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8.570006-07 - HALFFTER, E.: Piano Music
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Ernesto Halffter (1905-1989): Obras para piano
E. Halffter / G. Gonzalez: Transcripciones para piano

 

Ernesto Halffter Escriche es uno de los más importantes compositores españoles del siglo XX. Sin embargo, él se consideraba simplemente, con modestia, un discípulo de Manuel de Falla, al cual admiraba como artista y como ser humano moralmente ejemplar. Sin embargo Halffter era consciente de su valía como músico total y de que no le faltaban ideas. Su padre, Ernest Halffter Hein, alemán prusiano, profesional de la joyería establecido en Madrid y casado con una española, Rosario Escriche Erradón, no tuvo inconveniente alguno para que el primero y el tercero de sus hijos, Rodolfo y Ernesto, se dedicaran a la música. Acaso ese interés musical lo heredaron de sus abuelos, andaluces de Écija (Sevilla), grandes aficionados a la ópera y en lo tocante al abuelo, Emilio Escriche, excelente pintor. Lo ha señalado la musicóloga Yolanda Acker, gran estudiosa de la obra de Ernesto. Comenzó sus estudios en el Colegio Alemán de Madrid y pronto destacó en el ámbito musical, como su hermano Rodolfo, para quien escribía libretos de ópera. Sus más tempranas composiciones datan de 1911, cuando contaba seis años de edad. En 1922, su profesor de piano, el húngaro Fernando Ember, presentó en el Hotel Ritz de Madrid las primeras obras pianísticas de su alumno, entre ellas las tres piezas de “Crepúsculos”. Poco después el joven Halffter enviaría a Falla un Trío para violín, violonchelo y piano sobre el cual el maestro andaluz, con el que tuvo en 1923 los primeros contactos, escribió: “¡bravo!”.

Crepúsculos revela ya al gran compositor que recibió, con 20 años de edad, el Premio Nacional de Música por su espléndida Sinfonietta, premio que volvería a recibir en 1983 por “la continua aportación a la música española”. Al principio este tríptico para piano llevaba el título de Tres piezas líricas. Para la primera, El viejo reloj del castillo, el compositor escribió un texto descriptivo que parece extraído de una de las leyendas del gran poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, sobre alguna de cuyas Rimas Albéniz, Falla y Turina compusieron tan bellas canciones. La tercera, Una ermita en el bosque, según el crítico Adolfo Salazar tenía una cierto aroma campestre al estilo de Granados. La segunda Lullaby (canción de cuna) presenta ya ese impresionismo que años más tarde, entre 1926 y 1928, disfrutaría Ernesto en el París de “los Seis”. Halffter se sintió muy cercano a alguno de sus integrantes (Poulenc, Auric, Milhaud). También se vinculó en Madrid al grupo de compositores enmarcados en la llamada “generación del 27” o de la República, el hoy célebre grupo literario – y musical- que despegó aquellos felices y creativos años 1920-1930, hasta el 36, en torno a la Residencia de Estudiantes, institución derivada de la muy liberal, laicista y renovadora Institución Libre de Enseñanza.

En la Residencia de Estudiantes tuvo lugar el estreno en 1922, de la Marche joyeuse, admirable por la gracia y modernidad de su espíritu, tan en consonancia con el de aquella generación del los García Lorca, Buñuel, Dalí, Gerardo Diego, Aleixandre… Se publicó con portada de Salvador Dalí y pronto se incorporaría al repertorio del ilustre Artur Rubinstein. Halffter se muestra muy hábil e ingenioso en el empleo de la bitonalidad y una gran variedad rítmica.

En 1926 inicia la composición de la Sonata per pianoforte, que el músico madrileño no dará por buena hasta seis años más tarde. Podría describirse como una actualización de Scarlatti o del espíritu que animó a la escuela de clavecinistas españoles. Pero si se escucha con detenimiento aparecen trazos de un músico que, sin abandonar su habitual jovialidad, es capaz de mostrarse tan serio y profundo como su admirado Falla. También podría ser un oculto homenaje a Granados, citado claramente hacia el final de la sonata, en su vertiente goyesca y al tiempo scarlattiana. La Sonata per pianoforte está dedicada a Janine Cools y el pianista Leopoldo Querol se encargó de su estreno en Madrid en mayo de 1934. Es la única terminada de las tres contratadas por Halffter con la editorial Eschig de París, que dirigía el compositor Eugène Cools (1877-1936).

