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Album Reviews



 
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Santiago Martín Bermúdez
Scherzo, March 2019

En 2014 reseñábamos esta puesta en escena de Muerte en Venecia en el Teatro Real. No repetiremos conceptos, pero insistiremos en la altura artística de la propuesta de Willy Decker, que penetraba con sabiduría en la crisis creativa del protagonista, un importante escritor de habla alemana, Eschenbach, cuya historia proviene de la novela breve de Thomas Mann. La crisis se manifiesta en su exaltación ante la belleza, en la decadencia física, el descubrimiento de su lado homosexual, y todo se configura como un viaje hacia el fin, una iniciación en sentido contrario. El libreto de Myfanwy Piper, la misma que escribió La vuelta de tuerca, no opone un contrincante; el conflicto es ante el medio que le recibe en Italia, y que el protagonista percibe como hostil y grosero. Pero el soliloquio es importante, y tiene dimensión musical: el piano o un pequeño conjunto acompaña el monólogo de Eschenbach y, de repente, orquesta y coro presentan la sociedad en vacaciones, o la fiesta y la danza, ya que en esta ópera lo visual tiene gran importancia, y entonces las voces callan y el foso se impone.

La coreografía de Bertisch es esencial. Una escenografía sencilla y muy hábil de Gussmann cambia rápidamente de ámbito y de referencia visual. Ahí se mueve John Daszak en una interpretación vocal y escénica de gran dificultad. Y ahí se mueve el joven Tomasc Borczyk, Tadzio, papel mudo y de danza. Hay que destacar la versatilidad de Leigh Melrose en sus siete papeles, si no más: hacia el minuto 24 ya ha actuado en cinco cometidos. No importa que Gussmann suprima el agón de final del primer acto, porque lo resuelve con un baile inquietante entre Tadzio desnudo y el doble de Eschenbach. La trama orquestal, de gran sutileza, la resuelve desde el foso el conjunto perfectamente dirigido por Alejo Pérez. Lástima que carezca de subtítulos en español. © 2019 Scherzo



Sebastian Spreng
El Nuevo Herald, February 2019

A principios de la década del setenta, La muerte en Venecia, la pequeña gran novela que Thomas Mann escribió en 1912 recibió casi simultáneamente dos memorables lecturas, la cinematográfica firmada por el exquisito Luchino Visconti (1971) y la operística por Benjamin Britten (1973). Britten no quiso ver el trabajo del cineasta milanés hasta después del estreno de su ópera. La influencia de aquel experto en decadencias –y del Adagietto de la Quinta Sinfonía que literalmente puso de moda a Mahler para siempre—era un peligro latente, una tentación casi inevitable. Con las últimas fuerzas que le quedaban Britten construye esta ópera como homenaje a su compañero de vida, el tenor Peter Pears que la estrena en 1974.

En comparación con la empastada pintura de Visconti que combina a Sargent con Boldini, el enfoque del británico es de una austeridad y simpleza engañosa, encierra una profunda desilusión y un presentimiento de muerte inexorable. En esa amargura traza un dibujo implacable que es también, lo sabe, el último. Para Britten, Muerte en Venecia es su propio ocaso y en la extraordinaria puesta de Willy Decker para el Real madrileño –originada hace una década en en Liceu barcelonés—ese es el elemento primordial. Con nada, o muy poco, Decker desata una tormenta interior tan metafísica como erótica con resultados letales, en este caso el mejor elogio.

Decker se da el lujo necesario de obviar Venecia, no cae en la tentación justificada, sino que penetra directamente en el alma del protagonista para crear una pintura atemporal con elementos mínimos y fuerte simbología. Sus cómplices son la iluminación de Hans Toelstede y la escenografía de Wolfgang Gussmann que evocan un mar amniótico enceguecedor de sol o luna donde aparece y desaparece la imagen del bello Tadzio, el adolescente de tierras lejanas que viene a perturbar su alma, a enfrentarlo con su verdadero yo y su circunstancia.

