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Juan Carlos Moreno
Ritmo, October 2016

Entre 1935 y 1940, el año de su muerte, el mexicano Silvestre Revueltas compuso once bandas sonoras. La más conocida, sin duda gracias a la suite orquestal extraída de ella, es La noche de los mayas, pero la más importante y original posiblemente sea la primera de todas, Redes. Realizada por Emilio González Muriel y el austriaco Fred Zinnemann (quien no mucho más tarde haría carrera en Hollywood), se trata de una película que mezcla la ficción con el documental, un poco al estilo de algunos clásicos del cine soviético clásico. Recuérdese que el mismo Serguéi Eisenstein, el creador de monumentos fílmicos como El acorazado Potemkin o Alexander Nevsky, anduvo pocos años antes por tierras mexicanas, donde intentó filmar la finalmente inconclusa ¡Que viva México!

En lo que se refiere al argumento, Redes ciertamente no depara grandes sorpresas: es una historia que, siguiendo los cánones del realismo socialista, enfrenta la dignidad, honestidad y valentía del pueblo, en este caso uno de pescadores, a la perfidia de los caciques, retratados como explotadores sin escrúpulos ni sentimientos, y la hipocresía de los políticos, traidores vendidos al poder y el dinero. Pero si por ahí tiene poco nuevo que ofrecer (a pesar de escenas que son todo un ejemplo de cómo narrar en base solo a la cámara), otra cosa es el aspecto de documental: la mayor parte de los intérpretes no eran actores profesionales, si no auténticos pescadores, por lo que verlos en acción tiene mucho de documento antropológico. Si a esto se añade que las imágenes vienen filmadas por un director de fotografía como Paul Strand, que sabe sacar el mayor provecho al blanco y al negro, hacer evidente esa abrasadora luz solar del pueblo en que sucede la acción y tratar con especial potencia expresiva los rostros y los objetos, no cabe duda que la obra adquiere gran altura artística. Por supuesto, su otro gran puntal es la música de Revueltas, atenta a subrayar cada situación, sea el drama del pescador que ha perdido a su hijo por no poder pagar las medicinas, sea la épica de la pesca en equipo o la brutalidad de la pelea de pescadores, por no hablar de la tensión in crescendo de la escena final… Es, en suma, una música perfectamente adaptada a la imagen, con algún apunte popular, pero sin ceder a lo pintoresco o lo folclórico. Al contrario: en ella domina una sonoridad incisiva, que acrecienta el dramatismo de las imágenes.

El que la música sea casi omnipresente y prácticamente nunca se solape con los diálogos ha permitido a Ángel Gil-Ordóñez volver a grabar la banda sonora al frente del PostClassical Ensemble y superponerla a la película restaurada. De este modo, el trabajo de Revueltas brilla, adquiere ese protagonismo que quisieron tuviera los creadores de la película, pero que los medios técnicos de la época no podían dar, como se aprecia al ver la película con la banda sonora original, también incluida en el DVD. La edición recoge entrevistas al musicólogo Lorenzo Candelaria, el director técnico del PostClassical Ensemble Joseph Horowitz y al director de orquesta Gil-Ordóñez, interesantes para conocer mejor la obra de Revueltas, su compromiso político con el socialismo y detalles de su música, como su americanismo o su peculiar orquestación, muy influida por el arte popular. Un trabajo muy recomendable, tanto para los melómanos como para los amantes del cine clásico. © 2016 Ritmo



Jesus Del Toro
La Raza, September 2016

Silvestre Revueltas es uno de los mayores compositores de México. Sus obras para orquesta sinfónica y de cámara destacan en el ámbito de la música mexicana de concierto por su originalidad, espíritu libre y filiación popular. En la voz de Revueltas (1899–1940) resuenan con maestría manifestaciones del alma popular que, siendo profundamente mexicanas, se resisten a caer en los estereotipos y corsés del arte nacionalista y tienen una expresión muy personal, cargada a la vez de rebeldía, humor, compasión, drama, alegría y solidaridad.

La música de Revueltas es singular, profunda y poderosamente mexicana, pero sus obras han padecido incomprensión, olvido en algunos casos, tanto dentro como fuera de México.