L'espagnolade está incluida en el álbum colectivo Parc d'attractions, un homenaje a la pianista y pedagoga francesa Marguerite Long (1874-1966), en la Exposición de 1937 en París. Numerosos compositores extranjeros que vivían en París participaron. Recordemos a Tibor Harsányi (1898-1954), Arthur Honegger (1892-1955), Bohuslav MartinÛ (1890-1959), Marcel Mihalovici (1898-1985), Frederic Mompou (1893-1987), Vittorio Rieti (1898-1994), Alexandre Tansman (1897-1986) y Alexander Tcherepnin (1899-1977). Es ciertamente L'espagnolade un irónico pasodoble que remeda con gracia cierta música andalucista que imperó a mediados del siglo XIX. El estreno corrió a cargo de la pianista francesa Nicole Henriot (1925-2001), alumna aventajada de Marguerite Long, que la tocó ante el público en la parisiense Salle Gaveau, en 1938.

Grüss (saludo) puede inscribirse en una línea tradicional del lied romántico alemán. El propio compositor no dio la menor importancia a una pieza que nunca publicó, porque no iba a ser tomada en serio por sus compañeros de generación. Sin embargo, desprende un íntimo encanto como el de otras piezas del género en Mendelssohn, Schumann, Gade o Grieg. Parece escrito en 1840 y no en 1940. El título en alemán obedece a su clara procedencia germánica como romanza sin palabras, hoja de álbum, acuarela o pieza lírica, pero también porque fue una felicitación de Navidad a su padre, Herr Ernest Halffter. Max Eschig publicó Gruss en 1994.

En 1943, el compositor, casado desde 1928 con la pianista portuguesa Alicia Camara Santos, puso música incidental a la farsa heroica de Carlos Salvagem Dulcinea, estrenada en el Teatro Nacional de Lisboa en enero de 1944. El propio Ernesto realizó una suite sinfónica que dio a conocer en Madrid el 9 de diciembre de 1945, en un concierto a beneficio de la Asociación de la Prensa celebrado en el Teatro Monumental, en la que él mismo dirigió a la Orquesta Sinfónica Arbós. De los diversos números, Preludio y alborada, Los pastores, Nocturno, Serenata y Final, el penúltimo Serenata, además de una trascripción al violonchelo por Gaspar Cassado y otra para violonchelo y piano, de Maurice Gendron, pasó al piano. Es una pieza tripartita ABA, con aire de serenata, en especial su sección inicial, donde parece escucharse un ágil punteo de guitarra sobre el que se alza una breve melodía, cuya letra podría ser “tú eres mi amor, Dulcinea”. En el centro, un triste y desolado canto nocturno donde percibimos el rasgueo de la guitarra durante la serenata de Don Quijote a su amada, una aldeana que el caballero toma por princesa.

“ Cuba se había perdido y ahora era verdad. No era mentira…”, escribió Rafael Alberti en el evocador poema Cuba dentro de un piano, al que puso tan bella música Xavier Montsalvatge. Pero la España deshecha de la posguerra empezó a echar de menos a la perla de las Antillas. Y un cierto antillanismo surgió. Es muy evidente en Pregón, con sus ritmos afrocubanos e hispanos. Y aún más en la Habanera, uno de esos aciertos musicales que no se olvidan, aunque se hayan escuchado tan solo una vez. El clima cálido que en el Caribe invita a la indolencia y al sueño, se respira con melancólica naturalidad en esta hermosa y sencilla pieza. Tanto Pregón como Habanera proceden de la película Bambú, de José Luís Sáenz de Heredia, una historia de amor en la Cuba española que conoció la independencia tras el enfrentamiento entre España y los Estados Unidos en 1898. La película se estrenó en Madrid el 15 de octubre de 1945 y en el reparto figuraban, Imperio Argentina, Sara Montiel, Fernando Fernán Gómez y Luís Peña. Intervenía también el guitarrista Regino Sainz de la Maza, que cobró fama por haber estrenado como solista el Concierto de Aranjuez de Rodrigo.

