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Javier Extremera
Ritmo, March 2014

El cincuentón de Thielemann prosigue su fructífero discurrir por las exclusivistas partituras manadas por su idioma. Sus pasos nos llevan ahora hasta la prominente barba de Johannes Brahms, ante cuyas Cuatro Sinfonías se arrodilla con el agasajo de honrar su eterna memoria. Sin duda, parece legítimo ese obcecamiento que el berlinés ha adquirido libremente por la música de su tierra, aunque algunos pataleemos a escondidas, ya que en su cercado repertorio parece adivinarse que difícilmente habrá sitio para los Verdi, Britten, Puccini, Bartók, Ravel, Debussy o Dvorák (sus Sinfonías podrían ser arcilla entre su manos). Una lástima, ya que se trata de un aplastante creador sonoro de universo y lupa propia, capaz de encontrar detalles jamás percibidos antes, al que me gustaría verle estudiar el papel pautado emborronado en otra lengua distinta al de Angela Merkel.

De su teutona carrera nos llega ahora este Brahms, registrado en dos lugares bien diferentes del planeta: Tokio (2012, Sinfonías 1 y 3) y su querido Dresde (2013, Sinfonías 2 y 4). Y todo cimentado bajo los férreos andamiajes sonoros de una Staatskapelle de Dresde de pasmosa eficacia ejecutora (ardiente y evocadora sección de cuerda, iluminadas maderas y un heroico metal, de esos de cortar el hipo). Al corpus sinfónico se le añade además un documental donde el prusiano nos desgaja cada una de las partituras, en un ejercicio de locuacidad y condescendiente sapiencia.

El documental
El realizador Christoph Engel huye en “Descubriendo Brahms” de los arquetipos cinematográficos, ofreciéndonos (más que un documental al uso) una especie de ponencia o cercana clase magistral con Thielemann sentado en el sofá de su casa (arranca rememorando como le cambió la vida el día que escuchó la Tercera). Él se erige como el único profesor del aula, alternándose y fundiéndose su evangelizadora labia (regala muchas indicaciones de expresión y dinámica), con pasajes de sus interpretaciones. Se desenvuelve con familiaridad al oyente cuando tiene que expresar con palabras toda la verborrea brahmsiana que le provoca a sus oídos, centrándose más en los aspectos naturales, humanos, emotivos y evocativos, sin caer en general en la tentación de ofrecer excluyentes análisis musicológicos, de ahí que el discurso pueda ser asimilado sin problemas por cualquier amante de su música. De hecho muchas de sus frases arrancan con un sincero “yo siento…” o con la sempiterna duda del “¿será así?”. Curiosamente hay dos nombres que cita con asiduidad en su exposición, uno es el inexcusable de Beethoven (padre putativo de Brahms) y el otro Wagner, su pegajosa sombra creativa en estos últimos años, que ha acabado por convertirlo en toda una eminencia directoral. Para él, Brahms es ese agradable olor que sientes mientras te secas después de bañarte en un lago (Wagner, asegura, es perfume). Thielemann nos habla con diversidad y elegancia, con pasión e imaginación visual, construyendo puentes entre los distintos compositores y abriendo líneas para la discusión, que van desde la influencia del Protestantismo hasta los refugios festivos de taberna, resaltando sobre todo la arcaica violencia y la enorme sensibilidad sentimental de su obra (deliciosa su comparación con ese tren a vapor abriéndose paso por la taiga).

Las Sinfonías
Con una concepción sonora más cercana a los Solti o Karajan (de tempi vivos), que a líricas recitaciones del tipo Giulini o Bernstein, el prusiano nos ofrece en sus furiosas y atléticas ejecuciones un Brahms descarnado, sólido, muy arquitectónico (puro gótico), de enorme potencia y vivacidad, donde todo es robusto y vibrante, sin cabida para el alisamiento formal y sí para vértices puntiagudos. Sinfonías rugosas y eléctricas, dirigidas con mano de hierro, donde la música parece nacer a golpe de formón. Entre sus logros está la de extraer de su chistera aspectos expresivos nunca antes catados.

La Primera Sinfonía es su mejor aportación a la causa, con una cuerda exuberante en el vibrato, donde la tensión (demoledor timbal) y la tragedia dejan seca la garganta. Es difícil encontrar hoy a un director que otorgue de tanta presencia sonora a las violas. Dice estar muy de acuerdo con la tradicional sentencia que convierte esta obra en la Décima de Beethoven, ya que su sombra resulta insalvable aquí. El Andante, certifica, es la guinda del pastel. Su pasión por Bruckner se desborda en el último movimiento (solo hay que oír el Coral de los metales), sin duda el cénit de estos registros. Su ya madura erudición rehierve tras el larguísimo silencio (casi eterno) de la coda, retornando la música con un halo de mágica lejanía (puro embrujo).

Bellísima y majestuosamente cantada la Segunda (bendita apología de las tonalidades mayores), viril y solemne, sacándole brillo a su reluciente riqueza melódica, cuyo ambiente natural y estival la acerca inevitablemente hacia la Pastoral beethoveniana (paladeadísimo el Allegro inicial). Para Thielemann el nublado y religioso Adagio es el movimiento con más cepos para el conductor (es facilísimo acabar pisándolos). En su visión no hay cabida para la contemplación o la meditación, regalando un discurso de esos de ir directo a por la esencia del grano (sin posibilidad de alcanzar lagrimales artificialmente).

La Tercera, asegura, es la Sinfonía más subjetiva y más difícil de dirigir, despachándose en la hermosura de su implorante conclusión, a la que asemeja incluso con el Liebestod wagneriano. Su mirada es siempre serena y fluida. Puro fuego de juventud en sus manos, que inciden hasta el derroche en el matiz “con brio”.

La fogosa Cuarta le trae imágenes de un ventanal por el que divisamos una llovizna invernal, mientras sorbemos un trago de whisky. Divertida su apreciación del Allegro Giocoso, asemejándola con un día en la cervecera Oktoberfest muniquesa (se pregunta del por qué del misterioso uso del triángulo). La anhelante, doliente y atmosférica Passacaglia final (donde se diferencia a las mil maravillas el forte del fortissimo) nos vuelve a certificar que estamos ante una de las más grandes batutas de nuestro presente, le pese a quien le pese. © 2014 Ritmo





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