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Javier Extremera
Ritmo, January 2017

Posar la mirada sobre la esquiva y dimensionada vida de Otto Klemperer es como echarle un vistazo a todo el siglo XX y su desdicha. Este francotirador sonoro representa a la perfección el cataclismo de unos tiempos (los más violentos jamás vividos por la humanidad) y una forma de entender la dirección orquestal hoy ya extinguida. El breslavo se convirtió (pese a las continuas zancadillas de su entorno) en una de las batutas más endiosadas del siglo pasado. Pero todo no fue un camino de rosas hacia el Olimpo directoral, pues tuvo que pasar gran parte de su existencia huyendo maleta en mano. Desde joven intentó escabullirse de la enfermedad sin conseguirlo, luego tuvo que fugarse del hedor de los crematorios nazis, el puño estalinista y la paranoia macartista que lo abrazó en el exilio hasta estrangularlo.

Para rememorar su alargada y engafada figura (aún vigente), perfilada por una pipa, recuperamos (con ligeros retoques de su creador) uno de los mejores documentales de temática musical jamás filmados. Aunque sería más correcto hablar de laberíntica exploración biográfica o sesuda pesquisa científica cuando nos acercamos a la densa, enciclopédica y fascinante Otto Klemperer’s Long Journey Through His Times (“El largo viaje de Klemperer a través de su tiempo”), que vuelve a la vida con rejuvenecida piel para honrar al que fuera uno de los más grandiosos renovadores sonoros parido por la cultura germana. Para mejorar lo inmejorable, la coqueta caja en que se reedita, incluye como incuantificable propina el testimonio de The Last Concert (el estallido final de su venerado talento), un doble CD (mono) de este concierto epitafio (con una impresionante y peliaguda Tercera Sinfonía de Brahms de obligado conocimiento) y un consultivo libro (inglés, alemán y francés) repleto de admirables fotos y una eficaz guía para no perderse en el torbellino de amistades que circundaron su persona (¿para cuándo la publicación en castellano de la extensa, completísima y definitiva biografía de Peter Heyworth?). Por desgracia, la falta de subtítulos patrios en sendos filmes hará cojear a más de un melómano.

No resulta ni cómodo ni fácil el visionado de este rompecabezas documental, exigiéndonos estar siempre atentos, ya que el diluvio de información resulta por momentos apabullante. A veces parece que uno esté asistiendo a una lectura biográfica radiofónica, pues la aversión del Doktor Klemperer a las cámaras hizo que sus confesiones ante ellas se pudieran contar con los dedos de una mano. A cambio, y con la sola fuerza de la palabra, el filme explora mediante un eficaz uso del flash-back su azarosa carrera. Relato oral que se funde prodigiosamente sobre el museístico archivo gráfico. Las viejas fotos, los recortes de prensa, las imágenes de noticiarios o la desnuda narración en off, obran el prodigio de fabricar una eficaz máquina del tiempo con la que viajar, sentir y evocar una convulsa, pero a la vez, subyugante época.

El último acto

Estructurado en siete capítulos, vamos asistiendo a las luces y sombras de su existencia. Desde la rotura del cascarón de la mano de Mahler (con descendencia sefardí, se convirtió joven al catolicismo, regresando finalmente al judaísmo unos años antes de fallecer), hasta el período del libertario esplendor de la República de Weimar, revestido en el mandamás musical de ese paraíso perdido que fue la Kroll Oper, mascarón de proa de la vanguardia del período previo a Hitler (la historia de este mítico y demolido Teatro es la historia de la vieja Europa). El filme se detiene ampliamente en esta legendaria etapa junto a sus compinches: el purista Ewald Düllberg y Hans Curjel. Aún resulta sorprendente admirar sus propuestas escénicas, tan avanzadas a su tiempo y en donde campaban a sus anchas la abstracción, la modernidad, la geometría espacial y el veraz vestuario de su tiempo histórico. Tras su cierre por “bolchevismo cultural”, viajamos hasta el agrio destierro que arranca en Los Ángeles. En 1939 se le diagnostica un tumor cerebral (provocado por una caída desde el pódium acaecida en Leipzig seis años antes) que terminará por paralizarle la parte derecha de la cara y el cuerpo. Tras la guerra, regresa a Europa para dirigir la Ópera de Budapest, hasta que los comunistas le imponen en exclusividad obras que reflejaran el tan cacareado “realismo socialista”. Su vuelta a EE.UU. fue vigilada con lupa por las brujas del macartismo. Finalmente Walter Legge lo resucitó de su muerte en vida, para buscarle un lugar bajo el sol junto a la Orquesta Philharmonia, con la que tocaría el cielo, entrando de lleno en el Valhalla discográfico.

El segundo de los documentales rubrica el último concierto dado por el maestro en Londres un 26 de septiembre de 1971 (con 86 años). Un libro abierto rodado en orden cronológico, donde la cámara se entromete sin tapujos por los ensayos. Podemos verle dirigir el primer movimiento completo de la Tercera Sinfonía de Brahms, además de seguir fragmentos de la partitura (con anotaciones de su puño y letra) sobreimpresionada en la pantalla. Klemperer habla poco con sus músicos (ni los mira, ensimismado en la lectura). Solo los detiene para darles alguna leve indicación (casi siempre de dinámica o expresión). Su sola presencia basta para optimizar la interpretación, pues un escueto “a little more” es capaz de redefinir un nuevo milagro. El inimitable “sonido Klemperer” con su estilo sobrio y marmórea tímbrica, carente de sentimentalismo barato, explosiona ante nuestra atónita mirada, rugiendo su divino halo desde su trono-podio o tarareando alguno de los temas (a este coloso jamás le interesó ni la precisión, ni la perfección). En los Extras entrevistas con Boulez y el filósofo Ernst Bloch, que tanto influyera en su concepción vital y artística. Un cofre ideal para la noche de Reyes, contenedor de un valiosísimo tesoro. Todo un deslumbrador universo por descubrir para las nuevas generaciones de escuchantes. Un reto, desde lo efímero, a la eternidad. © 2017 Ritmo





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