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Javier Extremera
Ritmo, February 2014

GOULD, Glenn: Russian Journey (The) (Documentary, 2002) (NTSC) 714108
GOZARAN (Documentary, 2011) (NTSC) 2058768

De cómo los valores políticos y religiosos pueden inmiscuirse, influenciar e incluso condicionar (cilicio en mano) el mundo musical, nos hablan los documentales seleccionados este mes. Dos mundos separados por medio siglo de existencia, a cuyas superpobladas ciudades llegaron un par de locos por la música encabezonados en hacerla sonar. Un genio de otro planeta visita la Unión Soviética pos estalinista. Un compositor exiliado llega al Irán de nuestros días, para comprobar que aún siguen engrasados los grilletes culturales que dejó en herencia Jomeini. Dos arriesgadas aventuras sobre los vaivenes que supone el crear sonidos rodeado de colmillos de lobo.

Vuelve a editarse Glenn Gould, el viaje a Rusia de Yosif Feyginberg, que ya fuera comercializado por Kultur (2002). De impecable acabado técnico, sobresale su esforzado trabajo de edición, introspección y recreación (incluso se usa la silueta de un actor para rememorar al pianista). El filme nos relata las vicisitudes y anécdotas que rodearon su homérico viaje (con 24 años y en plena guerra fría), así como los densos posos intelectuales y artísticos que su visita provocó en los acorralados círculos musicales del régimen comunista, que tuvo que frotarse los ojos varias veces para creerse lo que tenían delante. Corría mayo de 1957 cuando el canadiense pisaba la capital soviética gracias a un programa de intercambio cultural. Por primera vez en la Historia un pianista norteamericano (al año siguiente Van Cliburn se alzaría con el Premio Tchaikovsky en Moscú) pisoteaba terrenos de la hoz y el martillo (corrían los tiempos del conflicto de Suez o la toma de Budapest por los tanques rojos). Turbulencias políticas que fueron siempre ajenas a Gould, que llegó a Moscú y posteriormente a Leningrado, con el único objetivo de bombardear oídos (“fue como llegar a la otra cara de la luna”, asegura).

Se nos muestra infinitud de documentos, recortes de prensa, cartas, telegramas y demás papeleos administrativos que obraron el milagro de la emigración. El primer recital se organizó en la Gran Sala del Conservatorio y con solo un tercio del aforo ocupado. Bach se abría paso como la lava sobre una sociedad atea por legislación. Durante el descanso los teléfonos echaban fuego. El boca a boca de auricular consiguió que durante la segunda parte sus 1800 butacas quedaran cortas para tanta demanda. Todos querían presenciar el milagro capitalista. El molde del mito se volvía ya irrompible. Entre los asistentes a los recitales se encontraban la flor y nata cultural de aquellos oscuros tiempos, quienes dejan testimonios indelebles, como: Rostropovich, Ashkenazy, Nikolayeva, Richter (después de escucharle sus Goldberg no pudo más que ir corriendo al camerino a fundirse en un abrazo), el profesor Neuhaus, el cineasta Andrei Konchalovsky o el numeroso profesorado del Conservatorio, que no daba crédito al sonido que entraba por sus tímpanos.

La estilosa voz de Gould resuena de vez en cuando en off sobre las imágenes (lastimosa la falta de subtítulos hispanos). Fue tal la conexión que hubo entre el artista y su público que decidió ampliar el contrato (sin cobrar un rublo de más), añadiendo un recital conferencia sobre la Música en Occidente. Aquellos adoctrinados oídos se enfrentaban por primera vez a la proscrita obra de los Schoenberg, Webern, Berg o Krenek (algunos de los profesores abandonaron la sala como símbolo de protesta y supina ignorancia). Un viaje que no solo fue exterior, sino que a Gould le supuso una introspección interiorizada que le hizo ensancharse como artista y como persona.

La historia de la intimista y devastadora Gozaran: Time Passing surge del encuentro en 2005 del dotado realizador holandés Frank Scheffer con el músico y compositor iraní Nader Mashayekhi, que llevaba más de 30 años exiliado en Viena tras abandonar Teherán en 1979, año en que triunfó la revolución islamista que derrocó al último Sha de Persia. Al iraní le proponen el espinoso reto de ser el titular de la renacida Sinfónica de la capital (su ciudad natal), y es aquí de donde surge el planteamiento narrativo de este esclarecedor viaje (de ida y vuelta) a través de sus raíces sanguíneas, sonoras y culturales. Él se convertirá en el narrador de la contemplativa acción (con infinidad de soliloquios de aroma poético literario), transformándose en una especie de protagonista de película iraní al más puro estilo formal de maestros cinematográficos como Makhmalbaf o Kiarostami, plagiando incluso el tempo pausado y meditativo en que suelen desarrollarse sus humanistas relatos. El amor y pasión por la música le hace tirarse a una piscina sin agua: intentará conseguir que las Sinfonías de Mahler se escuchen por vez primera en Irán. ¿Por qué Mahler? se pregunta. Fácil, nos responde, “porque con él no solo cambia la forma musical, sino también la manera de escuchar”. Y es que, en la Persia actual más que conseguir hacer música lo que resulta una quimera es poderse sentar a escucharla.

El filme se transforma en un diario íntimo y personal sobre este heroico desafío, que se derrumbará como un castillo de naipes con el leve soplido de la política. Ya de nuevo en el exilio vienés, el encuentro con el compositor Arvo Pärt hará resurgir una llama sobre las cenizas, pues le propondrá un arreglo de sus Variaciones adaptada a instrumentos persas, a lo que el estonio cae rendido (“ya que no podemos cambiar el mundo, al menos intentemos cambiarnos a nosotros mismos”, sentencia). Una delegación de jóvenes músicos iraníes viajará hasta Osnabrüeck en 2010 para hacer el sueño realidad. Un sueño que como todos termina por despertarnos en una profunda reflexión sobre lo injusto que resulta ser este mundo. Al menos siempre nos quedará el salvavidas de la música. © 2014 Ritmo





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