Durante su vida Revueltas tuvo una conexión importante con Estados Unidos, donde vivió, estudió y trabajó entre 1917 y 1929. Fue en Estados Unidos donde Revueltas—que residió en Austin y San Antonio (Texas), Chicago (Illinois) y Mobile (Alabama)—realizó buena parte de su formación musical y dio sus primeros pasos como compositor, si bien la porción más importante y significativa de su obra la compuso en México durante la década de 1930.

La obra revueltiana, así, recibió atención en la escena musical de Estados Unidos casi desde el principio. Aaron Copland, uno de los compositores estadounidenses más importantes del siglo pasado, presentó un cuarteto de cuerdas de Revueltas en el primer Festival de Yaddo (Nueva York) en 1932 y habló auspiciosamente de él en un artículo publicado en 1937 en The New York Times con motivo del estreno neoyorquino de la película ‘Redes’, cuya música monumental fue compuesta por Revueltas.

Además, a lo largo de las décadas tras la muerte de Revueltas, directores de orquesta tan variados como Fritz Reiner, Leopold Stokowski, Leonard Bernstein, Eduardo Mata, Jorge Mester, Micheal Tilson Thomas, Leonard Slatkin, Gisele Ben-Dor, Jorge Pérez Gómez, Esa-Pekka Salonen, Gustavo Dudamel, Carlos Miguel Prieto y Ángel Gil Ordóñez, por solo mencionar algunos, han dirigido obras de Revueltas con numerosas orquestas a lo largo y ancho de Estados Unidos y han sido promotores de la obra revueltiana ante las audiencias estadounidenses.

En ese contexto, Gil Ordóñez, la orquesta PostClassical Ensemble, de la que él es director musical, y Joseph Horowitz, un notable innovador de la presentación de conciertos y uno de los mayores historiadores de la música clásica en Estados Unidos, que es su director ejecutivo, han sido por más de una década campeones del repertorio mexicano de Revueltas en el país.

Por ejemplo, han presentado en Washington DC obras que son poco tocadas (como ‘Planos’ o la versión para pequeña orquesta de ‘Sensemayá’) y dado una nueva dimensión a la joya de la música de Revueltas para el cine: ‘Redes’.

La película ‘Redes’, estrenada en 1936 pero filmada en 1934, es notable por su fotografía, obra del estadounidense Paul Strand, uno de los más influyentes fotógrafos del siglo 20, y sobre todo por la música de Revueltas. La relevancia de la música es tal que, en gran medida, la edición del filme se realizó para acoplarse a su dinámica y las escenas mayores de la película (que retrata la lucha de pescadores de Alvarado, Veracruz, por liberarse de la opresión y la pobreza) transcurren en una dicotomía fotografía/música, sin diálogo pero con poderosas capacidades expresivas.

Además, si se tiene en cuenta que ‘Redes’ fue producida en los primeros años del cine sonoro y cuando el género mismo de música especialmente compuesta para una película estaba en su etapa naciente, la relevancia de esta obra de Revueltas es clara, a lo que cabe añadir sus virtudes musicales intrínsecas y su poderoso sentido a la vez épico e individualmente emotivo.

Pero ‘Redes’ tuvo durante décadas un problema: la banda sonora original de la música de Revueltas que integra el filme es deficiente, tanto por la tecnología de grabación de su época como por la interpretación en sí, por lo que la experiencia musical al ver la película era incompleta. Inclusive, por años ‘Redes’ sólo podía disfrutarse a cabalidad en las contadas ocasiones en que era exhibida en cines o salas de concierto con proyección y música en vivo.

Ciertamente existen suites de concierto de ‘Redes’, una del propio Revueltas, y la más popular y tocada es un arreglo del histórico director de orquesta austriaco Erich Kleiber. Pero, como sostiene Horowitz, cuando la música se escucha en sintonía con las imágenes para las que fue concebida es que ‘Redes’ se aprecia con todo su poder.

Es justamente esa experiencia, la película con música orquestal en vivo, lo que Gil Ordóñez y Horowitz se dispusieron a consolidar en formato DVD. Y aunque antes y después de que ellos realizaron (en 2003) su primer concierto de ‘Redes’ con película y música en vivo se han registrado otras sesiones similares con orquestas mexicanas y estadounidenses (Salonen y Ben-Dor, por ejemplo, lo hicieron en Los Ángeles y Santa Bárbara, California, respectivamente), el PostClassical Ensemble ha sido uno de los mayores campeones de Revueltas en general y de ‘Redes’ en específico en Estados Unidos.

