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Javier Extremera
Ritmo, April 2017

Hay reediciones (irónicamente bendecidas por la maltrecha industria) que consiguen que lo primitivo y comercialmente extinto, se transformen en cine eternamente fresco y rentable. Resucitar con tan solo un ligero lifting de piel, es el caso de la legendaria y reverenciada serie de fragancias clásicas La Historia del Órgano de Nat Lilenstein (con olor a vieja y sabia escuela), producida hace ahora 20 años en la vieja Europa y que, como el instrumento que radiografía, pedía ya a gritos una nueva puesta al día de su enciclopédico patrimonio sonoro y documental (vuelve de las sombras en una voluminosa y colorida caja).

Un didáctico, reprográfico y sensorial viaje por uno de los instrumentos más misteriosos, inaccesibles, testimoniales y mágicos de toda la humanidad. El órgano ha tenido el don de ponernos en línea directa con nuestros dioses. Si ese que retrata el Antiguo Testamento es capaz de tocar algún instrumento, está clarísimo que se sentará frente a un celestial pedalero y siempre a la derecha de Bach. Este emparedado artilugio musical, tan al abrigo de otras artes como son la acústica, la tecnología, la ingeniería o la arquitectura, estuvo muy vinculado al desarrollo cultural y religioso de nuestras sociedades.

Dividida en cuatro capítulos de casi una hora de duración, la cuadrangular serie (pese a la estrechez de metraje) es una válida y efectiva herramienta para adentrarse por las invisibles entrañas de esa fascinante y ruidosa caja de Pandora. Mucha música y un amplio despliegue de apuntes históricos, nos acompañan a lo largo de este fabuloso paseo por el tiempo y sus partituras, que se exprime hasta la última gota gracias a unos trabajados subtítulos en castellano. Sus análisis y enseñanzas (que se siguen con fervor) no poseen un carácter científico o erudito, pues pueden ser asimiladas sin notable esfuerzo por cualquier melómano de clase media. Al desnudo interior y pormenorizado, se le añade la visita a algunos de los órganos más bellos y museísticos que perviven por nuestro continente. Saorge, Lyon, Lucerna (y sus impresionantes tubos de 11 metros), Albi, Plaisance, Weingarten, Ámsterdam, Norden, Cappel, Brescia, Houdon o nuestra despoblada Tierra de Campos son los lugares de peregrinación (las construcciones elegidas van del Renacimiento hasta el siglo XX).

La invisible cámara, perennemente abierta a fagocitar alguna clase magistral o explorar embobada el entorno, se recrea durante los pasajes musicales en la belleza y grandiosidad arquitectónica y ornamental que le rodea. Los compositores seleccionados para dar voz al instrumento son: Attaignant, Cabezón, Frescobaldi, Correa de Arauxo, François Couperin, Grigny, Daquin, Sweelinck, Buxtehude, Weckmann, Bach, Marchand, Dandrieu, Franck, Widor, Reger, Messiaen y Jehan Alain. De éste último (uno de los grandes del neoclasicismo), la encargada de introducirnos por su virtuosísima obra es su hermana Marie-Claire Alain, cuyas inalcanzables cifras de ventas la convirtieron en el organista más popular del siglo pasado. Además de esta divinidad con tacones, la lista de solistas se engrandece con: François Chepelet, Jean Boyer, André Isoir, René Saorgin, Bernard Foccroulle, Hans Heintze, Xavier Darasse, Louis Robilliard o el mítico Gustav Leonhardt. Las tomas sonoras son magníficas, impregnadas en su mayoría de la riqueza de colores, grandiosidad espacial y diversidad de registros y estilos. Su devenir cronológico, nos descubre la evolución continua que ha sufrido el órgano a lo largo de su revolucionaria existencia.

Arqueología sonora

Los orígenes latinos es el episodio más didáctico, mostrándonos los diferentes tipos de órganos y sus múltiples mecanismos. Para ello nos introduce la figura artesanal del “organero”. En Brescia visitamos uno de sus talleres donde se nos explica los diferentes tipos de tubos (de boca o lengüeta). Con ellos se consiguen hacer surgir el sonido y jugar con los registros. De Italia caminamos hasta la Tierra de Campos en la Castilla del siglo XVIII, para ver algunos de nuestros mejores órganos ibéricos (Abarca de Campos, Frechilla y Castromocho, donde aún se conserva uno con los fuelles manuales originales). Potentes y brillantes resonancias, repletos de trompetería y bombardas, fabricados en su mayoría por el célebre Tadeo Ortega. Los Tientos de nuestro Antonio de Cabezón y Correa de Arauxo inundan la banda sonora.

También nos adentramos en los epicentros organísticos de los Países Bajos y Alemania, donde la reforma luterana convirtió el instrumento en parte fundamental de su liturgia. Mención aparte merecen las detenciones especiales sobre figuras clave como: Frecobaldi (alucinantes trinos), Buxtehude (colorida Toccata), Reger, Widor (con sus endiabladas digitaciones), Messiaen (y su candor religioso) o el pionero Sweelinck, del que escuchamos alguna de sus piezas barrocas desde la Nueva Iglesia de Ámsterdam en las manos y pies del legendario Gustav Leonhardt (con su habitual austeridad de conceptos y gestos).

La serie adquiere cotas elevadas de calidad en los pasajes dedicados a Bach. Del más grande podemos admirar una selección de Corales del Orgelbüchlein (la Biblia para cualquier organista), Preludios y Fugas, Tríos Sonatas o sus transcripciones de los Conciertos de Vivaldi, magníficamente interpretadas por André Isoir desde el impresionante órgano de la basílica de San Martín en Weingarten (divertidísimo el registro del cuco en el villancico In dulci jubilo). Una segunda oportunidad irrenunciable para esos rezagados que se perdieron en su día este estruendoso libro abierto de incalculable valor histórico. © 2017 Ritmo





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