Preludio y danza forma un todo para la inauguración de la casa de la familia Alonso Ortiz en El Escorial. La pieza se puede fechar en junio de 1974 y fue estrenada por Manuel Carra el 11 de dicho mes en la nueva casa. Consta de dos secciones equivalentes en longitud. Un preludio al estilo de las recercadas del dieciochesco Sebastián Albero (1722-1756), más bien sobrio pese a ser muy arpegiado, el cual finaliza en una cadencia, y una danza muy ernestiana, con giros netamente españoles.

Ernesto Halffter debió comenzar una Suite lírica el año 1940, en su etapa lisboeta, reflejada en su producción con obras como la Rapsodia portuguesa o las Seis canciones portuguesas. Pero el fragmento titulado Llanto por Ricardo Viñes debió ser escrito entre el 29 de abril de 1943, fecha de la muerte de Viñes en Barcelona y antes del 20 de diciembre de ese mismo año, día de su estreno por la pianista portuguesa Elena da Costa. Tenía razón Federico Sopeña al decir que “sin Ricardo Viñes no se podría escribir la historia de la música moderna” (la de la primera mitad del siglo XX). A Ricardo Viñes Roda (1875-1943) le fueron dedicadas importantísimas obras para piano del siglo XX y él mismo estrenó un gran número de piezas. Formado en Lérida, su ciudad natal, y más tarde en Barcelona con Joan Baptista Pujol en piano y Pedrell en armonía, a partir de 1890 inició una carrera que le introduciría en los principales círculos artísticos e intelectuales de París. Allí debió disfrutar Halffter de su sabiduría y cordialidad. Viñes tenía una enorme cultura musical y literaria, además de ser, “por su sentido íntimo de la sonoridad y por la genial concepción arquitectónica de sus interpretaciones, el pianista más personal que ha tenido España”, según el catedrático Tomás Andrade de Silva. El Llanto por Ricardo Viñes, que tanto hizo por la música española fuera de España, es un triste y solemne lamento del compositor madrileño por el gran pianista catalán. A la manera de los dedicados por Falla a Debussy y a Dukas, sus acordes arpegiados le otorgan un cierto medievalismo al comienzo para rendir más adelante un tributo a la poesía con acordes y sobrios motivos que nos parecen un sereno adiós.

Aunque la música para teclado española se hallaba muy desarrollada a finales del siglo XVII y comienzos del XVIII en autores como Cabanilles y Rodríguez Monllor, no cabe duda de que la obra de Domenico Scarlatti (1685-1757) le otorgó un impulso extraordinario, perceptible en numerosos autores y muy especialmente en la figura de Antonio Soler. El gran piano del nacionalismo, desde Granados, pasando por Falla, Rodolfo Halffter y Rodrigo hasta Ernesto Halffter, prestó especial atención al genio napolitano. Desde la juventud del autor madrileño se adivina una presencia de lo scarlattiano en su célebre Sinfonietta y en Sonatina. En la Sonata homenaje a Scarlatti, estamos ante una forma musical como las cultivadas por le músico italiano en la corte española, pero con la estética neobarroca del siglo XX. Genoveva Gálvez realizó el estreno el Museo del Prado de Madrid el 14 de septiembre de 1985, año en que se conmemoraba el segundo centenario del nacimiento de Scarlatti; Halffter cita, hacia el final de la sonata, el tema de la conocida “ fuga del gato ” de la Sonata en Sol menor K.30. Genoveva Gálvez interpretó la obra al clave, lo cual parece estar más cerca del autor homenajeado, pero Halffter planteó su sonata desde el piano y eso justifica cualquiera de los dos instrumentos para su ejecución.