Su más reciente aportación es de gran envergadura: utilizando el filme de ‘Redes’ restaurado y remasterizado por World Cinema Project, iniciativa fundada por Martin Scorsese, el PostClassical Ensemble bajo la batuta de Gil Ordóñez realizó hace unos meses una nueva grabación de la partitura completa de ‘Redes’, y bajo el sello de la disquera NAXOS lanzó en mayo de 2016 un DVD de la película en el que la música de Revueltas  brilla con una nueva dimensión. (Se puede adquirir en naxosdirect.com o amazon.com)

Las virtudes del DVD del PostClassical Ensemble van más allá de su condición de primicia: Gil Ordóñez supo aportar a la música un tempo y una expresividad que se amoldan de modo singular (y diferente a la versión original) al flujo de las imágenes, algo que se aprecia de modo notable, por ejemplo, en las secuencias del funeral y la pesca y en el gran final del remo de las lanchas y las olas del mar veracruzano.

El nuevo DVD de ‘Redes’ es, así, no sólo una notable aportación al mayor conocimiento de la obra de Revueltas en Estados Unidos—Horowitz considera al compositor mexicano como uno de los mayores del siglo 20, aunque no sea reconocido aún a cabalidad—sino que se trata del rescate de una de las joyas de la música y el cine de México, de la necesaria presentación con alta definición y alta fidelidad de uno de los más lúcidos e inusuales maridajes de imagen y sonido en la historia de la cinematografía (anterior y comparable con la dupla entre Eisenstein y Prokofiev en ‘Alexander Nevsky’), y de la oportunidad de apreciar en casa una historia y una expresión musical que, aunque se proyecta desde ocho décadas atrás, tiene resonancias políticas, sociales y artísticas profundamente contemporáneas. © 2016 La Raza



Jorge F. Hernández
El País, August 2016

Hace ya tiempo que Ángel Gil-Ordóñez y Joseph Horowitz se dedican a rescatar la memoria perdida del arte, obras que no merecen perderse en la amnesia. Profesor, músico y director de la orquesta de la Georgetown University el primero y escritor y musicólogo el segundo, ambos se han empeñado ahora en sacar del olvido la histórica película mexicana Redes, codirigida en 1936 por Fred Zinnemann y Emilio Gómez Muriel, con fotografía de Paul Strand. El filme narra las duras condiciones laborales de un poblado de pescadores de Michoacán en el México posrevolucionario.

Su trabajo ha permitido que la cinta reviva ahora de nuevo en DVD (Nexos), con sus imágenes remasterizadas y la banda sonora regrabada, lo que servirá para compensar aquello que decía Juan Rulfo sobre ese ruido que es el silencio en torno a México y su revolución.

Reinventar la experiencia

Gil-Ordóñez acudirá el 21 de septiembre a Madrid para su estreno. La edición será presentada ese día por el escritor Antonio Muñoz Molina y el director de EL PAÍS, Antonio Caño.

Dos días después, el director y la Orquesta Sinfónica de Radio Televisión Española interpretarán la banda sonora completa en el Teatro Monumental de Madrid. La música del filme fue compuesta por el mexicano Silvestre Revueltas (1899–1940), violinista y director de orquesta que “soñaba música para cuya transcripción no existían caracteres gráficos”.

De la enrevesada mente de aquel compositor desgarrado parecen emanar las escenas que fotografió Paul Strand para un filme cuyos intérpretes no son actores, pues la musculatura, sudores y gestos corresponden a auténticos pescadores, tan reales como el hambre de sus hijos, los perros flacos, las sombras o el silencio que anudan los hilos de sus redes.

Gil-Ordóñez y Horowitz han formado el PostClassical Ensemble, plataforma desde la que hurgan en la cultura del pasado. Hace ya dos décadas que el escritor judío residente en Nueva York y el director de orquesta madrileño afincado en Estados Unidos unieron sus talentos para reinventar la experiencia de la música en público.