En diecisiete escenas continuadas cinematograficamente transcurren dos horas y media, aqui la vida es sueño, o mejor dicho ominosa pesadilla, con un Aschenbach que emerge más patético y caricaturesco que en la película de Visconti y en otras versiones de la ópera, el énfasis de Decker aterra asi como espanta su travesía en una soledad existencial estremecedora. Asfixiado en sus dudas y fracasos, obsesiones y contradicciones, el sabio escritor descubre al final que no sabe nada, equivalente al Borges de “El arrepentimiento”.

Alejado de Peter Grimes y Billy Budd, el ascetismo lineal de la ópera es un regreso a la melodía mas simple, al ornamento menos filigranado que sin embargo está presente, es el descarnado testamento estético de Britten y otra vez un autoretrato, en esta oportunidad mas fuerte que nunca.

El británico John Daszak es un estupendo Aschenbach, además de la proeza de permanecer en escena toda la ópera, logra una transformación admirable servida con voz clara y dicción perfecta. Enfrentado al protagonista y enfrentándose a siete papeles, el barítono estadounidense Leigh Melrose. Impecable Tomas Borczyk como Tadzio, papel sólo danzado lo que añade mayor sugestión, mientras que Anthony Roth Costanzo cumple como la voz del dios Apolo. El joven director argentino Alejo Pérez a cargo de la Sinfónica de Madrid se interna exitosamente en el sutil laberinto expresivo que requiere Britten, tarea nada fácil de la que sale airoso.

La serena laguna veneciana se transforma en amenazante Estigia con el barquero Caronte como espectral gondolero, un viaje final desde el siglo XX hacia un sur último en esta suerte de personalísima Liebestod sin grandilocuencias sino con la angustia inextirpable del hombre de cada tiempo. © 2019 El Nuevo Herald




Luis Agius
Ritmo, February 2019

Naxos presenta un excelente DVD proveniente de una de las representaciones que tuvieron lugar en diciembre de 2014 en el Teatro Real de Madrid (con una magnífica producción y puesta en escena) de una de las más sobresalientes óperas de Benjamin Britten (1913-1976), Muerte en Venecia (1973), sobre el famosísimo y espléndido relato del mismo título del Premio Nobel de Literatura de 1929 y gran escritor alemán Thomas Mann. La “viscontiana” puesta en escena, en cuanto a escenografía y figurines (inspirados en la inmortal película que Visconti firmó en 1971, con su particular e inmortal visión cinematográfica, que ha pasado a la posteridad, de dicho relato) debida a Willy Decker y Wolgang Gussmann, reconcilió al público madrileño con la “gran ópera” y es perfectamente mostrada en este DVD que comentamos.

En efecto, como pilares básicos de esta limpia y notable puesta en escena podemos resaltar su creatividad, el diseño de espacios, los aciertos en los elementos simbólicos (la lúgubre y gigantesca góndola, la playa, el hotel), la falta de arbitrariedad o el recurso a lo convencional, y un reverencial respeto al libreto y a la refinada y magistral visión del relato y a la subsiguiente partitura de Britten, que conforman una sesión operística de altísimo nivel, donde se hace plenamente comprensible y vívido el trascendente y decadente viaje a la más absoluta “extinción” de toda una concepción de la Vida, el Arte y del Mundo, y su ineludible transformación y resurgimiento en un “Arte Nuevo”.

Vocal y dramáticamente, el gran tenor John Daszak (en el papel de von Aschenbach) sostiene bajo sus hombros el peso del drama con convicción, solvencia y credibilidad, en una magnífica interpretación, dueño de diferentes registros (dolor, ensueño, angustia, espanto…) y musicalmente con un fraseo bien delineado, sobrio, contenido, pero también desgarrado cuando la partitura lo requiere. Muy eficaces e impecables los comprimarios y excelente movimiento escénico y coreografía, con notable actuación de coro, ballet y figurantes. Formidables las proyecciones que, sin distraer al espectador, resaltan la fascinante línea argumental de esta magna ópera.

A destacar la extraordinaria iluminación de Hans Toelstede, que crea y sugiere espacios y ambientes oníricos y reflexivos. Alejo Pérez dirige a la Orquesta del Teatro Real con gran solidez, si bien se aprecia una cierta carencia de refinamiento tímbrico y en algunos momentos se echa también de menos algo más de intensidad emocional, esencial en la música de Britten, siempre elegante, preciosista, profundamente racional y razonada, pero dotada de una soterrada e íntima emoción. Magnífica realización visual de François Roussillon y excelente toma de sonido.

