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8.559091 - COATES, G.: String Quartets Nos. 1, 5 and 6 (Kreutzer Quartet)
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Gloria Coates

Gloria Coates

Cuartetos de cuerda núms. 1, 5 y 6

Nacida en Wausau, Wisconsin, Gloria Coates empezó a componer muy pronto, ganando un concurso nacional de composición a los doce años. Tras licenciarse en composición, siguió estudios de doctorado en composición en la Columbia University. Ha sido distinguida con numerosos premios y distinciones, además de recibir múltiples encargos. La música de Gloria Coates la han interpretado destacados solistas y grupos, lo que le ha granjeado una reputación inigualada. Music on Open Strings (Symphony No.1), escrita en 1973, se estrenó en el Otoño de Varsovia en 1978 y demostró ser la obra más comentada del Festival; su música se ha oído posteriormente en el Festival de Dresde, New Music America 1989, Musica Viva Munich, el Festival Internacional de Passau, el Festival de Dartington en Inglaterra, el Festival de Montepulciano en Italia, el Festival Microtonal de Nueva York y Aspekte de Salzburgo.

Aunque manteniendo una residencia en Estados Unidos, Gloria Coates ha vivido desde 1969 en Europa, donde ha sido una activa defensora de la música americana. Ha dado conferencias, escrito artículos musicológicos, producido y realizado programas de radio, y desde 1971 a 1984 fue responsible de una serie de conciertos de música germano-americana en Munich subvencionada por el Ministerio de Cultura de Munich y el Alice Ditson Fund de la Columbia University. Sus obras incluyen composiciones para orquesta, con trece sinfonías, música de cámara que incluye seite cuartetos de cuerda, música vocal a solo y coral, y obras electrónicas, así como música para el teatro. Grabaciones recientes han dado a conocer su música a una audiencia aún mayor.

Gloria Coates vive en un mundo sonoro absolutamente propio. En un cierto sentido es un mundo sonoro vago, incierto, fuera de foco, pero sus elementos no están poco definidos. No se trata de un impresionismo fílmico; habitualmente hay un contrapunto de líneas claras, a menudo una estructura sencilla. Es la curvatura de esas líneas lo que resulta tan inusual, ya que Coates es la maestra del glissando anotado específicamente, un ascenso o caída gradual de una nota a otra. Su fascinación por los glissandi apareció tempranamente en su obra. En 1962, siendo una estudiante de la Louisiana State University, escribió un juvenil cuarteto de cuerda enteramente en glissandi. Como ella recuerda, "Mi profesor escribió en la partitura, ‘Los glissandi aportan colorido en una pieza una o dos veces, pero éstos son demasiados, demasiados...’. Ni siquiera pudo completar la frase. No volví a los glissandi hasta 1972".

Los glissandi son una característica de las obras aquí grabadas, una posible razón de que haya escrito tantos cuartetos de cuerda, de los que el aquí incluido Cuarteto de cuerda núm. 6 es el más reciente: no hay otros instrumentos que puedan tocar largos e ininterrumpidos glissandi con tanta facilidad como los instrumentos de cuerda sin trastes. Sería un error, sin embargo, categorizar a Coates como "la compositora del glissando", porque en su obra hay muchas más cosas; de hecho, parecen más un síntoma de su estética que su raíz. De modo más esencial, utiliza medios definidos y contrapuntísticos para crear estructuras musicales que no permanecen inmóviles. Todas sus líneas con glissandi realizan texturas que parecen desvanecerse: fugas vislumbradas, por así decirlo, a través de un embudo de agua remolineante. De estas texturas acuosas, onduladas, surgen ilusiones, espejismos, trompes d’oreille, sugerencias, quizá, de un himno, una cita de música barroca o una banda tocando tras esas líneas que se disuelven lentamente. Su Cuarta Sinfonía, por ejemplo, presenta una red de misteriosos sonidos deslizantes sobre un fondo de passacaglia que resulta ser el lamento de Dido y Eneas de Purcell oído a través de una película acuosa.

Hasta ahora, Coates —una compositora nacida en Wisconsin que vive en Munich, que no acaba de ser tan conocida en América como debería-, ha sido conocida fundamentalmente por sus sinfonías; ha escrito trece hasta la fecha, más que ninguna otra mujer. Coates, sin embargo, ha sido igualmente prolífica en la música de cámara y sus obras camerísticas ofrecen una oportunidad para observar sus ilusiones como en un primer plano. En sus sinfonías es tanto lo que sucede entre los corales tonales de fondo, los estallidos de la percusión y las redes de ondulantes líneas de la cuerda, que su logro técnico permanece oculto. Aquí, en sus cuartetos de cuerda, podemos distinguir cada nota, cada línea; lo que resulta sorprendente es que las ilusiones son igual de sorprendentes.

