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Pedro González Mira
Ritmo, May 2014

No lo hice. Así que, antes de que me ponga a escribir y al final me lo calle por no caberme, empezaré esta vez por ahí: lo que quizá me haya resultado más sorprendente de este Anillo, cuya última entrega se presenta ahora, es el rendimiento de la Orquesta de La Scala. No ya por su disciplina y seguridad, por su extraordinaria respuesta en la ejecución; ni siquiera por la belleza sonora exhibida tanto al tocar fuerte como bajo las muchas “pes” que se pasean por la partitura, sino por su asombrosa adecuación sonora a Wagner, y más concretamente a los sonidos de la Tetralogía, que evidentemente son únicos en la producción del compositor. Una vez más se desmonta la tontería esa de que existe una relación entre las nacionalidades del compositor y la de la orquesta que interpreta su música: mejor una orquesta alemana para Beethoven, mejor una española para Falla, mejor una americana para Gershwin… Tonterías; la cuestión es quién las dirige. Punto.

Y esta vez lo ha sido por uno de los mejores wagnerianos vivos, y no ya por la química que guarda con el autor de Tristán, sino porque la experiencia que acumula en la preparación y dirección de sus óperas es enorme; amén de la acumulada por haber compartido el trabajo con los mejores directores de escena del circuito. En esta ocasión, por cierto, lo ha hecho con uno (Guy Cassiers) con bastante experiencia teatral pero no tanta en ópera. El resultado final, valorando el todo, ha sido visualmente aceptable, pero conceptualmente provinciano. No ha habido, desde luego, entendimiento entre el diseño escénico y la interpretación escénica, visiblemente abstracto el primero, exasperantemente figurativo el segundo, con apoyos coreográficos a mi entender no ya innecesarios sino molestos. En fin, dejemos esto, porque si esta Tetralogía ha sido “algo más” no ha influido en ello precisamente la puesta en escena, que en todo caso ha funcionado bastante mejor en la cuarta entrega, un Ocaso de los dioses en la que al fin se ha podido ver algo de teatro, sobre todo en el segundo acto.

Lo mejor y más relevante, y más significativo, ha sido la dirección orquestal. No ha sido para mí este Ocaso el mejor que haya escuchado hasta el presente (musicalmente mi modelo sigue siendo Solti), pero sí puedo decir que ha habido momentos absolutamente irrepetibles. Por ejemplo, los interludios del Prólogo y entre la segunda y tercera escena del primer acto, o el monólogo de Waltrauta en la tercera escena del primer acto, o, sin más, todo el segundo de una fuerza dramática portentosa. Me ha gustado menos (poniendo el listón a la altura que merece el asunto) el empeño que a veces pone Barenboim en limpiar la parte épica del personaje de Sigfrido, para insistir demasiado en su desvalimiento y debilidad. Por ejemplo, en la Marcha Fúnebre, de un lirismo que no me convence; o también en todo el postludio final, antes de aparecer el último sublime tema, en el que Barenboim decide renunciar a cualquier atisbo de grandeza. Y en fin, debo resaltar una vez más la generosísima mano del argentino para con los cantantes, para evitarles sufrimientos innecesarios. En este caso, además, hubo uno que necesitaba no una mano sino unas cuantas. Me refiero a Lance Ryan, que se pasó la función entera sufriendo y haciéndonos sufrir a todos. Ya dije lo que pensaba de su Sigfrido, nada bueno como se recordará, pero lo de ahora ha sido tremendo: entre octubre de 2012 y junio de 2013 (fechas de las respectivas representaciones grabadas de Sigfrido y Ocaso) este señor se ha quedado sin voz. En el Ocaso volvió a mostrar su habitual buena voluntad y estupenda planta física, pero acabó prácticamente hablando.

Cuando me referí en estas mismas páginas a la segunda jornada, les anuncié que en la tercera, lamentablemente, no estaría Nina Stemme como Brunilda. Ya había escuchado en este papel a Iréne Theorin en un (por otro lado absurdo) Anillo que fue grabado para el DVD por el sello Decca. Dirigía aquel bodrio Michael Schønwandt, y entonces (2006) ni la voz ni la presencia dramática de esta señora me parecieron especialmente reseñables. Pero siete años son muchos para una cantante de estas características, y ahora se puede decir que estamos ante algo bien diferente. La voz se ha ensanchado muchísimo, ha aumentado en potencia, ha ganado en color y músculo en la zona aguda, que ahora tiene una espectacular densidad. Sin embargo, en la zona central ha empezado a aparecer un molesto trémolo. La voz es tan enorme, que a medida que fue calentando ese trémolo fue atemperándose poco a poco, para acabar en la escena de la inmolación sin apenas notarse. ¿Quiere decir todo esto que estamos ante una Brunilda comparable a la de la Stemme? Pues no. Theorin, alumna de Birgit Nilsson, a sus 50 años, parece haber llegado a su límite, y en este no se percibe a una intérprete tan completa. El estilo es bueno, la presencia, inmejorable, y la voz apropiada, pero la falta de emoción es también ostensible; uno no acaba de creerse del todo lo que nos cuenta la desdichada walkiria. En su dúo con Waltrauta se ve bien quién es quién en Wagner; Waltraud Meier le explica con pelos y señales cómo hay que exponer esa “emoción wagneriana”. Acaba casi convenciéndola para que devuelva el anillo a las hijas del Rin.

En el resto del reparto hubo de todo. Johannes Martin Kränzle volvió a ser Alberico, gracias a Dios, porque nuevamente demostró que es uno de los mejores que nunca se vio sobre las tablas. El Gunther de Gerd Grochowski es un poco corto pero estuvo bien cantado; la voz es adecuada. Anna Samuil, que ya me había causado una excelente impresión como Freia en El oro, fue una muy centrada Gutruna, tanto escénica como vocalmente (dobla en la tercera norna). Por último, Mikhail Petrenko es una gran voz que sin embargo no es adecuada para Hagen. Es un cantante poderoso que maneja muy bien sus abundantes medios, pero el color del instrumento, muy claro, no es el apropiado para el rol. Además su interpretación es algo plana, o, dicho de otra manera, no llega a dar al malo malísimo que es Hagen; canta muy a la romántica, lo que no es deseable para el “feísta” Hagen. Mención especial merecen los dos grupos de secundarias (Nornas y Ninfas), excelentes. Claro que a Waltraud Meier no le importa hacer la segunda norna: ¡qué increíble profesional, magnífica cantante y genial intérprete!; su Waltrauta sigue siendo un espectáculo, aun en condiciones vocales ya mermadas.

En resumen, un buen colofón para este Anillo, que, aun con sus defectos (los hemos ido comentando desde estas páginas en números anteriores), acaba siendo una creación imprescindible para cualquier aficionado a Wagner que se precie. Lo he dicho muchas veces pero lo repetiré: ojalá que Barenboim tenga alguna vez la oportunidad de atraer el interés de alguna compañía de discos para grabar un Anillo en audio, con un grupo de cantantes como es debido, cosa muy improbable con la que está cayendo. Pero esta sería la única manera de que al fin pudiéramos comparar de verdad a los dos grandes directores wagnerianos de nuestro tiempo desde Knnapertsbusch. © 2014 Ritmo





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