About this Recording
8.573542 - BROUWER, L.: Concierto de Benicàssim / RODRIGO, J.: Concierto de Aranjuez / MARTIN, F.: Guitare (Trápaga, Real Filharmonía de Galicia, Díaz)
English  Spanish 

Leo Brouwer (nacido en 1939): Concierto de Benicàssim
Joaquín Rodrigo (1901–1999): Concierto de Aranjuez
Frank Martin (1890–1974): Guitare

 

Creo que el origen primero del Concierto de Aranjuez se puede situar en la Toccata que Joaquín Rodrigo (1901–1999) dedicó a Regino Sáinz de la Maza en 1933 y resultó ser una composición de unas dificultades técnicas inabordables para los guitarristas de aquel tiempo. Rodrigo aprovechó algún trazo de la misma cuando escribió el Concierto de Aranjuez—en la cadencia del segundo movimiento, por ejemplo—, pero sobre todo la utilizó para construir el primer movimiento de su Concierto de estío para violín y orquesta de 1943.

El original para guitarra de la Toccata quedó olvidado en un cajón del estudio de Sáinz de la Maza, cerca, seguramente, de la Sonata que Antonio José Martínez Palacios le dedicó ese mismo año de 1933. Si la Sonata de Antonio José salió a la luz en 1990, la Toccata de Rodrigo no se pudo escuchar en guitarra por primera vez hasta 2006. Fueron, como otras piezas importantes del repertorio guitarrístico, músicas escritas para el futuro.

Otra obra maestra de la guitarra del siglo XX, compuesta también en ese annus mirabilis de 1933, que corrió una suerte pareja a la Toccata de Rodrigo y la Sonata de Antonio José, fueron las Quatre pièces brèves del compositor suizo Frank Martin (1890–1974). Compuestas para Andrés Segovia, se toparon con la desatención absoluta del intérprete y no se empezaron a difundir entre los guitarristas hasta la edición que hizo en 1959 Karl Scheit dentro de la colección Musik für Gitarre que dirigía para Universal Edition. Antes, como hiciera Manuel de Falla con su Homenaje a Debussy de 1920—la pieza que inauguró el repertorio moderno para guitarra—, Martin hizo inmediatamente una transcripción para piano bajo el título Guitare. Suite pour le piano, portrait d’Andrés Segovia y, en 1934, a instancias de Ernest Ansermet, realizó la versión orquestal, con el título de Guitare sin más. Esta orquestación se graba por primera vez en este disco y, pese a las dudas acerca de la estima que pudiera tener el compositor por esta versión a causa quizá de las injerencias de Ansermet, lo cierto es que hoy—cuando las Quatre pièces brèves en su forma original se han convertido en un capolavoro indiscutible del repertorio guitarrístico de todos los tiempos—interesa mucho el extraordinario colorido y la enorme fuerza de la versión orquestal que, en alguna medida, reflejará la quimérica guitarra que tenía en mente Martin cuando compuso su obra.

No fue menos quimérica, seguro, la guitarra de Martin que ese instrumento fantasmagórico, gigantesco y multiforme, con alas de arpa, cola de piano y alma de guitarra, que resonaba en la imaginación de Joaquín Rodrigo cuando hablaba de su Concierto de Aranjuez en línea con la música de la tradición española más castiza de Isaac Albéniz, Enrique Granados, Manuel de Falla y Joaquín Turina. Y de la misma manera que la brecha de años abierta entre la composición y la difusión de obras como la Toccata de Rodrigo, la Sonata de Antonio José o las Quatre pièces brèves de Martin, el Concierto de Aranjuez tuvo también su tiempo de oscuridad, porque durante la primera década de su existencia vivió prácticamente confinado en los límites de una España políticamente aislada y en el repertorio exclusivo de un guitarrista que a duras penas podía superar las dificultades técnicas planteadas por el compositor. Así, aunque el Concierto de Aranjuez se estrenó en 1940, el inicio de su proyección internacional no comenzó hasta 1950 cuando, después de la resistente obstinación de Segovia en no incluirlo en su repertorio—yo siempre he pensado que por consideraciones técnicas más que de ningún otro género—, lo interpretó Narciso Yepes con la Orquesta Nacional de España, dirigida por Ataúlfo Argenta, en el Théâtre des Champs Élysées de París. Desde entonces, esta obra se ha convertido en el mejor argumento de los guitarristas para presentarse al lado de una orquesta sinfónica y, más que eso, el Concierto de Aranjuez—en especial su Adagio—ha llegado a ser un verdadero fenómeno de la historia de la música occidental con un impacto prácticamente global. Y todavía hoy, cuando ya se han cumplido los 75 años de su estreno, escolta el nacimiento discográfico de nuevos conciertos para guitarra y orquesta como, en este caso, el Concierto de Benicàssim de Leo Brouwer (1939) que no deja de hacer alguna referencia al Concierto de Aranjuez en detalles como los ritmos de petenera—más que de guajira—que aparecen en el primer movimiento o el canto del oboe en el inicio del segundo.

Brouwer compuso el Concierto de Benicàssim en 2002 como homenaje en el 150 aniversario del nacimiento del guitarrista romántico Francisco Tárrega (1852–1909). Sin embargo, apenas hay un par de guiños a la música de Tárrega en la cadencia final—el trémolo, tan extraño al lenguaje guitarrístico de Brouwer, y un breve “tempo di mazurka lenta”—y sí una especie de ultra-romanticismo, muy cinematográfico, que sobrevuela toda la obra. De hecho, en el movimiento central, Lento, Brouwer reelabora una música que compuso en 1968 como parte de la banda sonora del destacado film cubano Memorias del subdesarrollo. Este tema tan característico, que en la película aparecía con flauta acompañada por la guitarra como base sonora del recuerdo de un tiempo mejor, se desvela en el final del movimiento central del concierto entre ritornelos atonales de la orquesta.

Noveno de los conciertos de Brouwer para guitarra y orquesta, el Concierto de Benicàssim—“un panorama de cosas mías”, según lo definió el compositor—lo estrenó en 2002 Gabriel Estarellas. Tras el estreno, este concierto desapareció durante una década hasta que en 2012 lo interpretó Miguel Trápaga, bajo la dirección del propio compositor y la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, en el Teatro Teresa Carreño de Caracas. Con ocasión de esta especie de renacimiento del Concierto de Benicàssim, Brouwer, en diálogo con el guitarrista, tomó la decisión de suprimir las repeticiones indicadas en la partitura en los movimientos segundo y tercero, dejando sólo una repetición en el primer movimiento. Con esos cortes, la obra gana concisión, sin perder la densidad y la amplitud que la caracteriza, y gana también la fluidez del discurso de una guitarra amplificada capaz de dialogar con una gran orquesta empleada sin restricciones. Una guitarra que, más que los sueños y quimeras de los compositores de la primera mitad del siglo XX, refleja ya el alcance de un instrumento plenamente realizado. Sin embargo, la década de silencio desde su estreno hasta su siguiente interpretación y el tiempo que ha pasado hasta su primer registro discográfico, que es este que presentamos aquí, hacen que el Concierto de Benicàssim, como a las obras que le acompañan en este disco, fuera también música para el futuro. Confiemos en que ese sea también su destino.

Javier Suárez-Pajares


Close the window