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Javier Extremera
Ritmo, December 2015

RODRIGO, J.: Shadows and Light - Rodrigo at 90 (Documentary, 1993) / Concierto de Aranjuez (NTSC) 2061118
TE KANAWA, Kiri: I Could Have Danced All Night (Concert and Portrait, 1991) (NTSC) 109125

Hubo un tiempo (no hace mucho) que algunos músicos del género clásico tenían similar número de fans que algunas de las estrellas más influyentes del rock. La clásica también poseía su particular star system. Estrellas capaces de levantar pasiones entre auditorios repletos de canas. Incluso había compositores que se colaban en las listas de discos más vendidos, alcanzando cifras hoy impensables. Es el caso de los dos personajes de este mes. Uno ya desaparecido, inventor de una de las melodías más rentables y reconocibles de la humanidad (al mismo nivel del famoso motivo que inaugura la Quinta de Beethoven o los acordes del Yesterday de los Beatles). La otra, una de esas voces femeninas que personificaron el final de una era, pues puso rostro al ocaso del disco como objeto de consumo. Una mujer de coloridos vestidos que regaló una de las últimas sonrisas a esa industria que aún sigue en la actualidad deambulando a ciegas por un callejón sin salida.

La figura de Joaquín Rodrigo es tan venerada como detestada, pues fue un creador que renunció a las formas de su tiempo, anclando su obra fuertemente en el pasado. Su destreza y maña para fabricar melodías (de fácil adherencia al oído) fue pasmosa. El compositor idóneo para ese oyente que solo exige el pasar un rato agradable. En 1991, con motivo de su 90 cumpleaños se rodó este “Luces y Sombras”, que pretendía homenajearle y hacer llegar a todos los rincones su invidente mirada gracias a la omnipotente televisión (nuestra cadena nacional también estaba entre los coproductores). El filme nos propone un barrido rápido por su curriculum vitae, arrancando en su Sagunto natal, donde perdió la vista a los tres años por culpa de la difteria, pasando por Valencia, los años de estudio en París con Paul Dukas, andorreando por la inevitable Aranjuez, hasta terminar en su dormitorio madrileño. En la mala calidad de las analógicas imágenes se nota el polvo soportado durante todos estos años.

Dos son los hilos conductores que nos adentran por su exitosa vida. El primero el familiar, pues la narración de su mujer Victoria (de origen sefardí) y de su hija, nos descubren anécdotas y paisajes íntimos de su vida, que de otra forma resultarían imposibles de redescubrir. Y por otro, la guitarra y el hablar (en inglés) del duende de Pepe Romero, infatigable defensor de la música parida por el valenciano. Con su voz de pito y ya con problemas de memoria debido a la longevidad, podemos ver al maestro Rodrigo desde tocando Bach en su piano, hasta leyendo partituras en braille con los ojos de las manos (una imagen poderosísima). La narración de su vida y milagros se va alternando con fragmentos de sus composiciones, desde la Zarabanda lejana, pasando por Invocación y danza y deteniéndose en su obra más difundida, el Concierto de Aranjuez, en el que Romero nos explica (con pelos y señales) cada uno de sus dramáticos (hubo un aborto de por medio) y autobiográficos pasajes (fue precisamente allí donde discurrió su luna de miel).

Para recrear los años de juventud, el filme expone multitud de archivos y grabaciones caseras. A veces el documento resulta excesivamente ñoño en su discurrir, pues se detiene (hasta la reiteración) en momentos de charla familiares (como por ejemplo la secuencia con sus nietas) que, aparte de lo “bonito y agradable” del momento, poco aportan al documental, estancando a veces el relato (incluso visitamos el panteón donde sería enterrado ocho años después). Como eficaz complemento, se añade una grabación referencial del Concierto de Aranjuez (realizada en Londres en 1992), con la venerable guitarra de Romero como solista, acompañado solventemente por la Academy St Martin-in-the-Fields con el siempre elegante Neville Marriner subido al podio. Música simple y facilona, sazonada para derretir esos oídos poco acostumbrados a la música eterna. Guste o no, la partitura nacional más veces interpretada fuera de nuestras fronteras.

Kirizelandia

Una de las últimas divas con olores a eternidad fue la neozelandesa Kiri Te Kanawa. Voz cálida y refinada que reinó en la década de los ochenta y parte de los noventa. Con mucha similitud estilística con el documental que nos precede, “Podría haber bailado toda la noche” recupera su estampa en esos días en que su brillo aún encandilaba (la producción también es de 1991). Con su mezcla de sangre maorí y europea, muy pequeña fue dada en adopción. La estructura narrativa es muy tradicional. La protagonista sentada en el sillón de su casa es entrevistada, rememorando los pasajes que marcaron su vida artística y personal. Al relato se le inserta infinidad y extensos pasajes musicales, de ahí que la duración final alcance casi las dos horas.

El filme toca techo cuando entra como un torbellino la frenética figura del genial Georg Solti, que asegura que al año realiza cientos de audiciones, levantando sorprendido la cabeza con suerte una o dos veces como mucho. Con Kiri su cuello saltó como un resorte. Afortunadamente, el viaje se detiene en la grabación conjunta que hicieron de los 4 Últimos lieder de Strauss, momentos que por sí solos consiguen que merezca la pena el visionado. “Su voz es fresca, primaveral y aflautada” asegura Solti, que nos regala completo el “Beim Schlafengehen” junto a una admirable Filarmónica de Viena (aún con el malogrado Gerhart Hetzel departiendo el ingrávido solo de violín). Otras de las grandes batutas invitadas al homenaje son Jeffrey Tate y Colin Davis, con quien debutó en el Covent Garden en 1971 (la Condesa de Las Bodas de Fígaro) y quien afirma que a la soprano: “le encanta estar en escena, salir envuelta por el miriñaque y vestirse como una reina”. Otros de los bloques más extensos es el dedicado a su último gran rol, la Madeleine de Capriccio, del que incluso se graba completo para el documental el bellísimo monólogo final (arpa incluida), con una vetusta escena de John Cox. Como extras dos conciertos orientados al gran público: uno en Greenwich y otro en un parque de Wellington, en el que las arias clásicas (Puccini, Verdi, Haendel…) se mezclan con canciones más populares y tradicionales, consiguiendo hacer saltar las lágrimas de algunos. Abstenerse puristas y melómanos con pedigrí. © 2015 Ritmo





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