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8.573539 - TURINA, J.: Piano Music, Vol. 12 (Masó) - Recuerdos de mi rincón / La Venta de los Gatos / Navidad / El Cristo de la Calavera
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Joaquín Turina (1882–1949)
Recuerdos de mi rincón • La Venta de los Gatos • Navidad • El Cristo de la Calavera

 

“Verás que en esta ocasión he dedicado el disco a obras “programáticas” de Joaquín Turina. Debo de reconocer que eran piezas que me inspiraban desconfianza y cierta pereza, pero la verdad es que al trabajarlas me han parecido bastante interesantes, con momentos muy inspirados y de gran belleza, especialmente Recuerdos de mi rincón y La Venta de los Gatos. Espero que a ti también te gusten”. Son palabras del intérprete de este disco, Jordi Masó, al autor de las líneas que lo ilustran, en una cuartilla incluida en el sobre que le remitió con la copia de la grabación original de esta duodécima entrega de su monumental integral pianística de Turina.

Efectivamente, el experto “olfato” turinesco de Jordi Masó no se equivoca al valorar los contenidos del disco, cuyas obras se fechan entre 1914 (año en que compone la “tragedia cómica para piano” Recuerdos de mi rincón) y 1924, cuando escribe La Venta de los Gatos a partir de la conocida leyenda homónima de su admirado paisano el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. Una fecunda década creativa en la vida de Turina, que en 1916 culmina el “milagro o poema escénico en tres cuadros” Navidad, y entre 1923 y 1924 El Cristo de la Calavera, basado en otra conocida leyenda becqueriana, ambientada en Toledo. Obras “programáticas” que dan cuenta del fino sentido dramático con que Turina envolvía su vena pintoresquista.

El año 1914 fue transcendente para la música española. Con motivo del estallido de la I Guerra Mundial algunos de sus más prometedores protagonistas, que por aquel entonces estudiaban en París, abandonan la capital gala para retornar a la neutral España. Entre ellos Falla y Turina, quienes se asientan en Madrid, inmerso entonces en un rancio panorama musical. Falla se iría pronto a Granada, mientras que Turina se insertó de lleno en la vida madrileña, de la que se convirtió en uno de sus más activos y dinámicos adalides. Pero mientras el lenguaje de Falla evolucionó hacia postulados estéticos más afines a los nuevos tiempos, Turina se enrocó en un nacionalismo pintoresquista de cuño propio que le granjeó éxitos y el aprecio rápido y sin apenas fisuras de su entorno.

Es este ambiente madrileño y localista el que enmarca el nacimiento de Recuerdos de mi rincón, composición cargada de humor y sentido descriptivo. La curiosa partitura de esta “tragedia cómica” se encuentra plagada de pormenorizadas acotaciones, que la convierten en un auténtico guión teatral que incluso permite el desarrollo durante la interpretación de una escena de mimo protagonizada por los diferentes personajes que se suceden en la divertida acción. Es el propio Turina quien detalla los entresijos dramáticos de “esta colección de piezas en la que describo la tertulia que teníamos varios amigos en el desaparecido café Nueva España, de la calle de Alcalá. Entre otras personas de relieve, concurrían asiduamente los hermanos Berenguer, el director de orquesta José Lassalle y el pintor Villodas”.

Recuerdos de mi rincón es en realidad un bienhumorado divertissement constituido por doce miniescenas meticulosamente dramatizadas por Turina, quien en el manuscrito anota casi tantas matizaciones y acotaciones argumentales como notas musicales. En medio, por debajo y por encima de los pentagramas el compositor/escritor plasma entre comillas y en letra cursiva las mil y una incidencias y situaciones que vive y protagoniza el nutrido grupo de curiosos personajes que plaga la acción: don Joselito, el Diplomático, Tony el Mejicano, María, Muriedas, Eloísa, Amparo, el Melitar, el Maño, Pepe, Pepa la Granaína…

Turina los caricaturiza con el uso recurrente y casi wagneriano del Leitmotiv, y los vincula así a motivos musicales concretos: al “Maño” le asigna una jota aragonesa, a la Granaína unas características seguidillas, a Amparo (la camarera gallega) una inconfundible muñeira, la conocida danza gallega… Por no hablar de los aires marciales (toque de cornetín incluido) que tiñen el divertido pasodoble que representa al “Melitar”, o la cita del himno de México vinculado al personaje de Tony el Mejicano… Desenfadado humor que en absoluto desdibuja las bondades musicales de una partitura en la que en ningún momento deja de asomar el talento turinesco. No sólo en la cuidada textura pianística, sino también en el hábil uso de su inconfundible universe armónico y de los ritmos y aires populares. La obra, estrenada por Turina en un recital ofrecido el 15 de enero de 1915 en el Ateneo de Madrid, figura dedicada a los contertulios de su entrañable “rincón” en el madrileño café Nueva España, “pidiéndoles perdón de antemano”, anota con humor por el desenfadado retrato que de ellos vierte.