Tengo el privilegio de haber escuchado al propio compositor en su último domicilio madrileño, el Nocturno otoñal: recordando a Chopin. La fundadora del Concurso Internacional de Piano de Santander, Paloma O'Shea, encargó en 1987, con motivo del centenario del nacimiento de Artur Rubinstein (1887-1982), una obra homenaje al gran pianista polaco, grandísimo intérprete de la obra de Chopin. Ernesto parece expresar, en el otoño de su vida (faltaban dos años para su muerte, ocurrida en Madrid el 5 de julio de 1989) toda la melancolía del tiempo que irremisiblemente se acaba.

Pero todavía iba a terminar tres piezas pianísticas en homenaje y recuerdo, por diversos motivos, a tres colegas españoles que fueron buenos amigos suyos: el sevillano Joaquín Turina (1882-1949), el barcelonés Federico Mompou (1893-1987) y su hermano, el madrileño Rodolfo Halffter (1900-1987). Guillermo González fue precisamente quien realizó los estrenos de las tres piezas, las dos primeras con motivo de la inauguración del Archivo Manuel de Falla en Granada, el 9 de marzo de 1981. El “Homenaje a Rodolfo Halffter” el 5 de diciembre de 1992 en la Real Academia de Bellas Artes, en Madrid.

El Homenaje a Turina, compuesto en julio de 1988, alude claramente al andalucismo que mueve la obra del gran maestro sevillano. Hay incluso una cita del villancico del polifonista extremeño Juan Vázquez “ De los álamos vengo ”, también aludido por Falla en el Concerto de clave y rehecho por Rodrigo en uno de sus célebres madrigales amatorios. El protagonista del villancico dice a su madre que viene “ de los álamos de Sevilla, de ver a mi linda amiga ”.

No muy lejanos ancestros de Mompou se habían dedicado a la fabricación de campanas y de ahí tal vez provenía su cuidado por el sonido, esencial en una obra de íntima emoción y extrema sencillez en el más hondo de sus significados, que prescinde de cuanto no sea absolutamente necesario. Al plantearse su Homenaje, Ernesto tuvo muy en cuenta el estilo íntimo y despojado del maestro barcelonés y su particular sentido de las sonoridades.

La muerte el 14 de octubre de 1987 de su hermano mayor, Rodolfo, con el que muy probablemente aprendió ciertos secretos de la música, debió ser un golpe tremendo para Ernesto Halffter. Geográfica e ideológicamente ambos habían estado lejos uno de otro, pero se querían mucho y compartieron durante algún tiempo una estética ya del todo desaparecida. De ahí la expresión seria y conmovedora de este Homenaje, en el que se evoca un pasado común y se recuerda al querido hermano en una cita de la primera de las dos scarlattianas Sonatas de El Escorial, Op. 2.

Cuando Guillermo González preguntó a Ernesto Halffter por el significado de las armonías misteriosas del final, el compositor le contestó: “Estaba pensando en el alma de Rodolfo que, como era tan bueno, sólo podía estar en el cielo”.

El segundo disco de este volumen doble se inicia con una importante novedad, la versión original para piano del ballet Sonatina, escrito por Halffter entre 1927 y 1928. Está inspirado en el famoso poema de ese título del escritor nicaragüense Rubén Darío (1867-1916), aquel que comienza, “ La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa? ”, incluido en su libro Prosas profanas (1896). El 11 de febrero de 1928 se escuchó en versión sinfónica, dirigida por el autor, en el Palacio de la Música de Madrid. Más tarde, la compañía española de Antonia Mercé “La Argentina ”, realizó el estreno escénico el 18 de junio de ese año en París, con decorados y figurines de Beltrán-Masses.

