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Javier Extremera
Ritmo, February 2016

GÓRECKI, H.: Symphony of Sorrowful Songs (The) (Film and Documentary, 1993) (NTSC) 109131
YUN, Isang: Inbetween North and South Korea (Documentary, 2015) (NTSC) ACC-20208

El siglo pasado (el más violento y devastador hasta ahora conocido) y su fiasco humanista, consiguió darle la vuelta como a un calcetín a los fundamentos estilísticos de todas las expresiones artísticas habidas y por haber. El mundo jamás pudo volver a verse con los mismos ojos ¿Puede la música y su específico lenguaje explicar el horror y el sufrimiento provocado por los totalitarismos, sean del color que sean? La respuesta nos la ofrecen este par de necesarios documentales. Dos páginas arrancadas de un libro de Historia, ideales para refrescar el pasado y el presente a aquellos que diariamente se sacuden el polvo de la desmemoria. Relatos de miedo y pesadilla cuya finalidad es la de condenar dictaduras y no volver a despertar de nuevo la bestia del fascismo en Europa. Ese Fafner capaz de devorarnos el corazón.

El compositor polaco Henryk Górecki nunca ha tenido muy buena prensa entre la crítica especializada, todo lo contrario que su exitosa y multitudinaria aceptación pública, gracias quizás a un corpus sonoro muy visual, ungido por un aliento místico de fácil asimilación y muy agradable al oído. Él personifica la vigente división de postulados entre el especialista y el no especialista. Lo que antes iba de la mano, un día decidió separarse para siempre. La crítica tiró por un camino y el público decidió transitar por el opuesto. The Symphony of Sorrowful Song (algo así como la Sinfonía de las Lamentaciones) es un filme mitad documental mitad video clip, fechado en 1993 y dirigido por el promiscuo Tony Palmer, una de las vacas sagradas del género (autor, por ejemplo, de la fallida serie sobre Wagner de Richard Burton), que se detiene en la obra más popular del compositor de Katowice, su Sinfonía n. 3 estrenada en 1976, que pese a no tener en su génesis aspiraciones políticas se ha erigido en un monumento en contra de la intolerancia (incluso las autoridades polacas llegaron a prohibir su interpretación).

Todo surgió durante una visita a la prisión de la Gestapo en Zakopane. Entre sus paredes, Gorécki pudo leer los innumerables mensajes que dejaban los prisioneros escritos sobre sus muros. De todos ellos le impactó uno que simplemente decía: “Mamá, no llores”. A raíz de esto, se lanzó a componer esta obra sinfónica que incide en la relación materno filial. Palmer filma al compositor en dos escenarios bien distintos. Uno es junto al piano, en el calor del hogar. El otro, que está a tan solo veinte minutos de su casa, parece estar anclado en otra dimensión. Andamos junto a él por la mayor factoría cárnica jamás creada por el hombre: el lager de Auschwitz, esa innombrable construcción donde el ser humano tocó fondo. El núcleo central es la eficaz y sentimental grabación de la Tercera Sinfonía por La Sinfonieta de Londres bajo las órdenes de David Zinman y la voz solista de Dawn Upshaw.

A esta raíz le sale distinto ramaje que no cesa en entrar y salir de la narración, como por ejemplo: el músico paseando por el nevado campo de la muerte (cámara de gas y hornos crematorios incluidos), explicando a grandes rasgos su pieza o intercalando noticieros en blanco y negro sobre la liberación de los campos de exterminio. Imágenes atemporales que siguen manteniendo intacto el poder de conmoción y asco, pues hay momentos en que uno tiene que luchar consigo mismo para seguir manteniendo abiertos los ojos ante tanto horror y barbarie. Palmer, con la música siempre de fondo, va fundiendo imágenes a su antojo. La Sinfonía de Gorécki se ensambla a la perfección sobre sus macabras y desoladoras imágenes. La música vuelve a ser testigo de un tiempo. Como dice a cámara el propio compositor: “nunca debemos olvidar”. Al que se le podría añadir un: “nunca debemos dejar de escuchar”.

Terror rojo

Otro de los sitios donde el fascismo aún permanece bien latente es en Corea del Norte. En 1917 nació Isang Yun, compositor tótem para todos los coreanos, pese a que gran parte de su vida y carrera discurriera sobre suelo alemán (fue alumno de Boris Blacher). Un raro espécimen para la Corea de hoy, pues es capaz de conciliar suspiros y frases de agradecimiento tanto en los habitantes del norte como en los del sur (en ambas zonas posee un museo dedicado a su memoria). Sus sueños de unidad territorial bajo un país independiente y unido, le cautivaron ya en su juventud, de ahí que pasara una temporada en la cárcel bajo la ocupación japonesa. Lugar al que volvería en los años 60 acusado de espía por la Dictadura de entonces (incluso le vemos declarar en noticieros televisivos de la época). En 1971 conseguiría la nacionalización alemana, país en el que fallecería en 1995 debido a una pulmonía. “Isang Yun: between North and South Korea” de Maria Stodtmeier, incide en la figura desconocida y reconciliadora de este músico, viajando la cámara por las dos enfrentadas Coreas de hoy: la totalitaria del norte y la consumista capitalista sureña. Algunos de los momentos robados a la vida por su cámara en la parte roja son de los que hielan la sangre, como por ejemplo cuando viajamos hasta el muro de 240 Km. que delimita la militariza frontera (el famoso paralelo 38) o cuando se adentra en un colegio de la capital Pyongyang, donde adoctrinados y robotizados niños nos hablan de los parabienes del régimen del líder supremo Kim Jong-il (el documental fue rodado antes de su muerte en 2011 y de la posterior subida al poder de su hijo Kim Jong-un, de rabiosa actualidad gracias a sus experimentos nucleares).

Entre estas dos aguas se mueve el filme, magníficamente montado y rodado con estilo y vigor, así como con altas dosis de realismo, pues no en vano su fundamento fílmico bebe de aquel testimonial y memorable cine-ojo que creara el soviético Dziga Vertov. El gran acierto de su planteamiento radica en no caer nunca en maniqueísmos, pues en su clarificadora exposición se deja al espectador que tome partido libremente a favor de unos u otros. La objetividad manda y eso se agradece. Algunos de los intérpretes de las dos Coreas reflexionan sobre su música aprovechando la celebración de un Festival donde se ejecutan algunas de sus partituras. Eso sí, bajo la atenta mirada de un auditorio bien instruido y separado por sexos (mujeres a un lado, hombres a otro). Música que escuchada en nuestro presente parece ansiar esa libertad que aún hoy sigue amordazada. El miedo y el terror totalitario hecho sonido. © 2016 Ritmo





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