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8.572417 - RUEDA, J.: Sinfonia No. 3, "Luz" / Imaginary Journey (Asturias Symphony, Valdes)
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Jesús Rueda (nacido 1961)
Sinfonía No. 3 ‘Luz’ • Viaje imaginario: Francisco Guerrero in memoriam

 

…nos encontramos en un avión a 10.000 pies de altitud y de repente se abre una escotilla y unas manos nos empujan al vacío…A partir de ese momento sólo puedes sentir la caída en un descenso sin final, atravesando estratos y cúmulos, corrientes de viento helado y cálido; apenas puedes distinguir nada sino el sentimiento de velocidad, a veces más rápido y otras veces más lento, como suspendido, y cayendo en la nada. Y de repente, después de un largo intervalo en el que nos precipitamos en el vacío, sientes que algo intangible comienza a detener la caída, algo ascendente y luminoso que poco a poco cambia el sentido del descenso para transformarlo en una imagen luminosa que irradia todo el espacio que te rodea…Esta podría ser la imagen en la que Jesús Rueda se hubiera inspirado para crear el último movimiento Hacia la luz con el que concluye la Sinfonía III.

Un largo periplo ha acompañado a la creación de esta tercera sinfonía, desde el otoño de 2004 hasta su definitivo estreno en 2007, un viaje “hacia la luz” que pasó por diferentes etapas de elaboración. La idea surge de un encargo realizado por la ORCAM (Orquesta de la Comunidad de Madrid) de la mano de su titular José Ramón Encinar para escribir una obra sinfónico-coral, estrenada a principios de 2005, titulada El viaje múltiple. El siguiente paso sería ya la Sinfonía III Luz, encargada por la OSPA y su titular Maximiano Valdés y estrenada en febrero de 2007, aunque todavía le faltara un movimiento que estaba prácticamente escrito cuando se estrenó, aunque no terminado. Este movimiento—La Tierra—lo estrenaría en junio del mismo año la ROSS (Real Orquesta Sinfónica de Sevilla) con Pedro Halffter en la dirección. La Tierra fue interpretada en aquel concierto junto con Los Planetas, de G. Holst, completando con su imagen del “planeta azul” la inacabada suite.

No ha sido hasta esta grabación, realizada en agosto de 2008, que el compositor ha podido ver realmente plasmada la idea global de la obra, ya definitivamente cerrada y con todas sus partes completadas.

Serán las palabras del compositor las que nos acompañen en este recorrido musical y simbólico, que queda representado por la obra más extensa de su catálogo hasta este momento y que plasma en gran medida su visión del mundo y de la música: “La Sinfonía III “Luz” se articula en cinco movimientos y, en general, responde a la atracción que ejerce sobre mi el pathos de la forma orquestal desbocada y los estímulos visuales y gráficos de buena parte de las artes del s. XIX y XX. Confieso que me gusta la gran masa orquestal, una suerte de orgía sonora con múltiples líneas en juego; siento atracción por las texturas densas y brillantes, llenas de color y muy dinámicas, las proliferaciones rítmicas, los límites sonoros que arrastran al mismo borde del abismo.

Como la mayor parte de mi música, esta nace de un propósito de expresión más allá de los planteamientos estrictamente musicales. Pretende trascender la dimensión especulativa y estructural para representar un mundo sonoro ligado a lo sensorial en todas sus manifestaciones. Formalmente son viajes que fluyen a través del sonido, son infinitos caminos sin retorno: una metáfora del río que desciende por su curso natural y que atraviesa a su paso diferentes paisajes que nunca vuelven a ser los mismos.

En esta obra he buscado tensar y estirar más el discurso que en mis anteriores sinfonías, en una suerte de desafío a la escritura, tanto en la estructura de los diferentes movimientos como en la orquestación de los mismos; digamos que la sinfonía ha crecido a lo largo y a lo ancho. También el moverme por los extremos de la resistencia de los materiales empleados genera ese grado de tensión necesario y tan buscado en el resultado final”. (Jesús Rueda)

Los cuatro primeros movimientos aluden a los principios básicos o elementos de la antigüedad: fuego, agua, tierra y aire. El quinto—hacia la luz—define el título general de la sinfonía y nos convoca a un ritual final.

La Sinfonía arranca con El Fuego, un veloz ostinato sobre el que se superponen rápidas figuraciones de los vientos y líneas más largas en los metales. Este breve movimiento está emparentado con el tercero de la Sinfonía II “Acerca del límite”, y esta característica le confiere unidad a las sinfonías como un corpus total, una especie de hilo de Ariadna que unifica el ciclo.

