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8.555072 - ALFVEN: Symphony No. 2 / The Prodigal Son
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La música de Hugo Alfvén siempre ha ocupado un lugar de honor en el corazón de los suecos. Pocos compositores han sido vistos como el representante del alma del pueblo como lo fue él. El hecho de que viviera largo tiempo en el corazón de Dalecarlia, el paisaje que se asocia más que cualquier otro con la tradición folclórica sueca genuina, contribuyó en verdad a esta imagen suya.

De hecho, Alfvén procedía de Estocolmo, donde a los quince años fue alumno en el Conservatorio de Música, con el violín como materia principal. Allí, durante el decenio de 1890, realizó progresos mientras tomaba lecciones privadas de composición con Johan Lindegren, el experto sueco en contrapunto más destacado de la época. Alfvén se ganó la vida como violinista de la Opera Real de Estocolmo. Su fase en la orquesta de la ópera (Hovkapellet) le proporcionó un conocimiento en profundidad de las características y posibilidades de los diversos instrumentos. El colorido y virtuosístico estilo de orquestación que desarrolló ha sido comparado con el de Richard Strauss.

Durante un período de diez años que empezó en 1897, Alfvén pasó mucho tiempo viajando por Europa, parcialmente con la ayuda de una beca Jenny Lind. Refinó su técnica violinística en Bruselas; aprendió dirección en Dresde. Volvió para el puesto de profesor de composición en Estocolmo. Desde 1910, se instaló en Uppsala, donde se convirtió en director musices de la universidad. Allí comenzó a colaborar con el coro masculino Orphei Drängar (OD); permanecería como director del coro hasta 1947 y, con viajes por Europa y Estados Unidos, ampliaría su fama internacional. Durante muchos años, también dirigiría otros coros, incluyendo los Allmänna Sången y Siljanskören. Por medio siglo, Alfvén jugó un papel dominante en la tradición coral sueca, no sólo como director sino como compositor y arreglista.

Los talentos de Alfvén no se limitaban a la música. Fue un buen pintor a la acuarela y, de joven, estuvo pensando si dedicarse a la pintura. Escribió más tarde una cautivadora autobiografía en cuatro volúmenes, que no sólo describe su propia carrera, sino que aporta miradas iluminadoras sobre otros muchos aspectos de la vida musical sueca.

Muchos aficionados a la música están familiarizados con Alfvén como un compositor agradable y folclórico con obras como Midsommarvaka (Vigilia de verano), una de las piezas suecas más familiares internacionalmente, Vallflickans dans (Danza de la pastora), el ballet Den förlorade sonen (El hijo pródigo) y un número de canciones corales. En sus sinfonías, cinco en total, y poemas sinfónicos, encontramos más frecuentemente un aspecto elegíaco y a menudo dramático de su personalidad. Su primera sinfonía, escrita en 1897, ya revela una melancolía a lo Sturm und Drang que se reproduce regularmente en su música. Por otra parte, hay también un lado positivo, que pronto maduraría.

La Sinfonía No.2 en Re mayor, Op. 11, de Alfvén fue estrenada el 2 de mayo de 1899, dirigida por el colega del compositor Wilhelm Stenhammar. El acto había sido precedido de una disputa en la Academia musical, de la que resultó la retirada de la beca de Alfvén para estudios en el extranjero. La razón fue que la música que había manejado, para mostrar sus avances, estaba incompleta. Las partes no estaban escritas en una partitura orquestal y el finale se había perdido. Estuvo trabajando en tres movimientos durante el verano y comienzos del otoño de 1897, pero no estaba claro cómo continuaría la pieza. La mayoría del jurado ni siquiera se molestó en examinar lo que había enviado.

La situación fue salvada por Conrad Nordqvist, director de la Orquesta de la Opera, que estrenase la Primera Sinfonía y había estudiado la nueva obra al detalle. Había llegado a la conclusión de que era de gran calidad y criticó agudamente a sus colegas de la Academia, quienes por razones meramente procedimentales, se habían negado a familiarizarse con la música. Fueron cogidos en su descuido y la beca, renovada.

Como contraste, cuando la obra estuvo eventualmente acabada, se creyó que un ejemplo tan extraordinario de técnica compositiva difícilmente podría haber sido obra de un compositor de 26 años. Se sospechaba que Lindegren, cuyo talento era bien conocido, le había ayudado. De hecho, sin embargo, Lindegren ni siquiera había visto la música y, en el concierto, fue abrumado por lo que su antiguo discípulo había realizado.

El estreno, en la primavera de 1899, fue un gran éxito y representó la consagración definitiva de Alfvén. En el otoño, la sinfonía fue interpretada de nuevo y poco después fue oída en otros países nórdicos. No sería exageración decir que representa la entrada del internacionalismo en la música sueca. La mayoría de los compositores se sentía implicada con el romanticismo nacional; Alfvén tomó una perspectiva más amplia. ¿Qué fue exactamente lo que deseaba pintar con esta música? Las asociaciones extramusicales estaba en voga, pero la sinfonía no es programática en los sentidos lisztiano o straussiano. Como ocurre tan a menudo con Alfvén, la inspiración puede rastrearse hasta experiencias reales, en este caso del archipiélago de Estocolmo, pero no sólo de la imagen idílica de claridad solar y belleza. Estaba especialmente atraído por el mar, que podía ser extremadamente dramático, sobre todo en otoño. Estas experiencias impregnarían muchas de las obras de Alfvén, en particular el poema sinfónico En skärgårdssägen (Una leyenda de las Skerries) y la Cuarta Sinfonía, subtitulada "Från havsbandet" ("De las Skerries más exteriores").

