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8.573264 - GRANADOS, E.: Orchestral Works, Vol. 2 - Dante / La nit del mort / Goyescas: Intermezzo (Barcelona Symphony, González)
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Enrique Granados (1867–1916)
Música Orquestal • 2

 

Este segundo cedé que Naxos, la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya y Pablo González dedican a la obra sinfónica de Enric Granados con motivo de la conmemoración del primer centenario de su trágica muerte en aguas del Canal de la Mancha, el 24 de marzo de 1916, agrupa obras de diverso pelaje. Desde el intenso dramatismo del conocido Intermedio de Goyescas o la recreación de aires y giros gitanos y andalucistas de las dos danzas que contiene, al modernismo bien arraigado de La nit del mort. Como colofón, la que sin duda es una de las páginas cumbre del sinfonismo español de las primeras décadas del siglo XX: el poema sinfónico Dante.

“En Goyescas, el ritmo, el color, la vida netamente española y la nota de sentimiento, tan pronto amoroso, apasionado, como dramático, y a momentos trágico, se mezclan como se confundían en Goya los aspectos trágicos y los amorosos, las disputas y los requiebros”. Así describe Enric Granados la esencia expresiva de su ópera basada en pinturas de Goya y escrita originariamente en 1910 como suite pianística. Goyescas data de 1915 y constituye uno de los pocos títulos operísticos españoles que han alcanzado cierta difusión, más por la frescura de su melodismo de corte dieciochesco y por el prestigio de su creador que por el tópico y mal hilvanado libreto, firmado por el discreto escritor valenciano Fernando Periquet.

La ópera, estructurada en un acto y tres cuadros, incluye un intermedio sinfónico que ha logrado erigirse como uno de los fragmentos más conocidos de la música española y, por supuesto, el más popular de la obra de Granados. Apenas cinco minutos de música de intenso calado lírico, con un melodismo a flor de piel que llega directamente a la sensibilidad del oyente. Fue compuesto en una noche, precisamente en los días que precedieron al estreno absoluto de la ópera, en el viejo Metropolitan de Nueva York, el 28 de enero de 1916, programada en una doble función que también incluyó Pagliacci, de Leoncavallo. El origen responde a la necesidad de disponer de tiempo suficiente para realizar un cambio de escenografía entre los cuadros I y II surgido en el último momento. Muy pronto el fragmento adquirió vida propia y se convirtió en objeto de un sinfín de arreglos y adaptaciones para muy diversas combinaciones instrumentales.

Pocos días después del estreno de Goyescas Granados da a conocer en el Maxine Elliott Theatre de Nueva York una pequeña obra orquestal con título de inesperadas resonancias casi lorquianas: Danza de los ojos verdes. Fue el 10 de febrero de 1916, y en el estreno participó la célebre bailaora Antonia Mercé “La Argentina” (1890–1936), a quien figura dedicada. Sus convencionales compases se ciñen a la decimonónica tendencia del orientalismo teñido de tintes cíngaros que tanto marcó -y encorsetó- a la música de la época, y especialmente a la española. Se inician con una introducción basada en un pasaje en pizzicati a cargo de la sección de cuerdas que recuerda al Scherzo de la Cuarta sinfonía de Chaikovski. Pronto se impone un melodismo fácil y sin pretensiones, de pandereta y castañuelas, adobado por los característicos intervalos aumentados. El ambiente rítmico y festivo parece evocar alguna fragua del Sacromonte granadino. O, muy de lejos, las bastante más ambiciosas danzas de la Salome straussiana.

En la misma línea se inscribe la Danza gitana, fechada en la primavera de 1915 y dedicada a la fascinante bailarina Tórtola Valencia (1882–1955), una de las figuras artísticas más atractivas y enigmáticas de la España de principios del siglo XX. La partitura, presidida por una indicación de “Allegretto rítmico, con nobleza y donaire”, fue concebida para una plantilla orquestal de considerables requerimientos instrumentales, lo que dificultó su expansión.

El poema sinfónico La nit del mort (La noche del muerto) data de 1897, por lo que se emplaza entre las primeras obras de madurez de Granados, que cuenta 30 años cuando lo da a conocer imbuido de la corriente modernista que tanto alentó la creación catalana de la época. Concebido para tenor, coro y una generosa plantilla orquestal, sus difuminados compases de aromas franckianos y aires casi debussytas discurren bajo una indicación genérica de “molt pausat, respirant gran calma”. Sin embargo, el sosiego inicial adquiere pronto tintes épicos y la orquestación se torna grandilocuente y ampulosa, dentro de un ambiente inequívocamente descriptivo y sombrío, fiel al subtítulo “poema desolación” que Granados incorpora en el encabezamiento.

Dante es la composición más enjundiosa y extensa de este cedé. Nada que ver con el españolismo de cartón piedra de las dos danzas precedentes. “Obra vasta y oscura que distaba mucho de las tradicionales imágenes de una España alegre y soleada” al decir de Carol A. Hess, conoció rápida difusión tras su estreno en Barcelona, en junio de 1908, en el flamante Palau de la Música Catalana, inaugurado sólo cuatro meses antes. Granados revisó posteriormente el manuscrito en varias ocasiones, que pronto traspasó fronteras en su versión definitiva: el 9 de septiembre de 1914 se escuchó en Londres dirigido por Henry Wood al frente de la Queen’s Hall Orchestra; un año después, en 1915, apareció programado en la temporada de la Sinfónica de Chicago, que lo interpretó los días 5 y 6 de septiembre bajo la dirección de su titular, Frederick Stock, y con la célebre contralto Sophie Braslau como jovencísima solista. La crítica estadounidense acogió favorablemente la nueva obra, a la que consideró como una “revelación” y llegó a comparar con la exitosa Primera sinfonía de Elgar, escrita también en 1908.

Granados recurre a una ampulosa orquestación que elude la vena nacionalista para centrarse en dos episodios de La divina comedia, aunque los cuadros de Dante Gabriel Rossetti sobre la misma obra también le sirvieron de inspiración. “Mi idea al escribir Dante”, notó, “no ha sido seguir paso a paso La divina comedia, sino dar mi impresión sobre una vida y una obra: Dante-Beatriz y La divina comedia son para mí una misma cosa”. Sus compases, de carácter narrativo y claramente descriptivos, se configuran como un extenso poema sinfónico articulado en dos partes, en la segunda de las cuales interviene una mezzosoprano. Sin embargo, la concepción inicial era en cuatro movimientos, pero sólo llegó a culminar los dos primeros: Dante e Virgilio y Paolo e Francesca, este último basado en el Canto V de La divina comedia. Del tercero, La laguna Estigia, apenas dejó algunos esbozos.

En la partitura conviven las influencias de Franck y Fauré con la decidida pasión wagneriana de Granados, particularmente presente en el uso de un avanzado cromatismo que tiñe algunos pasajes de nebulosos y misteriosos acentos tristanescos. Un siglo después de su creación, y a pesar del éxito que alcanzó en sus primeros años, el Dante de Granados ha quedado inexplicablemente relegado al olvido. Hora es de que orquestas y programadores recuperen la que es una de las obras más relevantes del sinfonismo español de la época.

© Justo Romero


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