. Granados colaboró gustoso y el resultado es la delicada plegaria a la Virgen de Montserrat, L’herba de l’amor, a voces blancas y órgano, en estilo gregoriano. La letra, de F. Pelay Briz, sigue los patrones de los escritores catalanes de la Renaixença. Expresa el deseo de poder ser un ave, para volar a Montserrat y alzarse desde allí al Cielo para honrar a la Virgen.

Al principio de su carrera, Granados contó con el mecenazgo del próspero comerciante Eduardo Conde, fundador de los Almacenes El Siglo. Cuando murió su esposa, Doña Cecilia, Granados compuso para su funeral la Escena Religiosa. Escrita paraviolín, piano y órgano, desolada al principio, luego elegíaca, es de un lirismo conmovedor.

No sabemos cómo Granados adquirió tal dominio en la composición de música religiosa. De niño, cuando la familia vivía en Barcelona, sus padres lo inscribieron en la Escolanía de la Merced y allí pudo empaparse de un buen número de piezas sacras. El trato con Pedrell y sus conocimientos al respecto debieron de ser decisivos. Lo cierto es que nos encontramos frente a cuatro obras en las que predomina el buen gusto, de un músico ecléctico que tan pronto compone alla palestrina, como en estilo gregoriano o tardorromántico, sin que falten atisbos impresionistas. De no haber fallecido a los 49 años quizás nos hubiera dejado algunas muestras más.




Jordi Caturla González
Ritmo, November 2009

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