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Javier Extremera
Ritmo, June 2014

STRAUSS, R.: Richard Strauss and His Heroines (Documentary, 2014) (NTSC) 102181
PENDERECKI, K.: Paths Through the Labyrinth (Documentary, 2013) (NTSC) 715408

Nos detendremos en el segundo ofi cio más viejo del mundo, ese que recrea sonidos para nuestro deleite espiritual, de la mano de dos literatos del papel pautado que en sus primeros y vanguardistas pasos se hicieron acompañar por el escándalo y la provocación. Creadores que tuvieron que ejercer su profesión, ensartados en los grilletes artísticos de dos regímenes totalitarios enfrentados entre sí. Uno fue el gran Kaiser musical de la primera mitad del siglo XX. El otro, formado en la Polonia católica y comunista, se mudó en ruidosa linterna con la que alumbrar los enrevesados caminos que decidió tomar entonces la música. Dos documentales que nos sirven como tarta de cumpleaños. Uno para soplar sus 150 velas. El otro, para conmemorar que ya ha traspasado la barrera de lo octogenario.

El núcleo temático de Richard Strauss and his heroines gravita sobre las poderosas féminas (mitad heroínas, mitad freudianas enfermas) que revolotearon siempre por su música. En 1903 la Historia de los sonidos sufrirá un convulso tsunami con el estreno de Salomé, la tercera y necrófi la ópera de un joven bávaro. Ya nada volvería a ser igual en el mundo de la Música. Strauss regalaba su primera gran semidiosa bajo el amparo de ese cínico maravilloso que fue Oscar Wilde. El fi lme nos ofrece un recorrido cronológico por su glorioso curriculum, deteniéndose con ahínco en su Teatro musical, ese donde todo terminaba irrevocablemente girando bajo el látigo de unas libidinosas curvas de mujer (para documentar las obras se ofrecen pasajes de montajes operísticos actuales). Se suceden impagables fi lmaciones privadas rodeado de su familia, buceando sobre su deidad terrenal, la pequeña Pauline, coprotagonista absoluta del fi lme, quien durante 55 años fuera esposa, musa, secretaria, ama de llaves, enfermera, amante fogosa y madre castradora. Una señora que era capaz de interrumpir a su marido en mitad de una composición para que corriera a comprar leche. Su marimandona personalidad y su espíritu castrense acabarían por derramarse inevitablemente sobre sus partituras.

Visitamos de la mano de su nieto Christian su casa museo en Garmisch, recorriendo sus atiborradas paredes y arrodillándonos ante su escritorio, hoy transformado en imperturbable altar (¿cómo pudo surgir de ese plácido lugar tanto sufrimiento y nervosidad?). Parada inevitable ante su concubinato nazi, al ser nombrado Reichsmusikkammer, algo que refl eja a la perfección esa personalidad repleta de contradicciones y enigmas. Le vemos en su discurso de posesión asegurar ilusamente aquello de: “la música es el lenguaje que une a todos los pueblos, un símbolo que fortalece el amor y el respeto de unos con los otros”. Las acompañantes por este grisáceo viaje son algunas de las voces que han sufrido en sus carnes esos personajes con falda: Christa Ludwig, Brigitte Fassbaender, Gwyneth Jones o Renée Fleming. Su última declaración de amor la fi rmaría en el exilio suizo al exhalar los escalofriantes 4 Letzle Lieder, que le sirvieron para hacer las paces con este violento mundo. Una joya reluce entre los extras. El brujo Furtwängler dirige el Till Eulenspiegel junto a sus inseparables berlineses (1951). Un documento que por sí solo asume el precio de este rutilante producto.

De innegable calidad técnica es el retrato íntimo y pormenorizado de Krzystof Penderecki en Paths through the labyrinth (Senderos a través del laberinto), que intenta descifrarnos (sin subtítulos) la enmarañada tela de araña sonora del polaco. Aprovechando su fascinación por la naturaleza y los ajardinados laberintos, asistimos a un fructuoso y absorbente aguafuerte sobre este espíritu libre, que siempre anduvo en busca de inexplorados caminos. Gran parte del metraje trascurre en su fi nca de Luslawice, donde habita con su familia, rodeado de su otra gran pasión: los árboles (asegura poseer en sus 30 hectáreas más de mil setecientos). Otro compositor que (como Strauss) gusta de componer frente a un gran ventanal, lo que otorga a sus partituras de cierto halo panteísta (“las estaciones climáticas afectan al carácter de mi música”, asegura). Echamos la vista atrás sobre el legado del compositor del Apocalipsis y el Juicio Final. Vemos sus hábitos, costumbres y métodos de trabajo, siempre acompañados por pasajes de su música. Desde la emblemática Threnody por las víctimas de Hiroshima, pasando por la venerada Polymorphia (fuente de inspiración para roqueros de hoy como el sorprendente Jonny Greenwood de Radiohead), su abultada obra sacra vocal (surgida entonces de un país ateo por ley) o el estreno del Segundo Concierto para violín (Metamorphosis) junto al abrasivo arco de la Mutter, quien se deja espiar en el ensayo con el compositor sentado frente a ella. Otros músicos que honran su fi gura van desde Janine Jansen a Julian Rachlin y de Mariss Jansons a Lorin Maazel. Entre los visitantes a su edén terrenal destaca el gran cineasta Andrzej Wajda, con quien colaboró en la testamentaria Katyn. Encuentros cargados de camaradería y de aliento patrio forjado por la experiencia vital compartida.

Penderecki afirma que siempre compone varias obras a la vez, “para así no aburrirme”, haciendo cómplice a la cámara al contar divertidas anécdotas de profesión, como aquella que le hizo presentarse a un concurso de jóvenes compositores cuyo premio era un viaje a tierras capitalistas. Sus deseos de saltar la empalizada polaca, le hicieron presentar con distinta caligrafía y pseudónimo tres piezas estilísticamente opuestas. Ganó el primer, segundo y tercer premio, conquistando el ansiado pasaporte. Después del exilio alemán y estadounidense, hoy vive una plácida y holgada existencia rodeado de verdor y oxígeno. Se despide desde una playa, prometiendo dar mucha más guerra en el tiempo que le resta. Que así sea. © 2014 Ritmo





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