Muy recomendable, en especial para amantes del fabuloso repertorio operístico de Benjamin Britten, del cual en el Teatro Real de Madrid hemos podido disfrutar de notables producciones a lo largo de estos años, como Billy Budd o más recientemente Gloriana. © 2019 Ritmo



Segun Sebastian Spreng
Miami Clásica, November 2018

A principios de la década del setenta, La muerte en Venecia, la pequeña gran novela que Thomas Mann escribió en 1912 recibió casi simultáneamente dos memorables lecturas, la cinematográfica firmada por el exquisito Luchino Visconti (1971) y la operística por Benjamin Britten (1973). Aparentemente Britten no quiso ver el trabajo del cineasta milanés hasta después del estreno de su ópera. La influencia de aquel experto en decadencias—y del Adagietto de la Quinta Sinfonía que literalmente puso de moda a Mahler para siempre—era un peligro latente por momentos casi inevitable. Con las últimas fuerzas que le quedaban Britten construye esta ópera como homenaje a su compañero Peter Pears que la estrena en 1974.

En comparación con la empastada pintura de Visconti que combina a Sargent con Boldini, el enfoque del británico es de una austeridad y simpleza engañosa, encierra una profunda desilusión y un presentimiento de muerte inexorable. En esa amargura traza un dibujo implacable que es también, lo sabe, el último. Para Britten, Muerte en Veneciaes su propio ocaso y en la extraordinaria puesta de Willy Decker para el Real madrileño—originada hace una década en en Liceu barcelonés—ese es el elemento primordial. Con nada, o muy poco, Decker desata una tormenta interior tan metafísica como erótica con resultados letales, en este caso el mejor elogio.

Decker se da el lujo necesario de obviar Venecia, no cae en la tentación justificada, sino que penetra directamente en el alma del protagonista para crear una pintura atemporal con elementos mínimos y fuerte simbología. Sus cómplices son la iluminación de Hans Toelstede y la escenografía de Wolfgang Gussmann que evocan un mar amniótico enceguecedor de sol o luna donde aparece y desaparece la imagen del bello Tadzio, el adolescente de tierras lejanas que viene a perturbar su alma, a enfrentarlo con su verdadero yo y su circunstancia.

En diecisiete escenas continuadas cinematograficamente transcurren dos horas y media, aqui la vida es sueño, o mejor dicho ominosa pesadilla, con un Aschenbach que emerge más patético y caricaturesco que en la película de Visconti y en otras versiones de la ópera, el énfasis de Decker aterra asi como espanta su travesía en una soledad existencial estremecedora. Asfixiado en sus dudas y fracasos, obsesiones y contradicciones, el sabio escritor descubre al final que no sabe nada, equivalente al Borges de “El arrepentimiento”.

Alejado de Peter Grimes y Billy Budd, el ascetismo lineal de la ópera es un regreso a la melodía mas simple, al ornamento menos filigranado que sin embargo está presente, es el descarnado testamento estético de Britten y otra vez un autoretrato, en esta oportunidad mas fuerte que nunca.

El británico John Daszak es un estupendo Aschenbach, además de la proeza de permanecer en escena toda la ópera, logra una transformación admirable servida con voz clara y dicción perfecta. Enfrentado al protagonista y enfrentándose a siete papeles, el barítono estadounidense Leigh Melrose. Impecable Tomas Borczyk como Tadzio, papel sólo danzado lo que añade mayor sugestión, mientras que Anthony Roth Costanzo cumple como la voz del dios Apolo. El director argentino Alejo Pérez a cargo de la SInfónica de Madrid se interna exitosamente en el sutil laberinto expresivo que requiere Britten, tarea nada fácil de la que sale airoso.

La serena laguna veneciana se transforma en amenazante Estigia con el barquero Caronte como espectral gondolero, un viaje final desde el siglo XX hacia un sur último en esta suerte de personalísima Liebestod sin grandilocuencias sino con la angustia inextirpable del hombre de cada tiempo. © 2018 Miami Clásica





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