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Pedro Coco Jiménez
Ritmo, October 2014

Pocos nombres se pueden asociar tan estrechamente a la más reciente historia del Teatro alla Scala como el del napolitano Riccardo Muti, que fue director principal de su orquesta durante casi veinte años, de 1986 a 2005. No nos extraña pues que el sello Arthaus, que saca buen provecho de su catálogo con constantes reediciones y cofres temáticos, le haya dedicado una caja con cinco retransmisiones televisivas (ya disponibles por separado y algunas en otros sellos como TDK) efectuadas en sus últimos años de reinado. Dado el carácter más económico del paquete, aunque no todo lo que debiera, se incluyen los cinco DVDs sin más, y echamos de menos una carpetilla más detallada que cuente su historia (daría para más de una mera carpetilla) en el teatro, no exenta de polémica y anécdotas curiosas. Por cierto, no debemos olvidar que aunque su cargo comenzó en 1986, Riccardo Muti ya había dirigido en este teatro desde 1974, y su primera ópera, Le nozze di Figaro, llegó en 1981.

Las comentaremos por orden cronológico, tocando abrir la reseña a un Don Pasquale interesante, que llegaba a Milán después de diez años en una nueva producción de Stefano Vizioli. Este regista se presentaba por primera vez en La Scala, y para ello eligió una puesta en escena tradicional y muy dinámica. El doble reparto de las funciones estaba planeado según los gustos y preferencias mercadotécnicas del momento, reservando el estreno a los que por entonces grababan más discos y estaban mimados por los teatros. Comenzamos por la irregular soprano Nuccia Focile, mejor actriz que cantante que no escapó a la ira de los loggionisti, o el barítono Lucio Gallo, toda una promesa de su cuerda. Muy desenvueltos sobre las tablas, ambos frasean con estilo, pero no llegan a convencer vocalmente. Completan el reparto el por entonces aún fresco Ferruccio Furlanetto y el brillante Gregory Kunde, un Ernesto con todas las notas y con la elegancia y soltura que el rol requiere.

Resulta todo un placer escuchar esta versión de Muti, de una ópera que ama especialmente, y que con tanta razón ha defendido desde sus inicios. La partitura suena brillante, llena de vida y de color, y los contrastes resultan siempre acertados. Ocho años después se grabó en Cagliari la misma producción con la protagonista que entonces hacía de segunda Norina, Eva Mei, mucho más redonda y acompañada de un reparto más homogéneo.

La nueva Manon Lescaut de Puccini se estrenaba en el verano de 1998, solo seis años después de la del recientemente fallecido Lorin Maazel, y no se ha vuelto a reponer desde entonces. La producción de Liliana Cavani, espectacular por lo detallista y fiel a la época, sí que pudo verse posteriormente en el Liceo de Barcelona durante la temporada 2006-2007 y precisamente con la misma protagonista de este estreno milanés: una Maria Guleghina que en la época tenía pocas rivales en este repertorio. De voz enorme y bien utilizada, no hay problemas aparentes en su recreación, que redondea desde el inicio. Menos acertado por su descontrol está José Cura, que al menos entonces cantaba sin mostrar muchos de los problemas técnicos que acuciaría después. Y lo mismo podríamos decir de un Lucio Gallo que cuatro años después del Don Pasquale aún era considerado un barítono prometedor.

Como anécdota, podemos añadir que fue esta la primera ópera de Puccini que Riccardo Muti dirigió escenificada, habiéndose encargado únicamente en Philadephia de una Tosca en concierto con Carol Vaness y Giuseppe Giacomini. No sorprende la madurez, hablamos de un maestro con mayúsculas, que presenta su visión poliédrica del drama y que brilla especialmente en el inmenso tercer acto. Con gran acierto, Muti dedicó su primera Manon Lescaut a su maestro Antonino Votto.

