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Gonzalo Pérez Chamorro y Pedro González Mira
Ritmo, April 2015

Como suele ser habitual en los sellos como Arthaus, se edita conjunto todo lo editado anteriormente de este Anillo de Barenboim en la Scala, que fue publicado por separado (Oro, Valquiria, Sigfrido y Ocaso), su último acercamiento completo en escena a la Tetralogía wagneriana. Desde RITMO seguimos muy atentos cada una de las tres jornadas (cuatro más el prólogo del Oro), y conviene recordar lo que Pedro González Mira opinó en su momento sobre cada ópera y su interpretación. La escena, desde un Oro coreografiado con bailarines sobre las aguas, mejoró a cada representación.

Cuestionando la oportunidad que puede perder de grabar Barenboim un Anillo en estudio como Wotan manda, controlando todas las variables “incontrolables” que hay en el directo y en el foso, cuerpo a cuerpo con la música y la escena, Pedro lamentaba que posiblemente esta oportunidad, que sí tuvo Solti, no la vaya a tener Barenboim, grabando este que pudiera ser su último anillo editado en disco (DVD y Blu-ray), al menos lo es hasta la fecha. “A pesar de una puesta en escena errónea en su intento. Guy Cassiers, su autor, ha querido dar una vuelta de tuerca a la revolución Chéreau de 1976. Pero su excesivo celo sicoanalítico lo ha traicionado. Lo que entonces fue política ahora es doble plano; proyección del interior. Y a mi juicio tal planteamiento le ha fallado por una cuestión de forma y otra de fondo. La primera se refiere a la simultaneidad de bailarines y cantantes para que, presumiblemente, los primeros expliquen, aclaren o refuercen lo que hacen, piensan o dicen los segundos. La coreografía, totalmente pasada de moda y muy histérica, no consigue nada de ello. Y además, molesta. Pero peor respuesta tiene la cuestión de fondo: el doble plano sicológico de lo que hacen, piensan o dicen los personajes está ya en la obra, por gracia de un Wagner que lo sitúa en la propia orquesta. No es necesario añadirlo, porque, es más, el director musical, Barenboim, se sabe esto de memoria y así lo pone de manifiesto. El espacio escénico, sin embargo, sí funciona, y la dirección de actores es excelente. Así que, una vez más, lo que sobra es la pedantería de la reinterpretación. La cruz de (casi) siempre. Afortunadamente, la cara es una versión musical absolutamente maravillosa… Se escogió para esta producción un espectacular equipo de cantantes, al que añadido el trabajo de Barenboim, la convierten en una de las más interesantes versiones musicales existentes en disco… René Pape, en un inconmensurable Wotan, se puso al frente de Doris Soffel y Anna Larsson, extraordinarias Erda y Fricka; Stephan Rügamer, Johannes Martin Kränzle y Wolfgang Ablinger-Sperrhacke, probablemente los mejores Loge, Alberich y Mime del momento, y de las ondinas Aga Mikolaj, Maria Gortsevskaya y Marina Prudenskaya, un lujo vocal y escénico total. Lo más flojo del reparto fue el Fafner de Timo Riihonen y el Froh de Marco Jentzsch. Kwangchul Youn como Fasolt, bien, a pesar de su persistente vibrato, y correcto el Donner de Jan Buchwald”.

Titulada su crítica “Una Brunilda para la historia”, esta primera jornada brilla por una Nina Stemme antológica, coincidiendo reparto con habituales del argentino, como Waltraud Meier, Simon O’Neill, John Tomlinson y el Wotan de Vitalij Kowaljow, en sustitución de Pape. “En esta primera jornada, la puesta en escena ha sido excelente. Rodó de manera brillante y de forma perfectamente engrasada… Buena parte del buen funcionamiento se debió a la magia, habría que decir, de un Daniel Barenboim que dio una lección de humildad y genialidad simultáneamente solo propia de un maestro antidivo y solidario al cien por cien con los cantantes, a los que transportó en volandas a través de un lecho orquestal maravilloso, pero a veces aparentemente poco espectacular por la renuncia expresa a su protagonismo en beneficio de ellos (de los cantantes-actores). Dicho de otra manera: esta Valquiria es la antítesis de la de Solti, la más grande realizada en un estudio de grabación, pero seguimos sin saber qué sucedería si Barenboim estuviera en el estudio, porque lo que siempre le hemos escuchado cuando dirige óperas completas de Wagner son tomas de funciones, y ahí las cosas son diferentes”.

Para Sigfrido se mantenía la misma y excepcional Brunilda de Stemme: “invito a contemplar el despertar de Brunilda en el tercer acto: nunca (y en esto Barenboim juega un importante papel) he visto tan amorosa, bella y profundamente erótica vuelta a la vida de la divina valquiria. Nina Stemme, en fin, vuelve a demostrar que sigue siendo hoy la Brunilda número uno”. A cambio, Lance Ryan como Sigfrido despierta alguna duda: “Este Sigfrido añade otro problema a sus muchas virtudes: el voluntarioso pero insuficiente Lance Ryan, bien plantado físicamente pero con unos medios vocales cortos, en volumen, en tesitura y en fuerza expresiva; maneja mal, además, un corpachón que más bien debería ayudarle”. Pero Barenboim prosigue su estado de gracia: “El trabajo de Barenboim es lo que más merece la pena. En realidad lo hace indispensable, por más de una razón. La más obvia, que se trata de una impresionante dirección, planificada desde un exacto conocimiento de las notas que encierra la partitura. Es increíble todo lo que este señor hace sonar desde el primer momento, colocándose muy por encima de lo que nos cuenta la propia historia. La exposición del tejido sonoro, tan importante en toda la obra, pero sobre todo en el primer acto, se realiza como si se tratara de un mapa a gran escala en donde no falta el más pequeño detalle. O sea, técnicamente es un prodigio, al que a veces da ganas de atender más de la cuenta, pues eso hace olvidar al cantante, lo que, claro, no está nada bien”.

En el Ocaso se recuerda la impresionante actuación de la Orquesta de la Scala, desde el Oro hasta el final de la Tetralogía , labor que debe mucho a su director. Se incorporaba una nueva Brunilda, Iréne Theorin: “La voz se ha ensanchado, ha aumentado en potencia, ha ganado en color y músculo en la zona aguda, que ahora tiene una espectacular densidad. Sin embargo, en la zona central ha empezado a aparecer un molesto trémolo. La voz es tan enorme, que a medida que fue calentando ese trémolo fue atemperándose poco a poco, para acabar en la escena de la inmolación sin apenas notarse. ¿Quiere decir todo esto que estamos ante una Brunilda comparable a la de la Stemme? Pues no. Theorin, alumna de Birgit Nilsson, a sus 50 años, parece haber llegado a su límite, y en este no se percibe a una intérprete tan completa. El estilo es bueno, la presencia, inmejorable, y la voz apropiada. En su dúo con Waltrauta se ve bien quién es quién en Wagner; Waltraud Meier le explica con pelos y señales cómo hay que exponer esa “emoción wagneriana. Acaba casi convenciéndola para que devuelva el anillo a las hijas del Rin”. © 2015 Ritmo





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