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Gonzalo PĂ©rez Chamorro
Ritmo, March 2014

Con una rebeca con filigranas de ochos, de color crema, sencilla y posiblemente de una talla mayor que la suya, para manejarse con comodidad, Carlo Maria Giulini camina lentamente hacia el ensayo con los músicos de la Sinfónica de Stuttgart, acompañado por, se supone, algunos directivos de la orquesta, que le indican el camino, una compañía protocolaria, pues el maestro de Barletta sabe perfectamente hacia donde tiene que dirigirse. Ante tímidos aplausos de los profesores, que lo observan con respeto y admiración, y tras unas palabras de cortesía, Giulini se deshace de su rebeca, sabiendo lo que se le viene encima. Estamos en 1996, Giulini tiene 83 años y los profesores de la Orquesta Sinfónica de la SWR de Stuttgart seguramente conocían su grabación de esta colosal partitura con la Filarmónica de Viena para DG, realizada casi una década antes.

Giulini falleció en 2005, había anunciado su retirada seis años antes, en 1999. Este documento audiovisual es, por tanto, uno de los últimos testimonios del maestro, del que desconocíamos su trabajo en los ensayos. Giulini va directo al grano, comienza a dirigir y entona los pasajes para que el músico sepa donde tiene que acentuar o dar énfasis rítmico, pero no hace suposiciones filosóficas ante la inmensidad de la música (Celibidache) ni consideraciones históricas (Bernstein). Transmite su habitual caballerosidad y elegancia, pero cuando tiene que poner las cosas en su sitio lo hace con contundencia. Donde Celibidache nos hablaría de un por qué filosófico (Arthaus tiene unos ensayos imprescindibles del rumano en Munich, DVD 101555), Giulini “simplemente” deja fluir la música, asentando con un leve movimiento de la cabeza su satisfacción por la profundidad que transmite la interpretación. Entre un sobrio alemán, con palabras en inglés y algún término en italiano, les agradece durante el ensayo el compromiso emocional: “Tocan desde el corazón…Así es…¡Sigan cantando!”. Y es este verbo el que más conjuga, especialmente en el inicial Feierlich (Misterioso), insistiendo una y otra vez, “¡Cantando… no me canso de decirlo!”, replica a las violas, a las que les indica, solo una vez pero con mucha rotundidad, que tienen que tocar con el arco cerca del mástil, en caso contrario no sonará como él quiere.

Ensayo e interpretación

El ensayo viene a durar aproximadamente lo mismo que la interpretación, y en él se percibe que Giulini, aunque lleva su partitura, pasa cada hoja y dirige con los ojos cerrados (algo habitual en el italiano), la lleva grabada a fuego en lo más profundo de su alma. “Les daré tiempo para desarrollar el crescendo, quiero que lo mantengan”, afirma para el final del Misterioso, donde corrige a un trombón, al que le hace quitar un triple forte de su partitura por uno solo: “Haz un crescendo en lugar de…”. El efecto es demoledor (de qué modo tan distinto Giulini convence al músico, cuando Celibidache, en el ensayo de la Misa en fa menor, con un asunto similar, se aseguraba la verdad absoluta ante su edición y no ante la que le enseñaba el confundido instrumentista con una indicación dinámica distinta).

En el segundo movimiento insiste en crear sensación pesada con notas largas, regresando al canto en el bellísimo Trio (los músicos se miran unos a otros como si hasta ese día no hubiesen sido capaces de descubrir en esta obra tales bellezas y sus propias aptitudes para crearlas). Recurre a una sola broma en todo el ensayo cuando un excesivo pianissimo, al comienzo del Adagio final, provoca “esto no es Bruckner, es Debussy…”. Además de unificar el tono en las tubas, que no todas estaban en si bemol, lo que ratifica su legendario oído, al concluir la sesión de ensayo, deja escapar esta joya: “¡Bravo! Mañana lo tocaremos así, sin llegar a ser excesivamente emocionales, en ese caso nos volveremos extravagantes…”.

Tras los ensayos, la interpretación es prodigiosa, alcanzando un estado de concentración milagroso en el Adagio final, que a cada compás se regenera en energía, abstracta, como si brotara de un invisible generador que la mantiene con vida pero que en cualquier momento puede detenerla. Solo hay una sombra, la de la Filarmónica de Viena, con la que realizó la grabación bruckneriana más grandiosa de todos los tiempos, incluyendo las mágicas de Celibidache (al nivel de la Séptima con la Filarmónica de Berlín, DVD EuroArts), que al oyente condiciona e involuntariamente le lleva a la comparación. Qué lástima que no llegara a grabar la Misa en fa menor, lo que habría llegado a hacer…

Creo recordar que en su día José Sánchez Rodríguez calificó con una R este disco en su primitiva edición, que ahora se presenta con el mismo audio y misma imagen tradicional en 4:3. Al menos no han tenido la desfachatez de recortarlo, como han hecho con otras reediciones, para adaptarlo al moderno encuadre de 16:9. Es un simple lavado de cara, pero el contenido es de tal importancia, que se recomienda por sí solo. Y es que ya no quedan maestros como estos. © 2014 Ritmo





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