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Javier Extremera
Ritmo, March 2013

KNOWLEDGE IS THE BEGINNING (Documentary, 2005) / THE RAMALLAH CONCERT (2005) (Barenboim) (NTSC) 2054338
SHCHEDRIN, R.: Russian Composer (A) (Documentary, 2012) (NTSC) 101663

Documentales que nos allanan el camino hacia la música hecha en vivo. Dos películas que nos ayudan a entender mejor el concierto que las complementa. Vuelve a reeditarse el multipremiado Knowledge is the beginning (El conocimiento es lo primero) que Paul Smaczny filmara sobre el bendito proyecto de la West- East Divan, ese bofetón musical y humanista a las políticas de permanente intolerancia y confrontación en que lleva sumido (durante décadas) Oriente Medio. Después de que la leucemia se llevara a Edward Said, hoy descansa sobre los anchos hombros de Barenboim, que mantiene viva la llama, pese a los continuos soplidos de esa clase política que vive a costa de lo que ellos protestan. En ese aspecto el documental posee momentos de enorme clarividencia, como cuando el bonaerense encabrona a una gerifalte ministra israelí arropada con la bandera canallesca del patriotismo, a la que le desmonta todo su tinglado con una simple lectura de la proclamación de independencia del Estado de Israel, ese que tanto rememora los valores eternos de “libertad, igualdad y fraternidad”.

Estructurada narrativamente entre los años 1999 y 2005, el filme (con subtítulos) nos muestra su continua evolución, robando momentos a la rutina diaria de este taller, donde además de hacer música se dialoga sobre el eterno jeroglífico judeo- árabe. A los muchos fragmentos de ensayos y conciertos se le ensamblan comentarios de los estudiantes y colaboradores, que culminan su aventura ofreciendo un concierto en Ramallah, ciudad donde el único sonido que se escucha diariamente es el que producen las máquinas excavadoras israelíes levantando el enorme y desconcertante muro. Weimar (incluida visita a la trituradora que “la solución final” montó en Buchenwald), Sevilla (sede central en Pilas), Córdoba (ejemplo de convivencia de las tres religiones), Marruecos (primer país árabe donde actuó la orquesta) o Palestina, son las tarjetas postales que nos muestran durante el viaje.

Lo que resulta sonrojante es que EuroArts, en esta nueva publicación, se haya olvidado de incluir el sonido 5.1 y DTS que sí poseía el producto primigenio (Warner), pese a que tengan el rostro de anunciarlo en su carátula. Todo vale en el capitalismo especulativo de hoy, incluso el de tergiversar el envoltorio. A cambio del gato por liebre este nuevo lavado de cara incluye una charla inédita de una hora entre Said y Barenboim.

El concierto de Ramallah (2005) posee ese halo de acontecimiento histórico que a veces rodea a Barenboim, rememorando espiritualmente el que celebró la caída del muro berlinés en 1989 (Das Konzert). La Sinfonía Concertante K 297b y la Quinta de Beethoven fueron las obras escogidas para el debut (sin incidentes) en el avispero territorial para la que fue creada. Un Cultural Palace tomado por el ejército y repleto de público (que no para de cazcalear por la sala) fue testigo de unas versiones estimables y sinceras, de esas que se siguen con atención. Los cuatro solistas cumplen con creces el mozartiano reto (sobre todo en el sereno y embriagador Adagio) que dio paso a una Quinta de nervio y fuego (marca de la casa), rítmicamente irreprochable. El bonaerense sacó su chistera en el Fugato del tercer movimiento, aunque el fascinante éxodo del Do menor al Do mayor del precipitado Allegro final termine escurriéndosele de las manos como un pez. Lo realmente importante estaba ya hecho y poco importaba el peso y la magnitud de las interpretaciones. Barenboim termina preguntando “¿aprendemos a compartir o seguimos matándonos?”, antes de dar como propina un emocionante Nimrod. Próxima estación ¿Israel?

Rodion Shchedrin es un músico a contracorriente, atado al ancla de la tonalidad y la melodía, un romántico empedernido que tiene a Tchaikovsky como particular Dios de su oficio. Un bicho raro disecado del pasado, perdido en el presente. Religioso y creyente hasta la médula (aborrece el bolcheviquismo) reza que “la música es el único lenguaje que nos enlaza con el cielo”. Complicado sobrellevar esta pesada carga espiritual en otro avispero, históricamente tan anticlerical, como Rusia o la extinta Unión Soviética. Wolf Seesemann se ocupa de revelarnos la figura de este autodidacta compositor moscovita amante de la tonalidad y obsesionado con el ritmo, que disfruta enormemente con la naturaleza, el baile y el folclore popular, lo que se hace inevitable compararlo con su colega Khachaturian. En Occidente le conocemos gracias a la obstinación de gigantes como Rostropovich o Vengerov, rendidos admiradores de su (casi) desconocida obra. En el filme vemos como le lanzan flores en forma de halagos los Maazel, Gergiev, Svetlanov, Pletnev o Maris Jansons.

Casado con la bailarina Maya Plisetskaya, el filme (sin subtítulos) mezcla entrevistas espaciadas en el tiempo que no emborronan la unidad fílmica. Su encuentro en Kuybyshev con un Shostakovich evacuado de Leningrado, le marcará eternamente. Un repaso profesional que nos abre los ojos para adentrarnos en el Concierto celebrado por su 75 cumpleaños en el Conservatorio moscovita. Como cómplice la Orquesta Nacional Rusa (de enorme sequedad y dureza tímbrica) dirigida por un pétreo Pletnev. Los Diálogos con Shostakovich, que rememoran el lenguaje de su endiosado espejo musical, dan paso a la misteriosa Parábola Concertante, donde el chelo de Geringas adquiere los ropajes del monje Golovan. Los fragmentos sinfónicos del ballet Anna Karenina (locomotora incluida) enlazan con dos orquestados Tangos de Albéniz (incluido el más popular de sus Seis hojas de álbum). Músicas (aún a primera vista) de fácil asimilación y digestión, condenadas irremediablemente a ser cubiertas por el polvo del tiempo. © 2013 Ritmo





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