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8.573263 - GRANADOS, E.: Orchestral Works, Vol. 1 - Suite sobre cantos gallegos / Torrijos (Barcelona Symphony and Catalonia National Orchestra, Gonzalez)
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Enrique Granados (1867–1916)
Música Orquestal • 1

 

Como Chopin, Liszt, Rajmáninov o su paisano Isaac Albéniz, el catalán Enrique Enrique Granados (1867–1916) fue un compositor eminentemente pianista, instrumento del que era reconocido virtuoso y al que destinó la mayor parte de su labor creativa, que abarca un generoso corpus en el que destaca con fuerza universalizadora Goyescas, la suite que concluye en 1911 y pronto se erigiría como incuestionable cima del piano español junto a la luminosa Iberia de su gran amigo Isaac Albéniz y a la revolucionaria Fantasía bética de Manuel de Falla, compuesta ocho años más tarde.

Este compacto se adentra precisamente en el Granados menos difundido, el que se distancia del piano y se vuelca en el universo complejo de la orquesta. Como Albéniz y tantos otros compositores/pianistas, el creador de Goyescas no se desenvuelve en el ámbito sinfónico con la destreza y virtuosismo con que sí escribe para el teclado. No obstante, su instinto, inspiración, oficio e inteligencia musical le validan para firmar obras que, como las tres que integran este novedoso cedé cargado de primicia, merecen ser reivindicadas y degustadas por el melómano contemporáneo.

A diferencia de sus influencias pianísticas -que miran a Chopin, Liszt, Schumann y Grieg-, en la obra orquestal de Granados las referencias combinan el peso de Wagner -tan presente en el Modernismo que con fuerza cristaliza en la Cataluña de su tiempo- con el de los compositores que, entre 1887 y 1889, conoció y trató en París, como Debussy, D’Indy, Dukas, Fauré y Camille Saint-Saëns, con quien forjó una estrecha relación. Esta curiosa amalgama de influjos desemboca en una singular estética neorromántica teñida de la inclinación nacionalista en boga en la España de la época. No se equivocaba su maestro, el ilustre folclorista catalán Felip Pedrell, cuando alababa la facilidad de su discípulo para “crear obras que aúnan diferentes estilos musicales”. También acertaba el sabio Pedrell -profesor igualmente de Albéniz y de Falla- cuando decía que “si Albéniz es la inspiración y Falla el oficio y dominio, en Granados habita la poesía”.

Es esta comunión de corrientes e influencias la característica y nexo de las tres obras que integran este primer volumen de la serie que Naxos y la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya dedican a la música orquestal de Granados con motivo del centenario de su temprana muerte, ocurrida en el Canal de la Mancha el 24 de marzo de 1916, cuando el vapor en el que viajaba fue torpedeado por un submarino alemán durante la I Guerra Mundial. Granados regresaba de Nueva York, donde había asistido, en el Metropolitan, al estreno absoluto de su ópera Goyescas.

Tanto la pieza que abre el compacto -la Marcha de los vencidos- como la que lo cierra, la Suite sobre cantos gallegos, datan de 1899, año en que fueron estrenadas durante un concierto celebrado el 31 de octubre, en el marco de los ciclos promovidos por la Societat Filharmònica de Barcelona, dirigido por Joan Lamote de Grignon. Granados cuenta 32 años y es ya un compositor reconocido, que ha acariciado el éxito con el estreno en Madrid de su ópera María del Carmen, el 12 de noviembre de 1898, en el Teatro de Parish, dirigida por él mismo. Cuatro años antes, en 1894, compone los cinco números que integran la música incidental de Torrijos, para coro y orquesta, basada en textos de Fernando Periquet.

