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Javier Extremera
Ritmo, June 2016

MARSALIS, W.: Blood on the Fields (Documentary, 1996) (NTSC) 109214
STRAVINSKY, I.: Story of Stravinsky's Le Sacre du Printemps (The) (Documentary, 1999) (NTSC) 109210

Para aprovechar el tirón mediático que otorga su reciente siglo de vida, se reedita The Story of Stravinsky’s Le Sacre du Printemps (solo subtítulos en francés), embaucador título que pretende hacer pasar por novedoso algo ya ajado (fecha de producción de 1999). Además, según consta en su partida de bautismo, fue exhibida bajo el original de “Valery Gergiev y La Consagración de la Primavera”, director hoy en el ojo del huracán tras su bochornoso exhibicionismo publicitario en favor del Zar Putin y sus bombas, rodeado del esplendor de las ruinas sirias de la masacrada Palmira.

El didáctico filme arranca con las imágenes de la casa donde, la fiera aún sin domar entonces que era Stravinsky, escribiera esta agitadora partitura que tantos oídos estigmatizó, pues volteó como un calcetín el tumultuoso universo musical de principios de siglo XX. El propio compositor nos sirve de guía entre las paredes de esta vivienda-altar ubicada en Clarens (Suiza). “Esto es lo que veía por la ventana mientras la escribía”, nos señala el ya anciano maestro, divisándose las aguas del lago Lemán y las empinadas cumbres alpinas. Una explosión de pureza natural que terminó por sobredimensionarse en su trasvase al papel pautado. El documental nos propone curiosear (con los oídos bien abiertos) por los ensayos que el por entonces titular de la Filarmónica de Rotterdam (se palpa el buen nivel de la formación) ofrecía de este inmortal ballet. Con un “esta partitura brilla más de lo habitual” arranca las explicaciones. Es consciente de la presencia de las cámaras, sabiéndose en muchas secuencias la estrella, de ahí que no dude en instalarse en la gratuita verborrea (“imagina que tienes que tocar 10.000 notas en un solo instante”, replica al flautista) y el exceso gestual con sus típicas muecas y tics en favor de la galería (el moscovita nunca llegará a ser un indiscutido dios del sonido).

Los continuos fragmentos orquestales se entrelazan con imágenes de archivo, así como con unas impagables apariciones del propio compositor ya en sus últimos años de vida. En especial, la que protagoniza junto a uno de sus más ilustrados traductores, el fallecido Pierre Boulez. Ambos se divierten poniendo a parir la mítica coreografía de Maurice Béjart, que veía la obra como un himno a la vida y no a la muerte (que sin pretextos exige el sacrificio final).

También se incluyen pasajes musicales del montaje original de Nijinsky (telones de Nicholas Roerich incluidos), recuperando la grabación del propio Gergiev en el Mariinsky (BelAir). Con Stravinsky viajamos hasta el mítico Teatro de los Campos Elíseos donde rememoramos el turbulento estreno. Había tanta algarabía, asegura, que incluso Nijinsky tuvo que subirse a una silla sobre el escenario para marcar los tiempos a los bailarines. Muy irritado, prosigue, huí de la sala no sin antes dedicarles al respetable un “iros a la mierda”.

Trumpet man

Cambiamos de estilo, ya que lo que prosigue está dedicado al más popular e influyente músico de Jazz en varias décadas, el estadounidense Wynton Marsalis, uno de los más grandes trompetistas de la historia, protagonista absoluto de “Blood on the Fields” dirigido por Susan Shaw. Visualmente se nota su fecha de fabricación (1996), pero no así su magnífica estructura narrativa, que se mantiene fresca y vigorosa. Gracias a la habilidad en la mesa de montaje y a su vivo ritmo (muy a lo Tavernier), la realizadora consigue exprimir sabiamente esa mezcla divergente entre la interioridad del yo (con aroma a confesión) y el exteriorizado show que le exige su oficio de músico de masas. Se echa en falta algún subtitulado (audio solo en inglés, francés y alemán), ya que su acento y manera de hablar resultan a veces tan veloces como sus digitaciones.

Aunque todo arranque con música de Haendel, pues él ha picoteado durante su brillante carrera sobre más de un plato clásico (ahí quedan para la posteridad sus discos junto a Raymond Leppard), Marsalis es un hombre parido por y para el Jazz. No en vano afirma que en la clásica termina predominando la individualidad personal, de ahí que se sienta más a gusto cuando esa individualización debe de integrarla en el contexto de un grupo. “La clásica es más disciplinada… en el Jazz todo el mundo habla y participa, de ahí que por ejemplo no quiera estar en los ensayos de una Sinfonía”, termina sentenciando. Paradójico, ya que mientras dirige a su gente se le escapa un “demasiado lento”, “demasiado alto” o incluso les canturrea el tono que debe de adquirir la frase, algo que sin duda se asemeja bastante a lo que hoy uno puede contemplar en cualquier ensayo de música clásica.

El filme-collage está dividido en dos partes bien distintas entre sí. Una más gélida e inhóspita rodada en Nueva York en un austero blanco y negro (imposible no acordarse de Woody Allen); y otra más cálida y humanista filmada en color en su Nueva Orleáns natal.

Este privilegiado músico nos habla desde el asiento trasero de un coche, lo que durante su paseo por las calles de Manhattan resulta inevitable pensar que estos fotogramas se han escapado de la mítica Taxi Driver de Scorsese (aún se consiguen divisar las Torres Gemelas). Estas dos urbes made in USA se erigen en verdaderos coprotagonistas del documental, fundiéndose a la perfección su universo sonoro con el paisaje y la arquitectura urbana (tan diferente entre el norte y el sur) que entrevemos. La eficaz narración (que también ansía dar voz a la cultura afroamericana) viene intercalada por diferentes fragmentos de sus ensayos (sin duda lo más apetecible del filme). Músicas que partiendo de la suya saltan hasta los ambientes de Jelly Roll Morton o a los del genial progenitor del bebop Thelonius Monk (imposible tener los pies quietos en el sofá mientras se visiona).

Aparte de su propio padre (Ellis, pianista), se nota a leguas que los participantes llevan la música en la sangre (un joven demuestra que se puede tocar un Steinway con los dedos plagados de enormes anillos de oro). La legendaria trompeta de Marsalis (con ese diseño futurista aerodinámico y esa enorme boquilla) nos ciega los oídos en cada solo. El fraseo angular, la sofisticación de sus sordinas, su inalcanzable registro agudo, su implacable seguridad técnica y esa exacerbada comunicabilidad le convirtieron en el amo y señor de todo un género. ¡Dios salve al Rey! © 2016 Ritmo





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