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8.557684 - TURINA, J.: Piano Music, Vol. 3 (Masó) - Seville / Spanish Women / Women of Seville
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Joaquín Turina (1882–1949): Piano Music • 3
Mujeres de Sevilla • Mujeres españolas I y II • Sevilla

Este tercer volumen de la sustantiva colección que el pianista catalán Jordi Masó y NAXOS dedican a la música para teclado de Joaquín Turina (Sevilla, 1882 - Madrid, 1949) recoge obras sustentadas en dos pilares capitales de la inspiración turinesca: la mujer y Sevilla, la sureña ciudad natal del compositor. Obras con nombre de mujer, relativas a mujeres; formas y maneras de un pintoresquismo que el sevillano nunca quiso eludir y del que hizo bandera. El nombre de Sevilla, la luminosa capital andaluza, la “Izbilia” árabe, también tiene connotaciones femeninas. De alguna manera, Turina quiso, vio y sintió a su ciudad -¡cuántas veces se ha dicho que Turina no tendría explicación sin Sevilla!- con la misma cercanía con que describe a las “mocitas”, “cigarreras”, “macarenas”, “trianeras”, “sentimentales” y “alegres” mujeres que habitan en las colecciones que agrupa el compacto. Pinceladas, retratos, que transpiran el lenguaje fragante e inequívoco de uno de los creadores más característicos del siglo XX español. Frente a la imaginación desbordante de Albéniz o la perfección indagadora de Falla, Turina brinda una vena pintoresquista que se regodea con gusto en los ecos de una España popular y llana. De pandereta y peineta, de tópicos y gitanas, sí, pero también auténtica y plena de esencias ancestrales.

A pesar del influjo franckiano, la “suite pintoresca” Sevilla es la primera obra andaluza de Turina. Nace en 1908, cuando el compositor, con 26 años, se encuentra inmerso en el fascinante París que pueblan Debussy, Dukas, Fauré, Ravel, Albéniz o su íntimo amigo y paisano andaluz Manuel de Falla. Mucho tuvo que ver en este “andalucismo” el consejo que poco antes le había dado Albéniz, quien le había sugerido, según escribe el propio Turina, “apartarme poco a poco de la línea que marcaba la Schola [Cantorum] para ir fundamentando mi arte en el canto popular español”. El primer número de la suite Sevilla, ‘Bajo los naranjos’, se basa en una copla inspirada en un ritmo de “soleares”, el popular palo flamenco. “Tendría yo 15 años cuando oí por primera vez, en Chiclana [Cádiz], la copla de soleares que figura en ‘Bajo los naranjos’”. Muy diferente, introspectivo y pausado, es ‘El Jueves Santo a medianoche’, donde el canto sobrio de la saeta adquiere magnificencia. Se trata, en palabras del compositor, de una “descripción misteriosa” de la Semana Santa sevillana. Como contraste y colofón, Turina visita la animada ‘Feria’ de Sevilla. “Aunque yo no soy feriante”, matiza, “este número final comienza bien bullicioso, pero luego baja poco a poco de color y empieza a tomar un tinte triste, como recuerdos sentimentales de soleares que sólo un último esfuerzo consigue ahuyentar para terminar, al fin, en un desbordamiento de alegría”. Sevilla opus 2, se escuchó por vez primera el 16 de octubre de 1908, interpretada por Joaquín Turina. Fue ¡cómo no! en Sevilla, en los salones de la Sociedad Artístico-Musical.

Ocho años separan la suite Sevilla de la primera serie de Mujeres españolas, que escribe en Madrid, en 1917, “entre el 27 de marzo y, como mucho, el 18 de abril”. Tres semanas bastaron para componer sus tres números, entre los que destaca la muy hermosa ‘Andaluza sentimental’, una de las páginas más emotivas y mejor acabadas del catálogo turinesco y que no retrata la andaluza morena y ardiente, “sino una andaluza rubia y blanca, enormemente alegre, pero cuyas alegrías son los gorjeos del pájaro enjaulado”. Turina considera que los tres números “podrían ser considerados como una sonata en tres partes”. “La primera, explica el compositor, “en forma de primer tiempo (primer tema, el de chotis; segundo, el de pasodoble); al segundo movimiento, como un Lied en cinco secciones, una de ellas, la segunda, con dejos de seguidilla, y otra, la cuarta, de guajira, y, por fin, el tercer movimiento, como un rondó, en el que el estribillo es la seguidilla manchega”. Quizá por ello, este último fragmento, editado con el nombre de ‘La morena coqueta’, se tituló y estrenó con el nombre de ‘La manchega coqueta’. La primera audición del cuaderno Mujeres españolas tuvo lugar en París, el 12 de junio de 1917, en un concierto celebrado en la Salle des Agriculteurs. Su intérprete fue Ricardo Viñes.

No es hasta 1932 cuando Turina se decide a acometer una segunda serie de Mujeres españolas. A pesar de que han trascurrido 16 años, el lenguaje parece –y es- idéntico. Los títulos inciden en la vocación descriptivista del compositor, aunque en esta nueva colección acaso todo resulte más evidente y menos original. Como era previsible, en ‘La gitana enamorada’, asoma el ritmo en 2/4 del garrotín. Y lo hace bajo un aire “Andantino” que enmarca diseños de contagioso sentido melódico. La españolísima ambivalencia entre los ritmos de 6/8 y 3/4 marca el peculiar pulso rítmico de ‘La florista’, mientras que la página siguiente, ‘La señorita que baila’, adquiere tintes menos localistas, dentro de un tiempo de vals y armonías de sutilezas casi debussystas. ‘La murciana guapa’ es una de las escasas incursiones turinescas en el rico folclore murciano. Alegres y evidentes sevillanas ponen broche final a la colección, cuyo manuscrito, publicado por Salabert en 1933, en París, figura dedicado al escultor Jacinto Higueras.

De alguna manera, la colección Mujeres de Sevilla es prolongación de los dos cuadernos de Mujeres de España, que, recuérdese, concluyen con un número tan sevillanísimo como ‘La alegre sevillana’. Sólo tres años después, en 1935, surgen los cinco números de esta nueva y sevillana serie, que dedica a “mi hija Concha”. Ecos tangibles de afilada expresividad. Retratos que reinciden en ritmos, melodías y sonoridades populares; imágenes tamizadas por la distancia física y temporal, pero también adobadas por la imaginación y añoranza a la que invita esa distancia. En cualquier caso, Sevilla. “Penetración psicológica a partir de detalles”, como escribe Enrique Franco. Humanismo y sensualidad esbozados en algo así como un piropo musical. Cinco miniaturas, cinco retratos de féminas sevillanas. En el primero, ‘La alfarera de Triana’, el rápido y reiterativo movimiento del acompañamiento imita el girar del torno en la alfarería, al modo en que ya lo hiciera Mendelssohn-Bartholdy en su famosa romanza sin palabras ‘La hilandera’. El ambiente se interioriza y carga de “sentimiento popular” en ‘La mocita del barrio’, donde un largo y “delicadísimo” recitativo sirve de pórtico a la irrupción de la guajira. ‘La macanera con garbo’ surge en un rítmico aire evocador de garbosos andares, mientras que en ‘La cigarrera traviesa’ aparece, como en la Carmen de Bizet, el sensual aire de habanera, en una evidente relación entre el cigarro habano y el ritmo característico de la añorada “Perla del Caribe”. Como no podía ser de otra manera y como ya hicieran Albéniz en su monumental Iberiay el propio Turina en el segundo cuaderno de Mujeres españolas, esta sevillanísima colección se cierra con unas “alegres y decididas” sevillanas.

© Justo Romero


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