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8.554226 - KROMMER: Partitas for Wind Ensemble Opp. 69, 76 and 79
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Franz Vinzenz Krommer (1759-1831): partitas para conjunto de vientos.

Partita en mi bemol mayor, opus 69. Partita en do mayor opus 76. Partita en mi bemol mayor, opus 79.

Franz Krommer nació como Frantizek Vincens Kramá en Kamenice, Bohemia, en 1759. Estudió órgano y violín con su tío. Tras una breve estancia en Viena se trasladó al sur de Budapest en 1786, ocupando un puesto de violinista en la orquesta del duque de Styrum en Simontornya. Cuatro años más tarde fue designado maestro de capilla en la catedral de Pécs pero en 1795 volvió a Viena donde alcanzó gran fama como violinista e impresionó a Pavel Vranik por su gran habilidad con el oboe, el pianoforte y el címbalo húngaro. Ya entonces, Krommer estaba interesado en la composición, y tras la publicación de sus cuartetos para cuerdas opus 1, en 1793, compuso gran cantidad de música que incluye conciertos, sinfonías y misas. Se dice que Schubert consideraba sus sinfonías menos buenas que las de Koseluch pero en 1813 Ernest Ludwig Gerber comparó elogiosamente sus cuartetos con los de Haydn, en especial en cuanto a "la salud de sus fértiles ideas, ingenio y fuego".

Hoy, no obstante, Krommer es mejor conocido por sus partitas o armonías para dobles oboes, clarinetes, trompas y fagotes, con un contrafagot. La primera de estas tres, opus 45, fue publicada en 1803 por el Bureau des Arts et de l´Industrie de Viena, y en los siete años siguientes otras diez fueron impresas en la Chemische Druckerei de Alois Senefelder. Muchas otras permanecen todavía inéditas, en versiones manuscritas. En esa época, Krommer se sintió atraído por el nuevo y revolucionario procedimiento de impresión de Senefelder, la litografía, pero luego admitió que le convenía editar en el mercado de París e hizo una nueva edición con Dufaut et Dubois en esta ciudad (1826). Obras individuales también aparecieron en editoriales vienesas, pero a fines de los años 1830, el interés por la música de armonías, obras originales o transcritas para conjunto de vientos, declinó, y junto con otros cientos de partitas para vientos, las de Krommer pasaron a la historia.

No está clara la razón por la que Krommer escribió sus armonías. Debieron ser compuestas para la banda de vientos del Emperador, que incluía un contrafagot, pero luego de tocarlas muchas veces, Krommer les hizo correcciones como para preparar su venta a un editor. Uno de los manuscritos corregidos por él se conserva en la Biblioteca Nacional de París y es probable que Krommer lo haya llevado para mostrarlo como ejemplo de su obra durante un viaje en 1815. De ser así, surtió efecto, pues Anton Reicha, el decano de la música francesa para vientos, estuvo entre quienes apoyaron la elección de Krommer como miembro honorario del Conservatorio de París.

Senefelder anunció la más antigua de las obras incluidas en esta grabación, el opus 69 en mi bemol, en el Wiener Zeitung del 14 de mayo de 1808 y siguió al año siguiente con el opus 76 en do mayor. Como el opus 79 en mi bemol, que fue publicado el 30 de mayo de 1810, estas obras tienen una opulencia y una resonancia que fueron características en las grandes bandas de vientos y que provienen del añadido que hizo Krommer de un contrafagot entre los instrumentos graves. Tal intento idiomático es por doquier visible: en la partita en do mayor opus 76, por ejemplo, las líneas del clarinete afinado en do, es una característica del sonido ligero y penetrante del instrumento, y en el opus 69 lo característico son los arpegios de la segunda trompa, la fluyente y saltarina melodía del registro medio del instrumento, que era la marca distintiva de las segundas trompas en la época y que contrastaba con el agudo y brillante fraseo que caracterizaba la habilidad de los solistas de trompa. Dada esta cuidadosa escritura, es cuestionable la transcripción instrumental alternativa que presentan las ediciones francesas de las partitas, en las cuales las flautas o clarinetes afinados en do pueden sustituir a los oboes, y el contrafagot puede ser suplantado por un serpentín o un trombón.

Estructuralmente, las tres obras son características de su tiempo, pero el toque personal de Krommer también brilla. Todas empiezan con un movimiento de sonata, pero el opus 79 prueba la astucia musical del compositor, al abrir de manera inusual con una serie de cadencias perfectas que sugieren una resolución, más que la apertura de una composición. También es infrecuente la apertura del opus 76 con un motivo que no volvemos a escuchar, pero como coincide con el final de La flauta mágica, ha de entenderse como un homenaje a Mozart. Los movimientos lentos de Krommer tienen en general una redacción oscura, de una rara profundidad, escasa en la música para vientos, si no es la de Mozart, pero dando a los solistas un papel protagónico que se liga con la música de ópera de comienzos del siglo XIX. Por el contrario, los minués son enérgicos y tienen cierto aire folclórico, así como por el uso de hemiolas anuncian la música de Dvorak, setenta años posterior. Los tríos de los opus 69 y 76 son igualmente bucólicos, pero la misma sección del opus 79 tiene un desarrollo que podría confundirse con una página de Schubert. Los así llamados rondós con que se cierran los opus 69 y 76 son de hecho una polca y un movimiento de sonata, pero como el movimiento final del opus 79, participan del elevado ingenio, el incontenible empuje y la total energía que son las inequívocas marcas del estilo de Krommer.

John Humphries

Traducción: Blas Matamoro


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