Horowitz dejó su presencia semanal como columnista en The New York Times y se concentró en escribir libros, entre ellos, sendos indispensables volúmenes sobre la música clásica en Estados Unidos y en torno a los grandes artistas del siglo XX exiliados en América

Gil-Ordóñez se fue de España para hacer las Américas. Discípulo dilecto del gran Sergiù Celibidache, se ha convertido en ese sabio que conoce al dedillo la biografía de Haydn o cómo eran las calles de Viena en tiempos de Beethoven, y, de pronto, se despeina, batuta en mano, para echar a volar con las yemas de los dedos los sonidos que emanan de 72 instrumentos guiados por una partitura que parece proyectar con su mirada.

El afán del PostClassical Ensemble es interpretar a compositores cuyo trabajo ya casi nunca se escucha en los escenarios o cualquier obra musical, pero acompañada de los elementos que la contextualizan. De este modo, el espectador no solo asiste a la interpretación en vivo, sino que presencia también la intervención de expertos que, por ejemplo, detallan la biografía del compositor y las circunstancias de su época, junto a la proyección de imágenes o la presencia de los elementos que alimentan esa pieza.

En una ocasión, el PostClassical Ensemble montó todo un programa con uno de los últimos trabajos de Gustav Mahler, basado en poemas chinos (de una dinastía ya esfumada en la amnesia).

El público no solo pudo escuchar la interpretación sinfónica de esa última partitura de Mahler, sino la lectura del poema en su idioma original—y la traducción simultánea—y además, una pieza musical china de la misma época en la que se escribieron los versos con instrumentos tradicionales de aquel país.

El espectador conocía así que el poema versaba sobre la despedida que se dan dos amigos al final de sus vidas. De esta forma, el espectador sale del teatro convencido no solo de haber escuchado por vez primera una música que quizá ya conocía de antes, sino de haber comprendido o presenciado las notas con las que Mahler decía su adiós al mundo. © 2016 El País



Antonio Muñoz Molina
El País, May 2016

Le importaban demasiado la política, las películas y las cantinas como para someterse a la astucia de quien se labra una carrera.

Silvestre Revueltas decía que soñaba con una música para cuya transcripción no existían caracteres gráficos. Nació en la última noche del siglo XIX y murió de pulmonía en la Ciudad de México sin haber cumplido los 40 años, después de una noche de borrachera y mucho frío en la que parece que le regaló su chaqueta a un mendigo. La derrota de la República española y el desencanto de las promesas no cumplidas de la revolución mexicana habían acelerado su alcoholismo y su depresión.

Igual que Mahler, recordó siempre el primer impacto sonoro de una banda de música tocando por las calles del pueblo donde vivía de niño. Algo de la crudeza expresiva de los instrumentos de viento se escucha en sus mejores composiciones. Igual que Shostakóvich, Revueltas se ganó la vida cuando era muy joven acompañando películas mudas al piano. El hábito de la improvisación al hilo de las imágenes fortalecería su idea espacial, visual, escultural de la música. Si no encontraba notaciones adecuadas para la música que imaginaba, podía verla en las imágenes del cine y de la vida callejera, escucharla en los reclamos y en los gritos de los vendedores ambulantes, en los que encontraba un desafío de inspiración popular. A los siete años ya tocaba con brillantez el violín. En su provincia natal y luego en la Ciudad de México encontró una educación musical muy anclada en los academicismos del siglo anterior. Cuando escuchó por primera vez una partitura de Debussy, descubrió que la música que él había imaginado ya existía, como el adolescente literato que descubre que El proceso o Esperando a Godot ya fueron escritos. “Debussy me hacía el mismo efecto que un amanecer”, escribió.

Fue muy joven a estudiar a Estados Unidos, en Chicago y en Texas, y tocó en los cines y en las orquestas de teatro y de baile de Mobile, Alabama. Su formación y su sensibilidad eran mucho más americanas que europeas. Aaron Copland, Virgil Thomson, César Chaves, George Gershwin habían peregrinado con la debida reverencia modernista a París. Revueltas se mantuvo tan ajeno a la tentación europea y francesa como su coetáneo Charles Ives, otro raro de la música. Silvestre Revueltas solo estuvo en París de paso hacia lo único que le importaba entonces de Europa, que era la España republicana. Revueltas vino a España en una expedición de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, de la que formaban parte Octavio Paz y su esposa casi adolescente, Elena Garro. Vino a participar en el congreso de intelectuales de Valencia, en la primavera de 1937, pero nada más llegar a Madrid se las arregló para aventurarse en el frente de la Ciudad Universitaria, un gordo con traje y corbata perdido en la tierra de nadie entre las posiciones enemigas, preguntando a gritos dónde estaban los soldados leales, tirándose a una zanja para evitar los disparos.