Tras la introducción, como promesa de amanecer o de una fresca mañana bañada en rocío, la música adquiere una energía contagiosa. El talante, sin embargo, no permanece. En las palabras de Alfvén: "Mi intención era que toda la sinfonía siguiese como un flujo de luz y armonía. Pero el destino decretó otra cosa. Tan pronto como estuvo acabado el primer movimiento, el sol se ocultó tras las nubes, y los rayos aparecieron. A esto siguió una noche tormentosa durante la cual, hablando metafóricamente, tuve que luchar por mi vida para no ser derrotado por los conflictos internos que en aquella época estaban cerca de destruirme completamente". Aquí, también, estuvo influido por sus recuerdos de dos incidentes (una navegación en bote y mientras nadaba) que casi le costaron la vida. Alfvén alcanza su mayor profundidad en el finale, el movimiento más complejo de la sinfonía y que difiere señaladamente de los que le preceden. Consiste en dos secciones contrastantes: un preludio tranquilo pero ominoso, seguido de una fuga muy cargada. El preludio fue compuesto tardíamente en el otoño de 1897 en Berlín, mientras que la fuga fue esbozada en París durante la primavera del año siguiente y acabada en el verano, en la casa de Alfvén en el archipiélago. "Una noche insomne el coral Jag går mot döden var jag går empezó a resonar en mi oído interno, con el color de la última trompeta", escribió Alfvén. Decidió usar esto como "la expresión de un efecto más perturbador que el alcanzable por una doble fuga normal. La majestad de la muerte se interpone entre los combatientes y provoca que bajen sus armas por un momento. Pronto, sin embargo, la batalla se reanuda, ahora con la muerte como constante compañera. Construí un nuevo tema a partir del motivo del primer coral para la tercera idea que trencé en el subsiguiente curso de la fuga. El nuevo tema se oye al principio sólo débilmente, con sus notas fundidas con las de las dos ideas anteriores. Luego, la premonición de la muerte se torna más fuerte, hasta que toda la sección de metal, tocando forte, trata de espolear a los combatientes para que vuelvan a sus cabales. Pero nadie escucha ya a la voz de la muerte. Todo ha concluido y la fuga acaba antes de que se propine un golpe fatal. Nadie ha escapado. Este fue el proceso mental y la conclusión de la fuga".

El ballet Den förlorade sonen (el hijo pródigo) fue compuesto casi sesenta años después. Es una música de una naturaleza completamente distinta, extrovertida y sin complicaciones, sin la beligerancia que caracterizaba la sinfonía y otras muchas obras de Alfvén. En un ballet anterior, la pantomima Bergakungen (El rey de la montaña), de alrededor de 1920, con origen en materiales de un cuento folclórico, se había dado vida a numerosos elementos tenebrosos. En la obra posterior, estos elementos son la excepción más que la regla. La idea procedió del coreógrafo Ivo Cramér en 1956: deseaba montar un ballet en honor de Alfvén por su 85 cumpleaños en la siguiente primavera. El punto de partida es la historia del Evangelio de san Lucas del muchacho que abandona su hogar en busca de fortuna en alguna parte, pero tras muchas aventuras, regresa y es recibido con perdón y amor. Este motivo había sido usado frecuentemente por los artistas folclóricos y cinco pinturas de Dalecarlia sobre el tema fueron usadas como decorados por el versátil Rune Lindström.

A Alfvén le gustó la idea, pero explicó que no podría proporcionar una gran cantidad de música. Su habilidad física para poner música por escrito había disminuido con la edad. Se acordó que se seleccionarían unas cuantas melodías folclóricas y combinarían con música de obras anteriores. Las secciones de nueva composición podrían ser orquestadas, si fuera necesario, por el director Herbert Sandberg. Alfvén le dio gran importancia a escoger melodías del tesoro folclórico de la región, que se avendrían bien a la trama y a las imágenes teatrales. Junto a esto, la partitura eventualmente contiene secciones tomadas de El rey de la montaña, la Dalarapsodi (Suite dalecarliana) y otras piezas. Es interesante observar que en una escena la muerte está representada por el mismo coral que usó en la Segunda Sinfonía (el pasaje no fue luego incluido en la suite de concierto reunida por Alfvén). Esta melodía le había así seguido a lo largo de su carrera como expresión del lado oscuro de su personalidad.

El estreno tuvo lugar el 27 de abril de 1957, unos días antes del 85 cumpleaños del compositor, dirigido por Herbert Sandberg y con Björn Holmgren en el papel titular. Otras partes fueron encarnadas por los mejores bailarines de la Opera Real de Estocolmo, Julius y Mario Mengarelli, Elsa Marianne von Rosen y otros muchos. Unos meses después, la interpretación se repitió en el Festival de Edimburgo.

Sven Kruckenberg

Versión española: Enrique Martínez Miura


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