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Juan Manuel Viana
El arte de la fuga, November 2015

A propósito de la sinfonía dramática Le Tasse, que valió a su autor el Premio de Composición de la Villa de París en 1878, el crítico Julien reprochó a Benjamin Godard tener “el defecto de los que se confían demasiado a su facilidad natural”. Parisino de 1849, Godard gozó de gran reputación como violinista virtuoso—fue alumno de Vieuxtemps—y excelente pianista, lo que propició que Ambroise Thomas le confiara en 1887 la clase de conjunto instrumental en el conservatorio.

El bagaje técnico de Godard era irreprochable, su destreza compositiva manifiesta—avivada por una situación económica, según el testimonio de su alumno Louis Aubert, siempre precaria—y su habilidad melódica proverbial, pero su hostilidad hacia Wagner—se jactaba de no haber abierto nunca ni una sola de sus partituras—su gusto por el exotismo algo superficial que encandilaba al público de la época—escribió una sinfonía Oriental (Yates, Dutton, 2011) y hasta una Fantasía persa para piano y orquesta (Sangiorgio/Yates, Dutton, 2012)—la sentimentalidad que aflora en muchas de las piezas de su amplísimo catálogo pianístico (Martin, Naxos “Patrimoine”, 1995) y la explotación de esa vena nostálgica de la “vieja Francia” que certifican obras como su drama lírico Jeanne d’Arc (1891), le situarían al margen de la “nueva ola” de modernidad que soplaba con fuerza desde la otra orilla del Rin.

Godard se prodigó en todos los géneros, con excepción del religioso, y al repertorio de cámara contribuyó con un puñado de obras más que estimables: de entre las recuperadas en los últimos años, dos tríos para piano y cuerdas (Parnassus, MDG, 2010) muy populares en su tiempo, una espléndida sonata para violonchelo y piano (Lidström/Forsberg, Hyperion, 1995), una celebrada suite para flauta y piano (Piccinini, Claves, 2000; Bezaly, BIS, 2007) y este trío de cuartetos de cuerda que, en versiones ejemplares del Cuarteto Élysée y con producción del Palazzetto Bru-Zane, disfrutan ahora de su primera grabación en disco.

Profundo admirador de Chopin y de los románticos alemanes—en particular de Mendelssohn y Schumann—Godard adereza el inmediato encanto melódico del primero con la fantasía y exaltación anímica del último, lo que le distancia del temperamento más templado exhibido por sus coetáneos Dubois y Saint-Saëns en partituras análogas. Como también le sucediera a Schumann, el músico parisino se extravía en vericuetos y revueltas cuando la rigidez de la forma sonata se le resiste (“Allegro” final del Cuarteto nº 1, fechado en 1876). Pero cuando prende la emoción (como en el precioso “Andante quasi adagio” de esta misma obra), cuando la rítmica es más sugerente (“Vivace ma non troppo” y “Allegro molto” del segundo, un año posterior y dedicado por su autor a Engelbert Röntgen y Henri Petri, padres respectivos del compositor holandés Julius Röntgen y del pianista Egon Petri) o cuando la elaboración formal se muestra más acabada y homogénea (como en el excelente Cuarteto nº 3 Op. 136 de 1892) la maestría de Godard consigue revelarse en toda plenitud. Lástima que la tuberculosis acabara con su vida sólo tres años después, impidiendo que llegara a contemplar el mayor de sus éxitos líricos, la ópera cómica La Vivandière. © 2015 El arte de la fuga





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