Otello con Domingo
Para el Otello que abrió la temporada 2001-2002 se contó con el mismo cantante que 25 años antes la había interpretado allí por primera vez: Plácido Domingo. Del protagonista, en un rol que dominaba desde hacía tantos años, poco podemos añadir. Obviamente no brilla como el de la época de Kleiber, pero desde luego nos lleva a su terreno por las tablas, la experiencia y ese magnetismo que como él pocos ya tienen. Nos descubrimos ante su modo de defender un personaje que lleva su nombre para siempre. A su lado, un Jago también maduro y con un bagaje verdiano indiscutible: Leo Nucci. La voz no es la de sus primeros Jagos, aunque la interpretación es de todo respeto, porque al igual que Domingo, conoce bien como suplir lo que ya no posee con grandes dosis de teatro y técnica. Y algo por detrás está la que en esa época sí que se encontraba en el momento álgido de su carrera, una Barbara Frittoli que, quizás, intimidada por tanta estrella verdiana, nos presenta una Desdemona más débil de lo habitual y con un vibrato que comenzaba a ser más que patente. La belleza del instrumento está fuera de discusión, como lo está su belleza física y porte en escena, y aunque no llega a la altura de sus recreaciones anteriores, nos regala una protagonista de centro carnoso y acentos melancólicos.

La puesta en escena de Graham Vick, con vestuario de la simpar Franca Squarciapino y elegantes decorados (a veces reducidos a la mínima expresión) de Ezio Frigerio se deja ver con placer, aunque dista de estar a la altura del acontecimiento: el adiós de Domingo a su rol más redondo. Afortunadamente, y como pasa siempre con el maestro de Busseto, la dirección de Muti, llena de contrastes, energía y ese teatro que le falta a la dirección escénica, hace que este DVD suba muchos enteros en su valoración.

Para inaugurar la última temporada que la compañía milanesa debía pasar en el periférico Teatro degli Arcimboldi, más democrático pero menos cómodo en muchos aspectos (a excepción de la facilidad para encontrar entradas), Riccardo Muti eligió un Rossini serio. Este repertorio no le era desconocido, pues ya había presentado por ejemplo Guillermo Tell y La donna del lago en los ochenta con gran éxito, pero era la primera vez que se enfrentaba a la partitura francesa del Moisés, que tantas veces se había visto allí en italiano. Para ello se eligió una puesta en escena de Luca Ronconi, que casi reproduce la que se estrenó en la Ópera de París veinte años antes. En ella, se dan la mano la época del libreto y la de la composición en una conjunción bastante bien entendida. Entiende asimismo bien el maestro Muti lo que demanda Rossini en esta ópera, y así, sale victorioso en una partitura que por duración puede resultar árida a muchos oídos. La lectura, que no pierde fuerza, opta afortunadamente por incluir los ballets.

Las voces graves masculinas, aunque correctas y jóvenes, pierden fuerza frente a un reparto femenino más sólido, donde Sonia Ganassi, en una época en la que aún no había dado el salto defi nitivo a un repertorio más pesado, se presenta como una Sinaïde de respeto; al igual que Barbara Frittoli, que a pesar de algunas asperezas en los extremos, nos muestra una Anaï frágil y delicada de timbre y fraseo puramente italianos. Con una técnica rudimentaria y mucho de natura, como es habitual en él, Filianoti va perdiendo fuelle a lo largo de la velada, pero debemos reconocer que salva la noche con decoro.

Robert Carsen
Y de Rossini a Poulenc, un salto estilístico y cronológico importante, para fi nalizar la pequeña colección de Arthaus. En la misma temporada que se abría con el Moïse encontrábamos también esta rareza en el catálogo del maestro italiano. Es una pena que no se llevara a cabo en La Scala, porque allí precisamente se estrenó en 1957, con un reparto de lujo que incluía a la Zeani o la Gencer, por citar solo a dos de las muchas estrellas del cartel. Sin llegar a las excelencias de esa función, que se daba en traducción italiana, encontramos también un elenco homogéneo en el que todo funciona, empezando por la entregada protagonista y fi nalizando por la mayor atracción (desde el punto de vista mitómano) que era ver aún a Anja Silja en escena; pero al igual que ocurrió con Kabaivanska en el Teatro Real, donde años después se pudo ver esta misma y espectacular producción de Robert Carsen; el papel tiene unas demandas en el registro grave que son muy difíciles de superar para una soprano. Solo hay que ver lo que una vieja gloria como la Gorr hace en las funciones holandesas del estreno para darse cuenta. Aún así, este es un DVD que todo afi cionado que no haya tenido la suerte de verlo en directo debería tener en su discoteca. Además, aquí tiene una dirección musical realmente brillante que pone de manifi esto la versatilidad de una de las mayores batutas de la actualidad. © 2014 Ritmo





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