Dos de sus danzas, la de la Pastora y la de la Gitana se han hecho célebres a través de la versión de piano que estrenara José Cubiles. Pero la editora Max Eschig publicó la versión completa para piano en 1929 y nunca ha sido grabada. Consiste en la suite de danzas de la parte llamada Las Doncellas, integrada por tres danzas: Rigaudón evoca a la Sinfonietta y al mundo scarlattiano, en cierto modo acorde con el citado poema modernista de Darío donde “ está mudo el teclado de su clave sonoro ” (el de la princesa triste). La sección central destila el orientalismo de aquella triste dama que “ piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China ”. La segunda danza Zarabanda, seria y reflexiva, en un estilo cercano al Falla del Concerto y de El Retablo, parece darnos el espíritu del verso “ La princesa no ríe, la princesa no siente ”. En la última danza de Las Doncellas, Giga, el Halffter dieciochesco reaparece para decirnos que la princesa “ quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, sobre el cielo volar… ”. Entre las celebérrimas Danza de la pastora, que sin duda alegrará a la deprimida princesa, y la Danza de la gitana de claro parentesco con las danzas de El amor brujo de Falla, encontramos un elegante y rococó Fandango. La Danza final nos lleva otra vez al mundo scarlattiano del Rigaudón inicial, pero con mayor riqueza armónica.

El pasodoble Valencia II data de 1923. Ernesto Halffter es invitado por unos amigos a una corrida de toros. En principio no quiere ir, pero una vez llevado allí, se entusiasma con la faena de un torero, Victoriano Roger y Serrano, conocido en el mundo taurino como Victoriano Valencia II. A él dedicará un pasodoble pianístico que es una rareza en su catálogo. No lo es tanto Panaderos, un tema popular del siglo XVIII que se baila dentro de la llamada escuela bolera. La gran bailarina Mariemma había sido esencial a la hora de recuperar esta olvidada escuela española. Panaderos pertenece a una inacabada suite llamada Doredianas. Se trataba de un homenaje al gran pintor y dibujante alsaciano Paul Gustave Doré (1833-1883), uno de los mayores ilustradores del siglo XIX, como lo muestran sus trabajos sobre La Biblia, la Divina comedia, Don Quijote (1862), Orlando furioso y obras de Perrault, La Fontaine, Chateaubriand, Balzac, Tennyson, Milton, etc. La España romántica atrajo sobremanera a Gustave Doré, sus monumentos, tipos y paisajes. La otra pieza de Dorediana, Boleras de la Cachucha, recoge un baile popular de Andalucía en compás ternario, que se extendió en el siglo XIX por toda Europa. Basta saber los éxitos que, bailándola, consiguió la célebre Fanny Elssler (1810-1884) que llegó a ser llamada “la española del Norte”, aunque era vienesa e hija del copista y secretario de Joseph Haydn. Cachucha, que viene a ser una clase de gorro, dio nombre a este baile, cuya música ha pasado por autores que van desde Pedro Albéniz (1795-1855), que lo expone en La barquilla gaditana, pasando por Gottschalk, Glinka, Giménez, etc., hasta Ernesto Halffter.

En el año 1923, el del Cuarteto de cuerdas, las Tres piezas para orquesta, la Sonatina-Fantasía y Peacock Pie (tres piezas para guitarra), un emergente compositor llamado Ernesto Halffter, compone las tres Tres piezas infantiles a cuatro manos, que a veces, son llamadas Trois pièces enfantines, a saber: Sérénade, Valse y Marche. Son tres miniaturas pues la primera dura medio minuto y las otras dos un minuto cada una. Sin embargo, son un perfecto ejemplo del magisterio de su precoz autor, que se hace eco del estilo de un Satie y se emparenta con su ilustre contemporáneo Francis Poulenc (1899-1963). El crítico y compositor Adolfo Salazar, verdadero paladín de los muchos méritos de Halffter, pensaba que “a la breve Sérénade no se la concibe con una nota más ni una menos”. La Valse (usamos el femenino francés) es una joya de claridad y elegancia. En cuanto a la que Salazar llama “ Petite marche ” es ciertamente, como él asegura, “de una extrema belleza melódica y un timbre cristalino”. Una de las alumnas de Guillermo González, Belén González, interpreta junto a él, las Tres piezas infantiles.

Estamos ante una grabación fundamental para captar la dimensión, española e internacional, de la obra pianística de aquel enorme talento, lleno de humana cordialidad y simpatía, llamado Ernesto Halffter.

Andrés Ruiz Tarazona

 


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