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David Cortés Santamarta
Ritmo, March 2016

Todas las discusiones en torno a la “irrepresentabilidad” de la Shoah, es decir, sobre la incapacidad del arte o del lenguaje para dar cuenta del exterminio organizado de millones de seres humanos por parte del regimen nazi, parecen desvanecerse cuando, terrible privilegio, el autor es un superviviente. Asi, la opera La pasajera se inscribe en el conjunto de obras maestras que se han enfrentado a la, tan atroz como imperiosa, necesidad de los supervivientes por dar testimonio de esa maquinaria de muerte que fueron los campos de concentracion.

En la genealogia que va del seminal poema Fuga de muerte de Paul Celan a la pelicula Noche y Niebla de Resnais/Cayrol, de La especie humana de Robert Antelme a Si esto es un hombre de Primo Levi, la opera de Weinberg se situa, junto a Un superviviente de Varsovia de Schoenberg, como el principal ejemplo de una obra musical que afronta el desnudo horror de los campos. La autora del homonimo texto autobiografico en el que se basa la opera, la polaca Zofia Posmysz, nacida en 1923, fue prisionera en Auschwitz y Birkenau. Tambien polaco de origen judio, el compositor Mieczysław Weinberg (1919–1996) no conocio directamente los campos de exterminio alemanes, pero se le puede considerar un superviviente de ellos y asimismo fue encarcelado por otro regimen totalitario, el estalinista. En 1939, ante la noticia de la entrada de las tropas alemanas en Polonia, abandono su pais en un dramatico periplo que finalizo en la Union Sovietica, donde viviria el resto de su vida. Sus padres y hermana si fueron asesinados por los nazis. El mismo seria encarcelado en la URSS como resultado de las politicas antisemitas de Stalin. Y sin duda esa tragica experiencia es lo que dota a los compases de La pasajera de una incuestionable y veraz, por momentos extenuante, densidad dramatica. Fue Shostakovich, autentico mentor de Weinberg, quien le senalo la novela de Posmysz como posible libreto para una opera, al considerar que nadie como el seria capaz de proporcionar los adecuados perfiles musicales a los destinos de esos seres masacrados. El propio Shostakovich, en un texto dedicado a la opera, senala como el motto que impulsa la opera no es sino la celebre maxima de Paul Eluard: “Si el eco de sus voces desaparece, pereceremos”. Una y otra vez, en las diversas escenas de los dos extensos actos que la conforman, aparece esa exigencia: los prisioneros de Auschwitz entonan el deseo de que su recuerdo perviva, y de que sus voces, silenciadas por la tortura y la muerte, sigan resonando y siendo recordadas.

Sin embargo, el periplo de la opera ha sido complejo y tortuoso. Compuesta en 1968 y considerada por su autor como la cima de su prolifica creacion, la politica cultural oficial sovietica no la considero adecuada para ser interpretada. Estaban demasiado cercanas las purgas antisemitas del propio regimen y el paralelismo entre Auschwitz y los gulags resultaba evidente. Weinberg no llego nunca a escuchar la opera. Hubo que esperar a 2006 para que fuera estrenada en Moscu en version de concierto. El empeno del director de escena britanico David Pountney hizo que finalmente se representara escenicamente en el festival austriaco de Bregenz en 2010. Esa magnifica produccion es la que recoge el presente DVD, un registro que ya habia sido editado por Neos y que, afortunadamente, ha recuperado ahora Arthaus, esta vez ademas con subtitulos en castellano. Desde entonces, en lo que parece su rehabilitacion definitiva, se ha representado en Varsovia, Londres, Karlsruhe, Houston, Nueva York, Chicago y Frankfurt.

El libreto de La pasajera comienza en la cubierta de un lujoso transatlantico que en 1959 se dirige a Brasil. Lisa, la esposa de un diplomatico aleman, vislumbra entre los pasajeros a una mujer que le recuerda a Marta, una prisionera de Auschwitz, donde ella habia ejercido anos antes como guardiana de las SS. Esa aparicion despierta una serie de escenas que se suceden con gran agilidad mediante abruptos cortes que operan a modo de recuerdos, procedentes de un pasado que Lisa queria reprimir y justificar retrospectivamente. El magistral planteamiento de Pountney propone una division escenica para activar esa dualidad espacio-temporal: la impoluta blancura superior del barco y el sombrio y aterrador espacio inferior, el del campo de exterminio, los hornos crematorios y los barracones de Auschwitz en los que se hacinan los cuerpos de los prisioneros. La nocion de culpa, la pregunta sobre la responsabilidad individual y nacional en la barbarie nazi o la supresion del recuerdo se combinan con la recreacion directa de la vida de los reclusos.

La extraordinaria musica de Weinberg acentua esa division de ambitos. Los perfi les desfigurados de la trivial musica de entretenimiento que domina en cubierta en un tratamiento, compartido con Shostakovich, capaz de convocar simultaneamente lo mas terrible y lo mas banal, se enfrenta a la dramatica oscuridad, tragica, desolada, a veces violenta y con una descomunal urgencia expresiva, a veces elevandose en alusiones folcloricas que remiten a un pasado definitivamente perdido, de la musica que recrea el opresivo mundo de Auschwitz. La siniestra comunicacion entre ambos sera el vals favorito del comandante nazi, interpretado por los propios prisioneros, siniestra practica habitual de los campos de exterminio, y que funciona a modo de ocultacion ideologica del horror.

Weinberg logra en La pasajera alejarse de la sombra de Shostakovich, a veces demasiado evidente en otras de sus partituras. El tono conversacional en el tratamiento del texto, que no recusa las efusiones mas liricas, como el duo entre Tadeusz y Marta, la cancion eslava o el epilogo, dotan de una credibilidad absoluta a la mefitica atmosfera de Auschwitz. Pero, sin duda, el mayor acierto de Weinberg reside en su resistencia a plegarse a un sentimentalismo melodramatico, que tantas producciones cinematografi cas han explotado, y que el sabe obsceno en este contexto. Su condicion de superviviente y su amor por las victimas se lo impiden.

Una obra de obligado conocimiento en una produccion inmejorable, a la que acompana un buen documental. A l contrario de lo que se indica en el estuche, la edicion no incluye subtitulos en castellano. © 2016 Ritmo





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