En el Quinto Cuarteto, escrito en 1989, el primer movimiento parece engañosamente sencillo: un doble canon dentro enteramente de la escala de La menor, sin un solo bemol o sostenido en ninguna parte. Las cuerdas del primer violín y de la viola, sin embargo, están afinadas un cuarto de tono más altas que las del segundo violín y violonchelo, creando un reflejo canónico alejado un cuarto de tono de la octava y otorgando a todo el canon una atmósfera misteriosa, generalmente inestable, a pesar de la sencillez de sus melodías lentas. El segundo movimiento es una textura de continuos glissandi cuidadosamente anotados, entre los cuales aparecen fragmentos de una melodía familiar: Coates recoge la cita como "Fling Out the Banner, Let It Wave", pero la melodía ha aparecido también como un villancico navideño, "I Heard the Bells on Christmas Day". Este es un caso en el que la melodía se teje de un modo tan discreto a partir de los glissandi, tocados primero por un instrumento y luego otro, que no siempre se percibe. El tercer movimiento es una de las ofrendas más inusuales en una producción inusual, que recuerda a ese juvenil cuarteto estudiantil de 1962 en que está escrito enteramente en glissandi. Moviéndose en tempos diferentes, los cuatro instrumentos se deslizan hacia arriba y hacia abajo a través de intervalos que en un principio aumentan su tamaño con cuartos de tono y luego disminuyen. La textura tiene una sensación de incertidumbre constante, sin ninguna nota firme o inmutable a la que agarrarse hasta el acorde final y largamente mantenido de cuerdas al aire. La literatura cuartetística ofrece pocas experiencias, si es que alguna, tan vertiginosas.

Aportando un contraste considerable, el Primer Cuarteto, que data de 1966, da una idea de la estética juvenil de la compositora, su punto de partida no mucho después de sus años de estudiante. Aquí ya se encuentra su amor por los cánones, y, de hecho, muchas de sus piezas en glissandi incluyen cánones, aunque sin un contenido de alturas diferenciadas no son realmente audibles como tales. A Coates le interesan los cánones más como procedimiento estructural. En este cuarteto juvenil tenemos un canon elaboradamente cromático entre los tres instrumentos de cuerda más agudos, con el violonchelo realizando un papel contrastante: primero un soliloquio, luego un misterioso ostinato en armónicos sobre el cual avanza el canon, y finalmente un soliloquio conclusivo que no es más que el primero expuesto en forma retrogadada.

El contraste entre el Primer y el Sexto Cuarteto, este último escrito en 1999, nos permite oír hasta qué punto Coates ha purificado su estilo, cuánto ha reducido sus imágenes sonoras hasta la esencia. El Sexto Cuarteto persigue sus objetivos con un enfoque casi postminimalista y al hacerlo así logra una atmósfera de trascendencia espiritual. El primer movimiento, marcado Still y aparentemente inmutable, es realmente una lenta metamorfosis, que parte de un complejo de notas disonantes y avanza hacia una sonoridad de un quejumbroso Mi menor. Las notas reaparecen a velocidades diferentes, como relojes no sincronizados en un movimiento lento, y los cambios de altura se ven oscurecidos por vibratos ondulados que se extienden un cuarto de tono a ambos lados de la nota. Al igual que en el Quinto Cuarteto, el movimiento central es una de sus obras con glissandi, con cada curva melódica exactamente anotada en lo que se refiere a su altura, y con glissandi que se mueven en una telaraña de velocidades y direcciones diferentes que habrían fascinado a Henry Cowell. Sobre esa telaraña se eleva una delicada melodía para el violín, cuyas notas se funden de tal modo en ocasiones con los glissandi que parece emerger como una campana distante, o un recuerdo olvidado. El "movimiento" final es realmente una reexposición de la sección inicial, creando una forma ABA con una quietud y devoción absolutas.

La suma final es una curiosa combinación: un amor por las texturas que se funden, indefinidas, imposibles de precisarse por el oído, pero también un amor por la simetría que se manifiesta en cánones, palíndromos y sencillas estructuras que subrayan las remolineantes oleadas de sonido. Es como si Coates utilizara la naturaleza misma para mostrar lo misteriosa que puede ser, y el logro la convierte en una de las voces musicales más fascinantes de nuestro tiempo.

Kyle Gann

Traducción: Luis Gago


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