Casi todo lo que sé sobre Silvestre Revueltas lo he aprendido de mis amigos del PostClassical Ensemble, el director de orquesta Ángel Gil-Ordóñez, el historiador y crítico Joseph Horowitz. Revueltas es uno de esos compositores que por accidentes diversos—en este caso la vida desordenada y la muerte prematura, el hecho de ser mexicano— no ocupan el lugar que debería corresponderles en la cultura musical contemporánea, que tiende de una manera tan tenaz a la esclerosis en las programaciones. Revueltas componía en largos arrebatos como de posesión, pero solo se dedicó a esa tarea con cierta constancia en los últimos 10 años de su vida tan breve. Compuso más música para películas y teatros de títeres que para severos programas sinfónicos. Le importaban demasiado la política, la protesta social, la vida común de la gente trabajadora, las películas, las cantinas como para someterse a la disciplina y a la astucia de quien se labra una carrera. Su música, tan poderosa en sí misma, resalta más en la rica encrucijada de las artes visuales de los años treinta, en la tensión entre la modernidad y la cultura de masas, entre la innovación formal y el activismo político.

Por esas zonas se mueve el PostClassical Ensemble, con un empeño no solo de recuperar obras poco escuchadas y nombres de compositores no habituales en las salas de conciertos, sino de situar esas músicas y esos nombres en el contexto de su tiempo, restablecer o iluminar sus conexiones con la política, con la vida social, los hechos históricos, todo lo que rodea y alimenta la música aunque no sea evidente en ella. Con sus corbatas de lazo y un mechón que salta en los aspavientos orquestales, Ángel Gil-Ordóñez tiene una doble mundanidad de director de orquesta y de profesor español en una excelente universidad americana. En su barrio de toda la vida, el Upper West Side de Nueva York, Joseph Horowitz es un anacoreta de la erudición y la pasión exigente de la música clásica, pero su conocimiento se extiende con igual rigor a la literatura y al cine, a la historia de la cultura a través de las grandes crisis del siglo XX. Su libro Artists in Exile, sobre la gran diáspora europea provocada por el nazismo y el comunismo, tiene la ambición de una crónica histórica y de una novela-río. Entre los dos, Gil-Ordóñez y Horowitz, llevan años difundiendo en Estados Unidos una visión radicalmente despojada de exotismo de las mejores músicas españolas, Falla, Albéniz, Óscar Esplá, o vindicando a compositores tan singulares como Bernard Herrmann. En algunas de esas aventuras, en las que suele participar el excelente pianista Pedro Carboné, he tenido la suerte de verme incluido.

La más reciente es otro gran redescubrimiento: el estreno y la grabación de la partitura íntegra que compuso Silvestre Revueltas para una película mexicana legendaria, Redes, que dirigieron en 1935 el fotógrafo Paul Strand y el cineasta austriaco exiliado Fred Zinnemann. Es difícil imaginar una conjunción más completa de talentos. Paul Strand sabía ser al mismo tiempo documental y poético; su sentido de la composición es tan agudo como su propósito de atestiguar lo real.

En 1935 las mejores películas preservaban todavía la pureza visual y la sofisticación expresiva del cine mudo. En Redes, las imágenes y la música forman una combinación tan poderosa que las pocas palabras que se dicen en ella son más bien irrelevantes. A Revueltas el amor por Stravinski y por las danzas populares de México le inspiraron un sentido rítmico fieramente corporal, que en Redes le sirve para mostrar el esfuerzo físico y la coreografía de los trabajos colectivos de los pescadores. Casi 20 años después, en Hollywood, Fred Zinnemann iba a dirigir High Noon, donde hay una claridad de blancos deslumbrados y de luz solar inflexible idéntica a la de Redes. Ahora, con la película restaurada y la música de Revueltas grabada de nuevo por el PostClassical Ensemble, su belleza visual y sonora resaltan como nunca. Dice Joseph Horowitz que es como ver una obra maestra de la pintura de la que se han limpiado siglos de mugre. El Silvestre Revueltas extenuado y desengañado de los últimos tiempos no habría imaginado una posteridad así. © 2016 El País





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