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8.557629 - ESCUDERO: Illeta
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Francisco Escudero (1913–2002)
Illeta

Con la reciente desaparición de Francisco Escudero la cultura vasca pierde a uno de sus artistas más insignes. Compositor, director de orquesta y pedagogo, este ilustre músico supo avanzar y crear a su modo una singular y personalísima obra que abarca prácticamente todos los géneros.

Francisco Escudero nació en San Sebastián en 1913 y cursó sus primeros estudios con Beltrán Pagola y con Conrado del Campo en Madrid. En 1932 marchó a Francia y a Alemania, donde perfeccionó su técnica con Dukas, Le Flem y Wolff, y a su regreso se dedicó a la composicion, enseñanza y dirección de orquesta. Tras una primera etapa en la que su obra muestra la influencia francesa (por ejemplo el Cuarteto en Sol), hay que destacar sus obras de carácter vasco tanto en el ámbito teatral y sacro, las óperas Zigor y Gernika, y el oratorio Illeta, como en el Concierto vasco para piano. Más tarde experimentará con éxito con nuevas sonoridades en el Concierto para violonchelo, y fueron especialmente fecundos los últimos años de su vida, con las Sinfonías Ultreia y Concertante y el Concierto para violín, entre otras obras. Recibió en tres ocasiones el Premio Nacional de Música y la medalla de oro de las Bellas Artes. Residió en Zarautz y San Sebastián, donde falleció en junio de 2002.

Dotado de una sensibilidad e imaginación que trascienden la consideración de músico, los rasgos principales de su estilo son una formulación propia y abstracta del lenguaje musical vasco, fruto de un período de estudio y disección de sus temas y ritmos, y una elaborada técnica que no excluye los más atrevidos efectos sonoros de la vanguardia, integrándolos en su propio sistema armónico, en una absoluta libertad tonal que propicia continuos y audaces choques sonoros. Nunca rehuyó los desafíos compositivos, para los que siempre encontró soluciones de sorprendente eficacia, manifestando una gran habilidad para elaborar e instrumentar los motivos creando una trama de gran riqueza gestual y cromática.

El deseo de representar las diferentes manifestaciones del carácter vasco, mostrado en sus anteriores obras, tiene su culminación en Illeta, en la que el Escudero más emotivo quiso mostrarnos cómo el vasco siente la muerte. La lectura del poema Biotzean min dut, del zarauztarra Lizardi, acerca del dolor por el fallecimiento de una persona querida, le sugirió la creación de un imponente oratorio cantado en primera persona por el solista y el coros (el pueblo), quien le acompaña en su dolor durante los momentos del último adiós: velatorio, funeral y sepelio, admirablemente descritos en imágenes musicales. En ellos el compositor pone de manifiesto una vez más su dominio de la gran orquesta y de la masa coral para obtener, con una adecuada respuesta al sentimiento del texto, un cuadro de hondo sabor espiritual.

El punto de partida lo constituyen un motivo de cinco notas, reflejo del influjo del gregoriano en la música popular vasca, y un segundo tema presentado inmediatamente después por el corno inglés que irán apareciendo a lo largo de todo el discurso musical de la obra sirviendo como nexo entre distintos episodios. Hay una gran variedad de recursos y efectos descriptivos: al comienzo se oyen las campanas que llaman al funeral de la abuela fallecida y los gritos de dolor mediante estridencias sonoras; en la segunda parte podemos oír el arrastre de los trajes de la comitiva, y en la tercera parte los golpes del viento durante la noche invernal en un extraordinario y desasosegante interludio orquesta, y un emotivo y tierno solo de violín.

También se aprecian diferentes atmósferas, como la desolación del pueblo que entona el Pater Noster en euskera al principio y participa en la liturgia con el Dies irae en la tercera parte. El juego de tensiones y combinaciones tímbricas contribuye a clarificar la mezcla de sentimientos en el protagonista; dolor intenso, vacío emocional, ternura y melancolía, desembocando en un sobrecogedor final sobre las palabras “¡tengo roto el corazón!”.

Santiago Gorostiza


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