Escrita en riguroso modo menor y de indisimuladas resonancias medievales, la Marcha de los vencidos recuerda en su introducción las características marchas procesionales de la Semana Santa. Tras este tenebroso y enigmático preámbulo, el ambiente sonoro se transforma con brillantes fanfarrias de tintes ancestrales que evocan el lento y doloroso caminar de los “vencidos” en alguna indeterminada batalla. La sección central contiene episodios de intenso y grandilocuente melodismo, en los que la descriptiva presencia protagonista de los instrumentos de metal y el melódico canto solista de los de madera se anticipan a las eficaces músicas de cine que décadas después compondrían genios como Nino Rota o Ennio Morricone para los Spaghetti Western. La partitura se desvanece también con aires precinematográficos, en un brillante e inesperado acorde final en modo mayor que trunca la dolida atmósfera que reina e inspira la obra.

Los cinco números de la música incidental de Torrijos¹ surgen de textos del literato y periodista valenciano Fernando Periquet (1873–1940), quien años después sería autor del libreto de Goyescas así como de los textos de Colección de Tonadillas en estilo antiguo, en las que Granados trabaja entre 1911 y 1915. Los cuatro cuadros y escena final de Torrijos reflejan el sentido lírico de Granados y su inequívoca vocación teatral, tan inserta en la eclosión escénica de la Barcelona de su tiempo. Música narrativa y brillante, de tintes veristas y sin más pretensión que ilustrar la escena y servirla. La suite está concebida para una plantilla instrumental que requiere maderas a dos, dos trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales, percusión, arpa y cuerdas. De sus cinco números, tres de ellos -primero, segundo y cuartorequieren participación coral. Tanto el sencillo tratamiento vocal a cuatro voces como sus armonías y modulaciones delatan una escritura aún párvula y conservadora, no exenta de ingenuidad y de asunción de lugares comunes, pero que, al mismo tiempo, es reveladora de la fresca y fácil inspiración que siempre alentó la obra de Granados.

La Suite sobre cantos gallegos es la composición más sustancial, valiosa y extensa del cedé. También uno de los contados casos en que Granados recurre al motivo folclórico, de acuerdo con los consejos de su maestro Pedrell. Sus cuatro movimientos plantean una hilvanada recreación de ambientes y paisajes de Galicia, reflejados tanto en el uso de melodías autóctonas como por los ritmos utilizados, que reproducen danzas características. En el primer número, Canto de la mañana (también conocido como “En la montaña”), el protagonista es el oboe, que imita el sonido de la gaita -instrumento típico de Galicia- y entona una melodía que bien podría ser hermana casi gemela de la famosa La mañana (Morgenstemning) que abre la primera suite de Peer Gynt, de Edvard Grieg, publicada en 1875.

El segundo movimiento es una danza gallega en forma de scherzo, que inicia el fagot con un saltarín tema que luego reaparece en varias ocasiones como enlace entre diferentes pasajes y que posteriormente cantan, sucesivamente, el clarinete, la flauta y el oboe sobre un cuidado fondo sonoro de la cuerda. Un pronunciado redoble de timbal da paso al brillante episodio rítmico sobre el que se basa la sección central, con momentos líricos de fuerte carácter evocador protagonizados por la cuerda enriquecida con puntuales arpegios ascendentes del arpa.

Tan gallega como la gaita es la morriña, palabra que el diccionario de la lengua española define como “tristeza o melancolía, especialmente la nostalgia de la tierra natal”. Es una palabra y un sentimiento típicos de Galicia y de los gallegos, pero que el catalán Granados entiende perfectamente al recurrir a ella para nominar el tercer número de la suite, que se erige como bellísimo interludio de carácter añorante, en el que el oboe reaparece como ideal alter ego de la gaita. Cinco minutos de introspección y quietud que contrastan con la lírica brillantez del movimiento precedente y con la desenvuelta luminosidad del festivo tiempo final.

© Justo Romero

¹ El 2 de diciembre de 1831, el general José María Torrijos (1791–1831) lideró un intento de golpe de estado liberal para derrocar al régimen absolutista de Fernando VII. Aquel día, desembarcó acompañado por 60 hombres en la costa malagueña procedente de Gibraltar, pero el grupo fue objeto de una emboscada tendida por las autoridades absolutistas. Nueve días después, Torrijos y 48 de sus compañeros fueron fusilados sin juicio previo.


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