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Rafael-J. Poveda Jabonero
Ritmo, March 2017

La presente publicación se compone de dos partes, ambas carentes de subtítulos en cualquier idioma: La filmación de El sueño de Geroncio en la Catedral de Canterbury el 29 de marzo de 1968, más un extenso documental, entorno a la figura de Adrian Boult como uno de los grandes directores británicos de la historia más reciente. De la mano de Vernon Hadley, un amplio grupo de personajes relacionados con la vida musical inglesa y más concretamente con el propio Adrian Boult, desfilan ante la cámara describiendo algunas de las peculiaridades que caracterizaron a este personal director: Colin Davis, André Previn, Christopher Bishop o Robert Simpson, además del propio Vernon Handley, son algunos de estos nombres.

El documental fue presentado por primera vez por la BBC el 8 de abril de 1989, seis años después de la muerte del director. Resulta muy aleccionador contemplar imágenes como estas en los tiempos que corren, cuando se eleva a las alturas a pianistas recién salidos del cascarón que, con mirada ensimismada, pretenden reescribir la partitura que interpretan aplicando tempi e intentando agógicas que aún no han aprendido a sostener, o a directores de orquesta ya consagrados que son incapaces de captar algo que se sitúe a pocas micras por encima de su propio ombligo.

Boult pertenecía a esa clase de intérpretes para quienes el servicio casi reverencial hacia la obra que tenían entre manos era una condición básica para desarrollar su trabajo. Un perfecto artesano de la batuta, inclinado ante la partitura y atento a los diferentes elementos que intervienen en el proceso interpretativo. Esta actitud de honesta humildad hacia la obra a interpretar no excluía la proyección de su fuerte personalidad y las cualidades de elegancia que dominaban su particular carácter. Experto conocedor de la producción de Elgar, con quien compartió no pocas experiencias musicales en los primeros años de su extensa carrera, es el artista que mayor producción del compositor ha transmitido para la posteridad, siempre haciendo gala de su inflexible fidelidad. Este interesante documental, en el que se hace eco de una vida consagrada al arte de la dirección orquestal, debe hacernos reflexionar sobre el divismo, a menudo de arena (tan presente hoy), sostenido por ciertos sectores de la crítica y los intereses asociados.

Un ejemplo claro de lo que estamos comentando lo constituye el otro DVD de la publicación, donde se puede disfrutar la filmación de la obra elgariana en el incomparable marco de la Catedral de Canterbury. El imponente edificio gótico que, casi en sus ancestros contemplaría el asesinato de Thomas Becket, sirvió en aquel día de la primavera de 1968 para desplegar una interpretación histórica del oratorio más impresionante de los compuestos por Elgar. Las cámaras recogen desde la suntuosidad y el misterio entrañado en las vidrieras, hasta la belleza cargada de historia del Gótico Primitivo albergado en el coro ideado por el francés Guillermo de Sens. Histórica porque, salvo error, es la primera que se conserva íntegra en imágenes, pero también porque antecede en unos siete años a la grabación en audio que Emi comercializaría del propio Boult, con Helen Watts y Nicolai Gedda en esta última ocasión.

Comparando una con otra, percatamos el modo inteligente en que nuestro director soluciona los problemas acústicos de un lugar como el interior de la catedral, y también cómo se adapta a las características canoras de unos y otros intérpretes, conservando en todo momento su propio criterio acerca de la obra. Este criterio influye sobre todo en un Peter Pears mucho más adecuado en esta ocasión que tres años más tarde, con Britten al podio, quien dotaba a la obra de un impulso épico que, cuando menos, parece difícil de justificar. Baker está tan inmensa como con Barbirolli en su memorable grabación de unos años antes. También Boult, como quien no hace nada, consigue contener a un Shirley-Quirck muy metido en su papel en esta ocasión.

El sonido, claro, es discreto, pero suficiente como para permitir que nos hagamos una idea real de lo que se escucha. La imagen, para el momento, es excelente. Con los medios que se contaba entonces, casi da envidia el portentoso trabajo de realización, que se inicia con una vista de las incomparables vidrieras donde se describen pasajes del Antiguo Testamento, así como de algunos de los más misteriosos personajes descritos por los evangelistas en el Nuevo. El realizador parece, de este modo, querer sumergirnos a través de las imágenes y desde los primeros compases de la representación, en el singular y recóndito espíritu de la obra, para no dejarnos escapar hasta que ésta llega a su fin. © 2017 Ritmo





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