El segundo movimiento, El Agua, se articula sobre un patrón temático diatónico, y a través de las variaciones sucesivas, este tema es tratado con inversiones, retrogradaciones, imitaciones, etc. El tema también tiene un patrón numérico, lo que genera el ritmo característico de todo el movimiento. Como puente para preparar el tercer movimiento hay una sección de percusión con instrumentos de madera y glissandi de los timbales.

La Tierra comienza directamente con las cuerdas en un tempo vertiginoso y frenético. Toda la primera sección transcurre agitada y sin respiración, como una turbina que gira y gira, mientras se van incorporando los demás instrumentos de la orquesta para resolver en una segunda sección rítmica que marcan los metales y la sección de percusión y sobre ella cabalga una línea opresiva, llena de veloces arabescos, que conducen los vientos-madera (woodwinds), cuya influencia procede de la última etapa del trompetista de jazz Miles Davis.

La tercera sección es un tutti orquestal estrepitoso que cede a una parte de trinos en piano para luego retomar la intensidad del final. La Tierra, como se indica más arriba, puede ser interpretado independientemente de la Sinfonía como complemento a la suite Los Planetas, de G. Holst.

Como contraste a los movimientos anteriores, donde la velocidad y la densidad son protagonistas, El Aire es el reposo del guerrero. Aquí la atmósfera se aligera y el tiempo se detiene. El violín y el violoncello solistas gravitan en la región aguda sobre nubes armónicas que se van sucediendo intermitentemente. Por fin arranca la orquesta en un crescendo y así, por diferentes regiones y sonoridades, transitamos en un adagio plácido y tranquilo hasta que la música acaba por disolverse. La última sección de este movimiento es un puente que nos conduce hacia el quinto movimiento: un coral in crescendo de los metales acompañado por dos juegos de campanas tubulares e instrumentos metálicos.

El comienzo del quinto y último movimiento—Hacia la luz—sugiere un abismo enorme sobre el que vuelan pájaros desconocidos, pertenecientes a un tiempo que no existe. Un movimiento tumultuoso nos eleva sobre las alturas hasta alcanzar un punto álgido de tono heroico. A partir de aquí la música se disuelve en una línea aguda de los violines que conecta con los clarinetes, y desde este punto la caída en el vacío es inevitable. En este descenso atravesamos diferentes niveles y densidades en un vuelo sin final, y sólo en los últimos minutos, en un continuo crescendo ascendente, en un intenso chorro luminoso que invade el espacio, recordamos el motivo heroico, antes de la disolución total sobre un acorde de la cuerda en armónicos. Hay, en efecto, una visión mística en este final sinfónico ligado a las imágenes de William Blake y a su idea de trascendencia hacia la luz. La luz como fuerza magnética y purificadora de la vida, y su tránsito final.

Viaje imaginario “Francisco Guerrero in memoriam” obra escrita en enero de 1998 durante un encuentro con la JONDE (Joven Orquesta Nacional de España), de la que en aquellos momentos Jesús Rueda era “compositor en residencia”. “Recuerdo que estábamos en un antiguo balneario en la localidad vasca de Cestona y que sólo se hallaban abiertas sus instalaciones para las actividades de la orquesta. El gran salón y sus enormes dependencias recordaban al mítico edificio de la película de Kubrik The Shining. Las largas noches de composición y los paseos nocturnos por las montañas y por la orilla del río marcaron indeleblemente el carácter de la obra, que surgía entre tantos jóvenes amigos músicos de la orquesta, su apoyo incondicional y el de mi editor Llorenc Caballero. Pero sobre todo el recuerdo recurrente de mi maestro Francisco Guerrero, fallecido tres meses antes”.

Gracias al desarrollo en los registros extremos y, principalmente, a las mezclas de diversos instrumentos, Rueda consigue la creación de sonidos indeterminados, próximos en alguna medida al mundo de la electroacústica. Hay, al principio, una exploración de registros opuestos para crear la sensación de espacio, el cual será poco a poco ocupado por una superposición de acordes que fluctúan en un sonido envolvente y estático. La llamada de la trompeta nos arrancará de ese lento fluir para integrarnos en un mundo plástico reverberado de luces y sombras. Al final, la disolución de los acordes hasta la última nota de los violoncellos suspendida en la nada.

Viaje imaginario está emparentado con The Unswered Question de Charles Ives e Interludio de W. Lutosławsky, que participan de un sistema constructivo semejante al que, de alguna manera, se adhiere esta obra. Tiene, además, un marcado tono fúnebre, como difícilmente podría ser de otro modo. En este sentido es innegable la vinculación al motete Delicta Juventutis, que Pierre de la Rue escribió en el siglo XV a la muerte de Felipe el Hermoso, en el que el autor utiliza gestos descendentes para evocar tristeza.


Leticia Martín Ruiz


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