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Juan Manuel Viana
El arte de la fuga, January 2016

Aunque a los casi setenta años de su muerte hoy apenas se le recuerde por un puñado de exquisitas mélodies (“Si mes vers avaient des ailes”, “L’Énamourée”, “Chanson d’automne”, “L’Heure exquise”, “À Chloris”) y, más allá del plano musical, por su breve relación sentimental con Marcel Proust mediada la última década del XIX, Reynaldo Hahn (1874–1947) fue autor de un vasto catálogo abierto a casi todos los géneros: del oratorio y la música incidental al ballet y la opereta, terreno en el que logró celebridad en los años de entreguerras con títulos como Ciboulette.

No obstante, la fama alcanzada por Hahn como autor de canciones y miniaturas pianísticas—las reunidas en Portraits de peintres, Premières valses o Le rossignol éperdu— y su vitola de artista mundano y decadente, de músico ligero y aun frívolo, invitado asiduo a los salones de la alta sociedad parisiense, han logrado ocultar algunos rincones de su legado de muy recomendable visita, como los que este afortunado registro de Timpani nos muestra.

Le Bal de Béatrice d’Este, compuesto en 1905 para un original conjunto de diez vientos, piano, dos arpas y percusión, es un consumado ejemplo de la facilidad de Hahn para evocar atmósferas musicales pretéritas, en este caso la corte milanesa de Ludovico Sforza. En los siete movimientos de esta suite de danzas—de la que conocíamos las versiones de Corp (Hyperion, 1989), menos contrastada, y del propio Hahn (Dutton, 1935)— hay lugar para la solemnidad (“Entrée pour Ludovic le More”) y el sabor arcaizante (“Romanesque”), para la voluptuosidad (“Léda et l’Oiseau”) y la energía (“Ibérienne”), pero sobre todo para la suprema elegancia melódica y el mayor refinamiento tímbrico (“Lesquercade”, “Courante”).

En el Divertissement pour une fête de nuit (1931), para vientos, piano, percusión y cuarteto de cuerdas, el músico franco-venezolano practica con frescura y picardía admirables el pastiche neoclásico (“Haydn chez le prince Esterhazy”, “Le Jugement de Pâris”) en una recreación de la Viena clásica y romántica que culmina con un prodigioso “Lumières. Valse dans les jardins”, suerte de banda sonora para una secuencia de Max Ophüls en la que Hahn parece disfrazarse como el último de los Strauss y—al igual que en el nostálgico poema de Gil-Albert—ponerse las espuelas “con que el caballo vals galopa firme / dentro de los espejos fugitivos”.

Si en la breve e inédita Sérénade de 1942, para flauta, oboe, clarinete y fagot—que, como la obra anterior, se graba aquí por vez primera—, Hahn muestra su cara más desenvuelta y traviesa (escúchense las piruetas sonoras del “Preste et léger” final), el Concerto provençal, fechado hacia 1944 e instrumentado para flauta, clarinete, fagot, trompa y cuerdas, constituye una penúltima y añorante mirada al pasado en forma de concerto grosso en el que cada movimiento suscita el recuerdo de un árbol de la Provenza. Inolvidables la agridulce atmósfera à la Poulenc de “Sous les platanes”, la deliciosa rusticidad de la farandole en “Sous les oliviers” y, especialmente, la hondura neomozartiana del cautivador “Sous les pins” central. Escuchando de nuevo a Reynaldo Hahn resulta difícil evitar la tentación de definirle con las mismas palabras que el temido Eduard Hanslick dedicara en 1899 a Johann Strauss II: “Último símbolo de los días alegres y despreocupados que precedieron a nuestra época conflictiva y sin brillo”. © 2016 El arte de la fuga





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