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Álvaro del Amo
Ritmo, February 2017

El productor Andrea Andermann muestra un justificado orgullo por su “invención”. Porque mucho de tal tiene la audacia, inédita hasta el momento, de armonizar el teatro, el cine y la televisión al servicio de una ópera. Él lo llama película en directo, un término nuevo para una forma nueva.

La obra se ensaya durante meses en los lugares donde va a desarrollarse la acción; ensayos actorales, vocales y musicales, pues es preciso armonizar una complejidad técnica, que es la suma del teatro, el cine y la televisión. El director cinematográfico actúa como tal, decidiendo la planificación, para lo que cuenta con varias cámaras, e indicando a los actores gestos y movimientos. El director musical y la orquesta se encuentran en otro lugar, y para establecer la relación con los cantantes, estos disponen de monitores ocultos hábilmente en el decorado, al tiempo que sus voces llegan a los músicos a través de una red de micrófonos.

Se ha ensayado la función como si fuera una película, con la peculiaridad de que el momento de la filmación será también el de la película terminada. Rodaje, montaje, mezcla de sonido y exhibición se producen al mismo tiempo, en una fecha y a una hora precisas, literalmente en directo, pues la obra se transmite por televisión al mundo entero.

Una proeza técnica, susceptible de alcanzar también la categoría de logro artístico, como se demuestra en esta colección. La versión de Tosca alcanza una rara intensidad dramática, La Traviata demuestra que es posible armonizar el realismo cinematográfico con la irrealidad de la ópera, mientras Rigoletto merece el crudo calificativo de fiasco por una errónea elección de sus artífices.

Tosca romana

Tosca, de 1992, se plantea con un propósito de fidelidad. La historia ocurre en lugares concretos de Roma, y a ellos se acude para dotar a la ficción de “sus” escenarios. El cine se cuela en la iglesia Sant’Andrea della Valle, donde Cavaradossi pinta el retrato de la Magdalena, en el Palacio Farnese, donde Scarpia tiene su despacho, y en la terraza del Castel Sant’Angelo, donde el pintor será fusilado “de mentira”. La fotografía de Vittorio Storaro despliega su técnica de luces contrastadas, su particular visión del claroscuro pictórico próximo a Caravaggio, al que dota de un sutil esplendor cinematográfico; el espectador se zambulle en la inmediatez de cada momento, desde las incidencias en la iglesia hasta la muerte en la cima del baluarte.

El duelo Tosca/Scarpia, iluminado y planificado como una escena de película, resulta casi insoportable en la potencia de su furia. Plácido Domingo, Catherine Malfitano y Ruggero Raimondi, en ese momento pletóricos cantantes y actores consumados, los tres magníficos a las órdenes de una doble dirección magistral, Zubin Mehta, gran experto en la obra, y el cineasta Giuseppe Patroni Griffi.

Traviata parisina

Patroni Griffi (1921–2005) fue un director italiano de sólida formación, literaria, teatral y cinematográfica, algo así como un hermano espiritual de Luchino Visconti, que en su versión de La Traviata (2000) manejó con inspirado talento el complejo artificio a su cargo, filmando la ópera de Verdi como si se tratara de un relato cinematográfico. Rodada en París, buscando también una autenticidad de escenarios, la planificación nos introduce en cada escena, descubriendo detalles y matices, invisibles sobre el escenario; los movimientos de cámara muestran el exterior e interior del palacio donde se celebra de la fiesta del primer acto, con la tromba de los invitados como un río humano de fantoches bien vestidos.

Storaro lanza su imaginación, inundando de luz azul el soliloquio de Violetta cuando se queda sola, hasta acabar contemplando en un espejo su imagen confundida con la de Alfredo. El último acto, rodado en un solo plano secuencia, que empieza con las manos de la enferma que se unen a la de su criada al entregarle la precaria medicina, llega sombrío y fúnebre en el humilde cuarto abarrotado.

La joven soprano siberiana Eteri Gvazava (Omsk, 1969) es una muy convincente protagonista, junto a José Cura en un Rodolfo sufridor, y un adecuadísimo Rolando Panerai como Germont, que aquí no es el consabido señorón avasallador, sino un pequeño burgués mezquino y cicatero a punto de verse a sí mismo como tal. En su dúo con Violetta, el travelling la sigue a ella, con él detrás, hasta que la mujer se sitúa en plano medio recibiendo a su espalda el ruego lamentable del caballero.

Rigoletto en Mantua

Zubin Mehta, siempre con la Orquesta Nazionale della RAI, fiel a su estilo de pudorosa intensidad, culmina el gran acierto de La Traviata, y es el único intérprete que se salva de la catástrofe de Rigoletto, donde ni siquiera el fotógrafo puede utilizar sus pinceles de luz con la pericia demostrada hasta entonces. Realizada en 2010, se ha ambientado en Mantua, un empeño forzado de fidelidad al lugar de la acción, inútil en este caso, pues los preciosos escenarios apenas se vislumbran por la incompetencia de la realización cinematográfica. Muerto Patroni Griffi, fue sustituido por Marco Bellochio, un director muy notable de amplia carrera, que aquí naufraga.

Su insistencia en los primeros planos aíslan a los intérpretes del conjunto, sin que se sepa muy bien dónde se encuentran; Gilda irrumpe tras la seducción en un desangelado corredor que apenas se ve, y enseguida el dúo con su padre se constriñe en la consabida alternancia campo/contracampo, que chirría aplicado a esta escena; la casa del bufón recuerda a un hostal y el “Caro nome” lo recita la enamorada sin saber qué hacer, yendo y volviendo por un jardincillo. Julia Novikova y Vittorio Grigolo no acaban de centrarse, frente a un Plácido Domingo estentóreo como actor e insufrible como cantante; no es extraño que el baritenor no se haya prodigado en un papel donde su interpretación produce una vaga incomodidad.

Es también Domingo quien acapara el bonus dedicado a Rigoletto, que no tiene el interés del dedicado a Tosca, donde, aparte de un reportaje sobre los pormenores de la realización, se analiza el trabajo compositivo de Puccini. El documental dedicado a La Traviata es un jugoso manjar, que paladearán sobre todo los cinéfilos desdoblados en operófilos, por su rigor y amenidad al explicar los secretos de una proeza técnica que cristaliza en rotundo triunfo artístico. © 2017 Ritmo





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