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Javier Extremera
Ritmo, January 2016

PIRES, Maria João: Portrait of a Pianist (Documentary, 1991) (NTSC) 109164
POGORELICH, Ivo (Documentary, 1983) (NTSC) 109165

Dos grandes pianistas de nuestro tiempo, de estilos enfrentados y personalidades extrovertidas y comprometidas, con fanáticos admiradores semejantes a esos feligreses que engrosan hoy algunas de nuestras religiones, son la pareja de hecho de este mes. Continúan todavía en activo, aunque resulta revelador ver como ambos llegaron a un estado tal de saturación y hastío en el oficio, que en un momento de agotamiento extremo decidieron recoger los bártulos y desertar de esos auditorios que les vitoreaban cuales ídolos con pies de barro. Uno, dejándose engullir por el mundo de las sombras. La otra, huyendo al campo a ordeñar cabras. Cuando se filmaron los documentales (sin subtítulos patrios) en la década de los ochenta, estos dos espíritus libres seguían viviendo encima de un particular castillo de naipes, en espera de poder encontrar su lugar en el mundo. Dos películas recuperadas felizmente del profundo y poblado baúl de los recuerdos videográficos.

De padres serbo-croatas y nacido en la Belgrado del Mariscal Tito, Ivo Pogorelich representó (junto a Ivo Andric, Emir Kusturica y Drazen Petrovic) el mayor exponente cultural surgido en los Balcanes durante los lóbregos años del Comunismo. Pianista de culto y radical, refractario sin contemplaciones y de aura tan altanera como suicida. En este certero documental sajado de la vida casera, nos encontramos con un músico de veinticinco años. Justamente en aquella época en que maravillaba a medio mundo, candente aún el escándalo que montara Martha Argerich tras su eliminación en el Concurso Chopin de Varsovia (1980), momentos que el documental nos muestra acertadamente (vemos a la argentina gritar a los periodistas aquello de “es un genio, me avergüenzo de ser miembro de este jurado”). Nos situamos tres años después de su ruidosa partida de bautismo artística. Pogorelich es capaz de vender 100.000 discos en tres días. El pianista ha cambiado Moscú por Londres, casado ya con su profesora Aliza Kezeradze (musa, amor de su vida y fiel devota de la escuela Liszt-Zilotti). El filme, por tanto, no pasa por alto los vericuetos morbosos o amarillentos que caracterizan esas historias de amor que (pese a la diferencia de edad) siempre surgieron y surgirán entre el profesor y sus alumnos. Su fallecimiento en 1996 supuso todo un mazazo para su vida y carrera, de la que ahora poco a poco intenta despertar del coma. Les vemos a ambos sentados en el hogar cada uno frente a su piano (como si fuera la cosa más normal del mundo) repasando una de las partituras más fascinantes y abrumadoras del siglo XX: Gaspard de la nuit del brujo Ravel.

Mirando a cámara y expresándose en inglés, su genio se explaya insolentemente: “para venir a mis conciertos tienes que usar el cerebro y la mente, no es el sitio a donde vas antes de cenar”, instruye. El documental se estructura en tres bloques, que coinciden con los pasajes de la pieza indagada (Ondine/Le Gibet/Scarbo). La complicidad y el diálogo entre ambos (en ruso) es fluido, intenso y enriquecedor. Aliza le interrumpe, le da consejos. Unas veces lo mima como a un niño y otras parece fustigarlo. El croata alza sus cartas y nos muestra la espeluznante digitación del movimiento final. Para mejorar lo inmejorable, se incluye una interpretación completa y filmada de la obra. Verle tocarle Gaspard produce las mismas sensaciones que asistir al milagro de contemplar a Gould martilleando las Goldberg o a Michelangeli acariciando Debussy. El registro es de la misma época de aquel histórico que realizara para la DG (de idéntico e inalcanzable nivel), solo que aquí encima podemos verle. Virtuosismo a raudales, tensión asfixiante y una enfermiza obsesión por el sonido, engrandecido por una riqueza de matices y colores inimaginables. Repleta de fantasía y de una pirotecnia alucinante, es un prodigo ver con qué naturalidad surge la perfección técnica ante él (esquizofrénico e inenarrable Scarbo). Sus dotes de visionario ya están aquí presentes, pues la bendita subjetividad campea a sus anchas. Un hito pianístico de todos los tiempos. Insultante. Homérico.

Made in Lisboa

De finales de los ochenta es también el retrato dedicado a una (por entonces) cuarentona Pires, pianista entroncada en la misma generación que el croata, de universo y sonido propio, que reinó muchos años en el panorama musical. El divagante y contemplativo filme es mucho más superficial y convencional tanto en el planteamiento como en el resultado (tempo lento, planos largos y estética rudimentaria), aunque acierta a la hora de adentrarse en la compleja interiorización del artista, pues incluso gran parte del metraje transcurre entre las cuatro paredes del hogar, recurriendo muchas veces al relato en primera persona de su madre (álbum de fotos entre las manos incluido), que nos explica como fue su infancia y los primeros pasos dados sobre el teclado.

Los fragmentos musicales que se intercalan son abundantes y van desde un delicado y embelesador Mozart (su compositor de cabecera), al Abschied de Schumann, el Nocturno en si bemol mayor Op. 9/1 de Chopin o el primer movimiento completo de La Tempestad (Beethoven nunca fue su fuerte). Nítida pulsación, hermosa y femenina, depositaria de esas dotes de mando que suelen exigirse a la hora de conducir la música hacia ese tempo al que solo los más grandes son capaces de sostenerla (Adagio del Concierto 23 de Mozart). Incluso la vemos departir obras de cámara acompañada al clarinete por Michel Portal o con su habitual violinista, Agustin Dumay, enfrascada en un palpitante Brahms. Y todo rociado por imágenes de las ciudades por las que se ha paseado. Desde su Lisboa del alma con sus amarillentos tranvías, hasta los traslados en auto por las ajetreadas calles de París. Asegura que no puede estar más de una semana en un país de habla germana. Incluso su madre confiesa que durante su estancia estudiantil en Alemania, le salieron unas llagas, que curiosamente desaparecieron al poco de regresar a su casa. Sus grandes ojos se expresan con timidez, siempre hablando en un delicado francés, relatando el por qué de sus años de silencio o reflexiva ante la indagación de la ausencia de esa figura paterna que nunca conoció. Al final nos descubre cuál es el secreto de su genio: antes de tocar siempre toma un relajante baño. Tan fácil como la vida misma. © 2016 Ritmo





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