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8.557034 - CATAN: Rappaccini's Daughter (Highlights) / Obsidian Butterfly
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Daniel Catán (n.1949): La hija de Rappaccini • Mariposa de obsidiana
Música y Poesía

 

Desde la primera lectura quedé convencido de que La hija de Rappaccini, de Octavio Paz, podría ser una magnífica ópera. El amor como punto único, fragil, fugaz, interminable, en donde la vida y la muerte se abrazan para intercambiarse sus secretos; el único instante en donde el tiempo se detiene y el ser humano toca la inmortalidad: éste es para mí el corazón de la obra y lo que me atrajo irresistiblemente a ella. Porque si bien se mira, esa visión es la esencia misma de la música. El oído es el sentido privilegiado de la intimidad y las formas musicales las que mcjor se entrelazan con el deseo.

Soy heredero de una riquísima tradición operística. En mi obra se puede escuchar - lo cual me enorgullece- la deuda enorme que tengo con compositores desde Monteverdi hasta Alban Berg. Pero tal vez la mayor de mis deudas es el haber aprendido que la originalidad de una ópera no consiste en el rechazo de nuestra tradición (que sería como valorar ciegamente a la orfandad), sino en la asimilación profunda de ella, para lograr así la más íntima unión entre un texto y su música.

Vista de esta manera, la ópera es ciertamente digna de haber sido soñada por el Doctor Rappaccini. No es suficiente que la música se limite a acuñar una melodía sinónima de una frase verbal. La música de una ópera, para ser exitosa, necesita más bien captar la idea poética de un texto y expresarla en sus propios términos. Y las formas musicales, al desarrollarse en una dimension temporal, son particularmente privilegiadas para trazar la evolución de un personaje o de una idea poética. Ese es el verdadero reto. Y es ahí en donde he puesto todo mi esfuerzo y mi oficio.

Como ejemplo quisiera señalar el arco inmenso que se desarrolla a lo largo del primer acto. El jardín de Rappaccini es el corazón de la obra en muchos sentidos y es hacia él que nos dirigimos: es el lugar del encuentro, el cruce de caminos, en donde habita el deseo. Pero el camino no es recto sino enroscado, como el que conduce al centro de un caracol. Por esta razón la acción comienza en la calle, continúa por las escaleras hasta llegar al cuarto y finalmente desciende al jardín. En ese trayecto la conciencia se va transformando, de tal modo que al llegar al jardín la línea divisoria entre el día y la noche, entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la fantasía, queda totalmente olvidada.

Musicalmente también hay una transformación y un olvido. Los instrumentos pierden poco a poco su voz original y empiezan a flotar en sonoridades ya no regidas por la división de la octava en 12 tonos. En el jardín comienzan los glissandi para encarnar así la manera en que el deseo surge sin detenerse, sin obstáculos y sin medida. Giovanni cumple aquí su destino y adquiere finalmente la voz del viento y la marea. Pero la entrada al jardín no es solamente un ingreso a un mundo nuevo; es también un viaje interior, hacia el origen. Por eso Giovanni escucha en Beatriz el recuerdo de su propia voz, aquella con la que cantó su sueño y su presagio al principio del acto. En el jardín, en el origen, los amantes se escuchan el uno en el otro.

Trabajé durante seis años en la cornposición de la ópera. Este trabajo me llevó a vivir a Japón y a Indonesia un año y medio, y a Europa un año más. Fueron años de exuberante actividad musical y de profunda revisión crítica frente a tradiciones musicales tan diferentes a la nuestra. Sostuve durante todo este tiempo a un monólogo intenso y apasionado con Octavio Paz y su obra. Discutí cada escena, cada palabra; canté cada sílaba. Es ahora un gran honor el poder presentarla como un modesto homenaje a é1 y a su obra, y dejar constancia de lo mucho que me alimentó a tan larga distancia y durante tanto tiempo.

Hay poemas que llevan música por dentro. Mariposa de obsidiana es uno de ellos. Una diosa nos habla con imágenes de fuego; nos habla del pasado paradisiaco, con su tiempo fluido y sin divisiones; nos habla del presente, angular, quebradizo, nervioso, disonante; nos habla del futuro, y entonces nos habla al oído. Cada tiempo sugiere una música propia. La música, después de todo, no es otra cosa que el sonido del tiempo al pasar: unas veces su paso es lento y angustioso, otras fluido como una cascada; unas veces es sordo y oscuro, otras resplandeciente.

Pero lo más interesante del poema es que los mundos que describe la diosa son finalmente vistos, no como polos opuestos e inconexos, sino como partes de una compleja y orgánica unidad. La transición de la tragedia a la sensualidad, por ejemplo, es una transformación y no un desplazamiento. La nueva vida surge de la herida misma. Pero así como la tragedia siempre trae consigo la semilla que conduce a la vida, la nueva vida retiene dentro de sí la herida que conduce a la muerte. Las palabras Muere en mis labios / Nace en mis ojos forman parte de una sola y terrible unidad. Esta visión del mundo que presenta el poema de Paz es lo que más me inspiró durante la composición de mi obra; es también lo que trabajé con más cuidado.

Daniel Catán


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