El poeta Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) y sus famosas Rimas han sido objeto frecuente de inspiración musical. Son abundantes las incursiones de compositores españoles en el mundo romántico de los populares versos del poeta sevillano. Desde Isaac Albéniz a Tomás Marco o Antón García Abril, sin olvidar a Tomás Bretón, Manuel de Falla, Enrique Fernández Arbós, Joaquín Rodrigo, Frederic Mompou y muchos otros, la presencia de Bécquer en la música española ha sido permanente.

Turina en absoluto es una excepción. Su admiración por las rimas y leyendas de su paisano late como una constante en su obra. “La honda y sutil esencia sevillana del poeta” de la que hablaba el musicógrafo español Federico Sopeña caló siempre en el sevillanísimo creador de la Sinfonía sevillana, que ya en 1911 compone su primera obra becqueriana, Rima opus 6, para voz y piano, con textos del poema Yo soy ardiente, yo soy morena. En 1923 retorna a los versos de Bécquer en la última de las Tres arias opus 26, que utiliza la rima Te vi un punto… Diez años después, en 1933, los revisita en Tres poemas para canto y piano, opus 81, basados respectivamente en las rimas Olas gigantes, Tu pupila es azul y Besa el aura que gime.

Las otras dos obras inspiradas explícitamente en Bécquer son las recogidas en este disco programático: El Cristo de la Calavera opus 30 (que recurre a una de las conocidas Leyendas), y La Venta de los Gatos opus 32, cuyos versos homónimos datan de 1862. Como escribe Jordi Masó, La Venta de los Gatos es obra enjundiosa y plagada de “momentos muy inspirados y de gran belleza”, que Turina desarrolla armado en una escritura de ambiciosa factura, en la que, como en toda su obra para teclado, aflora su condición de pianista, de la que sin duda hizo gala la tarde del estreno, el 7 de marzo de 1925, cuando la tocó en el Ateneo de Sevilla, a no mucha distancia del lugar en el que se ubicaba realmente La Venta de los Gatos, “en mitad del camino que se dirige al Convento de San Jerónimo desde la Puerta de la Macarena”.

Turina compone los tres números de El Cristo de la Calavera entre noviembre de 1923 y 1924. Se trata de una fidedigna recreación musical de la conocida leyenda popular recogida por Bécquer; de un verdadero tríptico escenográfico “llevado a una considerable dimensión musical”, según Esteban Sánchez, quien fue uno de sus mejores intérpretes. Turina detalla en la partitura cada instante de la acción, y utiliza de modo onomatopéyico algunos recursos pianísticos, como el pronunciado y descendente glissando que describe la caída al suelo del guante de doña Inés de Tordesillas. Es este hecho fortuito el desencadenante del conflicto que nutre la acción dramática: los no correspondidos amores que profesan los caballeros Alonso de Carrillo y Lope de Sandoval a la bella doña Inés y el fallido duelo que ambos intentan mantener ante la poco cómplice imagen del toledano Cristo de la Calavera. La obra está dedicada al pianista y compositor Joaquín Nin, “con un apretado abrazo de su viejo amigo J.Turina. Junio 1924”.

El “milagro en dos cuadros” Navidad fue concebido originalmente como un poema escénico orquestal, y así se estrena el 21 de diciembre de 1916 en el Teatro Eslava de Madrid. Meses después, en septiembre de 1917, realiza una reducción para piano, que revisa sustancial-mente en 1927, antes de entregarla a la imprenta. En ella plasma de nuevo con minuciosidad de orfebre su inclinación descriptiva. Notas, letras y palabras se aúnan en la partitura para concretar de modo admirable cada detalle de una acción dramática plena de referencias y citas de música sacra, villancicos, coplas y temas populares. Todo a través de un pianismo exigente cuya raigambre turinesca no oculta reminiscencias debussystas.

© Justo Romero


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